¡Qué fluya el chi! Restaurante OLEO. Centro de Arte Contemporáneo. C/ Alemania. Málaga

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Dejó dicho Anatole France “Es posible que me hubiera aniquilado la tristeza, si no me reanimase la facilidad que tenía para descubrir la parte cómica de las cosas.” Y es cierto que el humor – el buen humor – es una actitud que debe uno echarse al bolsillo todas las mañanas, porque de lo contrario no hay manera de sobrellevarse.  Y es el humor lo que convierte una decepción en una enseñanza, un traspiés en una cabriola y una grave admonición en un discurso recordable. “Castigat ridendo mores” es la mejor enseñanza para quienes han de estar en el oficio de señalar el camino correcto; dejando para  los demás, los que no tenemos vocación de padres de la patria, cualquier letra de Kiko Veneno, que nos enseñe que es más liviano ser un lobo bueno.

 

Al fondo de la pena siempre hay sitio, por lo quecreo un deber cívico aligerar la vida propia y ajena con el ingenio que no hiere, y frente a la vida como “cosecha de inextinguibles remordimientos”  según afirmaba Conrad, la vida debería seguir el dictado chestertoniano del humor: “la locura por la locura, igual que el arte por el arte o, más exactamente, la belleza por la belleza”.

 

Es cierto que trabajar en Alameda de Colón puede ser un mal comienzo para afrontar la vida con buen humor, por mucho que ahora exista una obstinada repetición de que vivir aquí ( me incluyo, que, al fin y al cabo, paso más tiempo aquí que en mi casa) sea vivir en un paraíso de creatividad, arte, ambiente cultural, locales pujantes y jazmines en el ojal. Olvidan el SARE benéfico, sus gorrillas uniformados en horario extra SARE, una diligente ronda de extraordinarios funcionarios policiales que cuando estás esperando a que salga un coche para poder aparcar te inmortalizan en una foto para que recuerdes ese extraordinario momento y se la enseñes a tus nietos, un IBI de cinco estrellas gran lujo, que te llena de orgullo y satisfacción por la contribución a las arcas municipales, o disfrutar de la variada gama de olores procedentes del Guadalmedina, que te reconcilia con el azufre.

 

Si. El Barrio de las Artes. Una risa.

 

Pero como todo es equilibrio, como debe fluir el chi y que no nos reviente la vena que hace tam-tam en la sien, más allá del Mesón Ibérico, donde muchos creen que hay un cartel que avisa del final del comer civilizado, está el Restaurante Oleo.

 

Situado en la planta baja del Centro de Arte Contemporáneo ( CAC ), presenta una interesante oferta que mezcla a partes iguales una carta llamada “mediterránea” y otra de “sushi bar”.  Si bien la distribución y formato de la sala es demasiado nórdica para una comida con risas y, a la vez, demasiado expuesta para una cita romántica, el conjunto es agradable. Su condición de restaurante  que merece la pena conocerse y, a la vez, cafetería del CAC supone en ocasiones una confusa mezcla en las mesas más cercanas a la barra. Dispone de una excelente terraza extraordinariamente soleada en la que comer o disfrutar la sobremesa, especialmente en otoños atrasados o primaveras adelantadas, y la explanada estilo URSS que se extiende frente al CAC permite  el esparcimiento infantil, sin perderlos de vista.

 

La carta dividida permite repartirse en ambos “palos”. el castizo y el oriental. Buenas entradas, que permiten compartir, con unas patatas bravas muy significativas ( en un erial de bravas como es esta ciudad), ensaladilla rusa notable y acertadas croquetas y un sobresaliente ceviche de jurel sobre media lima . Fuera de la carta se nos ofreció atún picante, un tartar abundante pero al que faltaba el apellido, porque picar picaba poco ( y compartía, o al menos eso pareció, la salsa de las bravas). La parte oriental resultó aún mejor: la sugerencia de uramaki de pez mantequilla fue acertada, como el California roll, fijo en carta. La carta de vinos es ajustada en líneas generales, sin apuestas arriesgadas, con vinos de la D.O. Sierra de Málaga – como ya va siendo de ley – así como de otras Denominaciones de Origen interesantes ( Bierzo, Valdeorras, Sierra de Guadiana o Jumilla) además de las más frecuentes de Rioja, Ribera de Duero o Rueda. Tienen una pequeña sección de espumosos, con tres cavas ( dos de ellos se pueden consumir por copas) y dos champanes, que en mi opinión considero innecesarios.

 

Muy buena materia prima, cuidada elaboración, servicio correcto y si estira el cuello, desde algunas esquinas, puede ver los graffitis de Obey y comentar que su cuñado los hace mejor, más grandes y más bonitos. ¿Se puede pedir más para ser feliz?

 

 

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