Manual de buenas maneras I. El chesterfield y los ombligos.

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Sentarse bien es sentirse bien.

 

Un día, estando en sexto o séptimo de EGB, Don Pedro, el profesor de inglés, me dijo que me sentaba como un capitalista. Es raro pero no recuerdo que hubiera risas; no sé si porque estaba muy avergonzado para oírlas, o simplemente nadie comprendió el chiste. En aquellos tiempos, espero que en estos tampoco, el capitalismo no era la preocupación de los chavales de 12 años del colegio de los maristas. Ya no recuerdo como estaba sentado, pero supongo que, para Don Pedro, la postura decía algo de la gente.

 

Hoy sé, gracias a la televisión, que las posturas dicen mucho de la gente; a golpe de serie americana, me he convertido en un gran observador y entendido en psicología. Siempre buscando esas señales, sospecho que me engaña por una posición de su pie o si me ama cuando tuerce la boca despectivamente y gira la cabeza para no mirarme. Con el tiempo he comprendido que sentarse bien es importante y dice mucho de una dama o un caballero. Hay que sentarse lo más atrás posible. Una vez sentados, la espalda debe permanecer en línea recta, apoyada sobre el respaldo del asiento, con la cabeza derecha mirando al frente y el peso corporal bien distribuido. No se beben cruzar las piernas, las piernas deben estar ligeramente separadas y los pies bien apoyados en el suelo. Esta postura, sin las piernas cruzadas, corre el riesgo de despistes y relajación, dando ocasión a posturas comprometidas u ordinarias. La regla principal a tener en cuenta es que nunca debemos enseñar la suela del zapato, generalmente para no delatar por donde nos hemos movido.

 

 

“Lo que es digno de hacerse, es digno de que se haga bien”. Philip Dormer Stanhope

 

No hay un mueble que más hable en una habitación que un sofá. Mirando el sofá de una casa sabemos algo más de las personas que habitan en ella. Por eso creo muy difícil elegir un sofá. Cuando vas a elegirlo te sientas un rato en cada uno para probarlos todos, con la creencia que un momento es toda la vida. Cuando llega a casa te das cuenta que no elegiste bien, lo que te pareció comodísimo, de un atractivo color naranja butano, es en realidad una bombona de butano, no hay quien se siente en él. No nos engañemos, cómo se está realmente cómodo es tumbado. Desde el triclinio romano, en el que los hombres descansaban mientras comían ya  que las mujeres estaban sentadas en sillas en posturas más recatadas, sabemos que la forma de estar realmente cómodo en un sofá es tumbarse como un capitalista.

 

Entre la comodidad, la elegancia y el decoro nació el sofá Chesterfield. Su origen, como el de la ensaladilla rusa, es controvertido; pero la teoría más cierta es que fue bautizado con ese nombre en honor a Philip Dormer Stanhope, cuarto duque de Chesterfield. El duque fue, cómo hay que escribir en estos sitios, un hombre de su tiempo. Muy preocupado por la conservación de las buenas maneras y costumbres en los clubs ingleses de la época, pidió a un ebanista que diseñara un sofá para que los caballeros de la alta sociedad pudieran sentarse con la espalda bien recta, evitando posturas poco adecuadas y relax prolongados.

 

 

Factores humanos para el desarrollo del producto. Recomendaciones de uso.

 

Lo que le presentó el ebanista al duque fue el primer sofá moderno. De aspecto compacto, con brazos y respaldo a la misma altura que le otorgan esa forma tan característica. El respaldo sin inclinación en la riñonera. Los bazos terminan en volutas, que rodean todo el sofá, lo que lo convierte en un mueble para ser admirado por todos los lados y no estar pegado a la pared. La altura y tamaño del respaldo nos invita a apoyar el brazo y poder girarnos para conversar con alguna agradable compañía. El mullido de la tapicería, que proporciona el capitoné, da comodidad a la hora de estar sentado, adaptándose a la espalda pero sin dejar de ser lo suficientemente firme, recogiendo la zona lumbar. El nivel del asiento es lo suficientemente alto para facilitar el acto de levantarse, tan importante con la edad, como el acto de sentarse. Todo un tratado de ergonomía moderna en un mueble del siglo XVIII.

 

Desde el punto de vista estético, la conjunción entre proporciones y el capitoné es lo que  lo hace especial. Las decenas de botones deforman y cinchan de una manera rítmica superficie, atrayendo la mirada a los sensuales juegos de luces y sombras del cuero. Los ojos se deslizan suavemente hacia las decenas de ombligos, buscando el deseo en los claros-oscuros de la piel. El suave olor del cuero de color marrón, granate o verde oscuros y su inercia térmica, nos recoge en un suave abrazo cuando nos sentamos. Todavía no sé cómo es sentarse como un capitalista, pero en un Chesterfield me puedo ir haciendo a la idea.

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