Un buen café ( Café El Caracol, en Cristo de la Epidemia, 37)

 

 Café

 

 

He sido muy cafetero. Y lo digo mirando con resignación un descafeinado de máquina con sacarina, como supongo que el Marqués de Bradomín miraría el catálogo de lencería de Victoria’s Secret en su Sonata de Invierno.  Cafetero federado, de los de siete “cremas” al dia, a cualquier hora, en cualquier momento, en esas horas intermedias en las que parece temprano para un aperitivo y tarde para un desayuno, o a esas horas intempestivas en las que las madres se escandalizan y te advierten con los males del insomnio.

 

En aquellos días y con carta blanca, un café malo era un riesgo asumible, porque habría otros que lo compensarían. Y, eso, si, y siempre en la calle. No he entendido a quienes se toman un cafelito en casa y se quedan tan satisfechos, haciendo experimentos con la cafetera italiana, con el invento del maligno que es Nespresso y sus hermanos bastardos, o con solubles y melitas, que saben a café de avión, recién hecho hace quince mil millas. A mí me quitan el desayunar en la calle y es como si le quitaran a los cosacos zapórogos el vodka o el padrenuestro: motivo para organizar un motín o para fugarme haciendo una liana con las cortinas.

 

Y con ambos componentes, y alguno más que no cuento por no aburrir, ahora la elección del café de cada dia  ha convertido en un tiro certero, que no admite errores, por lo que atesoro rincones donde dan posada al cafetero cumpliendo con las exigencias de un paladar informado: cafeteras que parezcan el cuadro de mandos de un submarino, que suene la precisa percusión de la limpieza del porta, su carga y su colocación a brazo y tirón en la máquina, el goteo, un dedo de crema y, si es posible, la prensa del dia a la que dedicarle el vistazo que tardo en tomarme el café, que siempre es poco.

 

Un fijo en esta quiniela de aroma es El Caracol, que abre a las cinco y media de la mañana y da sabor al barrio de la Victoria. Bar popular,  que es y debería ser un elogio, en el que puedes coincidir con noctámbulos de recogida, sacerdotes, loteros, y público en general. Tienen churros madrileños y tejeringos que llevan elaborando según las peticiones del cliente ( finos, más gordos, blanquitos o tostaditos, o ninguno de los anteriores) antes de que se pusieran de moda, además de todas las endiabladas variedades de pan de desayuno que permite una sociedad con guasa como es la malagueña.

 

Sitio de paso y reunión breve, en la que rige la regla de que el que estaba invita al que llega, porque la ley de los grandes números equilibra los resultados y total, mañana nos volveremos a ver, y en el que los camareros ya saben que te vas a tomar según la cara que te vean por la entrada.

 

Gusto de ir en laborables en torno a las 9.10 y ocasionalmente los sábados acompañado de dos niñas que comen tejeringos a dos manos. Lo digo por lo de invitar, que le puede salir por un pico