Onírica

Ripley

 

 

Atado al cabecero de una cama, inmovilizado de la cabeza a los pies con ataduras que son corbatas regimentales, expuesto la vista de los invitados de una fiesta con música suave que se desplazan, entre risas quedas, vaso en mano, del inmenso salón a la terraza con piscina que se pierde en el horizonte de una noche con luces como escenario. Nadie le presta atención, nadie se sorprende ni auxilia: no existe. Ella está sentada sobre su abdomen, vestida como Ripley al despertar en la Nostromo, como si emergiera de él, Nascita di Venere.

 

Sus manos sangran: no las ve, pero siente el calor que se derrama. Ella le muerde los labios, agrietados, y siente el sabor de su propia sangre en la boca. La nota secándose en las comisuras y en la barbilla, emergiendo en cada latido lacerante, resbalando como gotas de lluvia que corrieran en un cristal.

 

para ella el acto sosegado
los poros sabios
la espera no muy lenta los lamentos no demasiado largos la ausencia
al servicio de la presencia
los pocos jirones de azul en la cabeza las punzadas al fin muertas del corazón
toda la gracia tardía de una lluvia que cesa
con la caída de una noche
de agosto

para ella vacía
él puro
de amor