Vilhelm Hammershøi, el espacio entre nosotros.

El día nublado y los cristales empañados dan la sensación de que nada existe fuera, de que la casa está colgando en medio del vacío. El codo apoyado en el aire, pivotando en un punto invisible. Hace frío en la habitación. Por el color de su piel parece que tiene las manos frías. Pese a la temperatura que hace se ha remangado la camisa para sentir el brazo menos pesado, más libre y preciso. Él la observa a corta distancia. Ella todavía no se ha dado cuenta de su presencia. Le divierte verla concentrada, desde donde está puede contemplar mejor el brillo de su pelo, el brillo de sus labios y el brillo de sus ojos ocupados en las puntadas precisas. Hay tanto silencio que solo se escucha el susurro que del hilo hace al rozar contra el resto de hilos de la tela. Se imagina el momento en el que ella alce la mirada; o mejor, cambiando su deseo como un niño caprichoso, desea que se pinche con la aguja, para contemplar sus movimientos de pajarillo y la expresión de su cara. En décimas de segundo, los mismos que la aguja tarda en atravesar su blanca piel, él rompe el espacio entre ellos, se pone de rodillas y lame esos dedos finos, como un perro, para demostrarle la infinita ternura que le ha provocado tan extraño deseo.

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