Ya no hay nadie Ayumi…

Ayumi adora Tokio. Desde niña soñó con vivir en la gran ciudad. En aquellas interminables noches de estudio, se imaginaba trabajando como abogada en uno de aquellos imponentes edificios del barrio Marunouchi.

Ayumi lo ha conseguido. Cada mañana, cuando sale del metro y atraviesa la avenida Hibiya Dori, siente que la dicha le invade y sonríe. Sabe que está en el lugar que merece.  A las siete en punto llega impecablemente vestida al edificio Meiji Seimei Kan. Hoy lleva un perfecto traje de chaqueta gris claro con unas finas rayas color tiza, blusa azul cielo y zapatos de salón de tacón medio. A diferencia del resto no mira la pantalla de su móvil.

A sus veintiséis años Ayumi siente que ha alcanzado la felicidad.  No le pesan las catorce horas de trabajo diarias. Pronto tendrá su primera semana de vacaciones desde que termino la carrera y podrá volver a Sendai con su familia.

Sobre las 12:46 nota un breve temblor en el edificio; nada fuera de lo común en Tokio. Un inmenso minuto mas tarde el temblor se convierte en terribles sacudidas. Hay pánico y confusión. Todos siguen el protocolo de seguridad al pie de la letra. Ayumi piensa en sus padres y en su hermana. Al fin las sacudidas terminan y todos bajan a la calle por las escaleras. Ha sido el mayor terremoto en mucho tiempo.

Ayumi camina sin rumbo intentando calmarse. Suenan alarmas, la gente corre y habla por teléfono agitadamente.  Ayumi marca el número de su casa pero no obtiene respuesta. El móvil de su hermana Haiko parece apagado. Llama a la consulta de su padre pero nadie responde. Ayumi no piensa, solo camina. Sin saber por qué entra en un centro comercial en Ginza. Todo el mundo se agolpa en el escaparate de una tienda de electrónica. Ayumi espera pacientemente su turno para pasar al frente.

Ya nadie habla. Docenas de pantallas de plasma muestran imágenes de su ciudad. Ayumi reconoce las calles, los edificios y los parques. La lengua de lodo grisáceo, escombros y chatarra avanza lentamente engulléndolo todo a su paso. Casas a la deriva, barcos chocando contra puentes, autobuses y coches flotando como juguetes en una piscina. Por un momento Ayumi se siente como atrapada en un sueño. El sonido del teléfono le sobresalta. Antes de mirar la pantalla se detiene unos segundos en los que recorre con la mente toda su vida. Quien llama es Aiko, su hermana.

Durante una eternidad ninguna de las dos puede romper el silencio. Aiko, entre sollozos, apenas logra decir:

-Ya no hay nadie Ayumi… No hay nada; estamos solas.