Nieve artificial en el invierno del 2063, por Inés Gandiaga

Nieve 4 Disfraz

 

 

Invierno del 63.

Mientras los copos de nieve artificial me caen sobre los hombros y me llenan de  nubes las puntas de los zapatos, me pateo el centro de la ciudad pensando en cosas antiguas de señora mayor y francesa.  Uso bastón por lo primero,  boina por lo segundo.  Yo de siempre he sido una señora, lo de francesa ya vino más tarde. Fue una Navidad muy rocambolesca en la  que ibas al rastro de Huelín y por lo que valía una de churros te hacías de la nacionalidad que te diera la gana y  te daban una camiseta y un salchichón  marca española registrada Campofrío. Los motivos de aquello ya no los recuerdo. Pero sí que me hice francesa para llevar boinas con impunidad política y porque los de la cultura cada vez que nos preguntan algo decimos: ¡Que lo hagan como en Francia!

Vengo de una reunión de artistas resabiados y gestores que gestionan. La experiencia ha sido extraordinaria.  Las cosas han cambiado mucho desde que todos hemos aprendido a leer. Tal es así que incluso sabemos usar algunas palabras con propiedad y sapiencia. No se me escandalicen ni se arranquen los pelos de las barbas que esto antes no era tan común.

Porque, claro, cuando aprendimos a leer nos fuimos corriendo al Artículo 44 de la Constitución  que es el nuestro.  Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho. Ese no lo han cambiado, todavía.   Con una comprensión lectora que da gloria hemos entendido unos y otros que  eso no significa que la cultura sea gratis. Y más o menos hemos concordado que  es un objeto valioso y bello al que proteger, arropar y dormir en brazos. Poco tenía que ver con invitar a merendar a los ancianitos y ponerles un García Lorca de postre.  Cuando de sobra se sabía que iban por el chocolate, que estaba de vicio.

Además,  antes tardábamos horrores en  empezar cualquier reunión, simposio o conferencia  porque perdíamos un rato valiosísimo llorando a moco tendido y compitiendo por ver de quién era el moco más verde. Así que ya empezaba uno la mañana con el espíritu conformista y apacible que suele sobrevenir después de una buena llantina.  Un concejal muy listo que hubo nos inculcó la sana costumbre de llorar de siete a ocho  martes y jueves en el Cubo Pompidou. Ahí se acabaron los llantos y comenzaron las performances y claro, todo mucho mejor.  El caso era llenar de vida el puerto y alborozar el desembarco de los turistas.

Sigo mi ruta. Voy al Boulevard Caneda a comprarme la camiseta oficial del nuevo pintor de moda –lleva el 73 en homenaje a Picasso-  y el abono Edad Dorada del Teatro Echegaray. Aprieto el paso, con mi boina y mi bastón pensando en lo vieja y lo francesa que soy ya y en cómo ha cambiado todo en esta ciudad tan llena de gente que no es de aquí. Incluso desde antes de que todos nos cambiáramos la nacionalidad.

Aún tengo pendiente visitar Francia. No voy desde que era española y el Louvre se me hacía largo, claro.

 

Nota del Editor: Ines Gandiaga, autora de este texto, es un ejemplo de cómo una decisión aparentemente intrascendente, puede tener consecuencias fatales. En lugar de labrarse un futuro de provecho, haciéndose agrimensora, funcionaria del Ministerio de Agricultura o jugadora profesional de parchís, escogió el mundo del teatro, con una sonrisa y silbando alguna alegre cancioncilla.