Ultramarinos La Manzana de Oro, en Paseo de Reding, 16.

 

La Manzana de Oro2

 

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro –sé que todo es fiado–,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así a la muerte,
¿no es felicidad lo que trasciende? 

 

Momentos felices

Gabriel Celaya

 

 Cuando en la vida pintan bastos, es humano refugiarse en lo bueno de la memoria y el recuerdo. Teniendo una memoria selectiva, que olvida con velocidad pasmosa lo útil y retiene a cincel lo importante, de nuevo me he visto en aquellos años tan felices con mi padre en La Manzana de Oro.

Que en Málaga sobrevivan ultramarinos – nombre que recuerda a indianos, barcos de Manila y calor criollo – se debe sólo y exclusivamente al tesón de sus propietarios, a su amabilidad y constancia, al cuidado en el producto y la cercanía a sus vecinos, clientes y amigos, no con el carácter utilitario de los llamados “establecimientos de conveniencia”, sino el sitio al que vas a que se interesen por tu salud, por la de tu familia, a pegar la hebra un rato y, además, a hacer la compra. Así lo hacen en La Manzana de Oro de siempre, y ahí siguen, cumpliendo a rajatabla y con una sonrisa, el estricto bushido del comercio tradicional.

Salvador, Juan de Dios ( su hijo) y Paquita forman el Trio de la Bencina de la amabilidad y el servicio, hasta el punto que lo único que le faltaría sería una barrita pequeña en la que abrir una botella, pedir un poquito de queso y jamón al corte y empezar una tertulia. Posiblemente, el problema sería acabarla.

El surtido de vinos es extraordinario, como extraordinario es el consejo de padre e hijo, con un abanico de denominaciones de origen y precios que, sinceramente, no he encontrado en otros establecimientos.  Con un guiño Salvador siempre indica alguna compra dura en la que,  como buen negociante y mejor pagador, ha apretado a la bodega para conseguir un precio extraordinario, que traslada al comprador con un mínimo margen, y Juande siempre da una novedad, una medalla de plata, un 16 meses en barrica, con el mismo entusiasmo que si lo hubiera cosechado él, y con un precio inapelable. Y en licores, tres cuartos de lo mismo. Sirva como ejemplo que es el único sitio en Málaga en el que he encontrado whisky Old Parr, otro refugio de mi memoria y de mis amigos, los que están y los que ya no están.

Siempre lloramos lo que nos falta, echamos de menos aquello que pudimos cuidar y no lo hicimos. Hoy – qué mejor dia – me paso por allí y me llevo un poquito de queso curado y algún buen vino, con el que poder recordar lo que era la felicidad, y lo bien que sentaba.