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televisor

 

 

Repasando papeles antiguos me he encontrado con un recibo del Impuesto de Bienes Inmuebles de Naturaleza Urbana. De ese que antes se llamaba “La Contribución”, que sonaba más participativo, más “Y tú, ciudadano ¿qué puedes hacer por tu ciudad?”, con un munícipe rodeado de obras, señalándote con el dedo como si te estuviera vendiendo bonos de guerra. Visto el recibo, me he maravillado de mi ágil mente matemática, porque en el lapso de 15 años, se ha multiplicado su importe – exactamente – por dos. Lo he tomado en mis  manos y, en lugar de romperlo, lo he guardado en la carpeta de papeles nostálgicos, me he asomado a la ventana y me he afanado en comprobar como mi vida de ciudadano ha debido mejorar en estos quince años de la única manera que se me ocurre: haciéndome extra de publirreportajes municipales.

Así da gusto.

Me he visto hasta con más pelo.

He paseado por calles limpias y refulgentes, en las que los propietarios incívicos de perros llevaban un rombo verde encima de la cabeza como los Sims, que los identificaban debidamente como agentes agitadores de la ira contra Limasa. He bailado en verbenas, me he puesto camisetas con eslóganes impactantes. He usado bicicletas y me he desplazado por la ciudad con música de anuncio de colonia fresca. He comido coles, berzas, sopas, sardinas y migas mientras sonaba la dulce melodía de un pasodoble. He paseado por Barrios de las Artes, me he sentado en sus bancos y he escuchado como, en impecable japonés, alguien daba la bienvenida a inversores a esta tierra de promisión. He callejeado por muy ordenadas calles, con contenedores de basura con aroma de lavanda. He visto grandes cruceros, y allí, al fondo, el puente que cruzará la bahía. Autobuses puntuales, calles transitables y transitadas, más camisetas con eslóganes que te ponen los vellos como escarpias: “Málaga, qué te quiero, puñetera”.

Me voy a quedar aquí, en esta Málaga Opiácea.

A ver si puedo pagar el IBI con FAVs, y no me saca de aquí ni la Guardia Civil.