Lo que la vida te enseña. Restaurante Frutos. Avenida Riviera, 80 Los Alamos Torremolinos

 

ensaladilla-frutos-baja

 

No considerándome un hombre virtuoso, en todas las acepciones que la palabra permite, creo que soy una persona agradecida. Y lo creo fundamentalmente porque me paso la vida entera pensando si he dado las gracias a todos quienes, en lo grande o en lo pequeño, han hecho algo por mi. Parece sencillo, pero no lo es, porque dar las gracias es un arte, como saber escuchar: no basta con hacer, sino que hay que sentir. De la misma manera que hay “Buenas tardes” que se devuelven con tal desgana que uno reflexiona sobre si debieran los simios colocarse en la cima del proceso evolutivo, hay gracias que se dan que parecen una cuña publicitaria: “Muchas gracias. Ya es primavera en El Corte Inglés”.

 

Ya hemos cumplido.

 

Ese “cumplir” se extiende al regalo, y lo relaciono con los agradecimientos sinceros y los que no lo son. Los mejores regalos que he recibido, y los que con más cariño he hecho han sido nimios en cuanto a su valor, pero grandes en su afecto y efecto: un perfume mencionado, una primera edición de “Amor se escribe sin hache” de Jardiel, una pluma Kaweco que conservo impecable en su soberbia manufactura de la Alemania comunista, un libro que alguien leyó y pensó que me gustaría, o un recorte de prensa. “Lo he visto y me he acordado de ti”. Por eso, y a estas alturas, es buen momento de devolver agradecimientos de compromiso y regalos de salir del paso con un “No se merecen”, porque no se merecen los descargos de deuda, cuando nadie va a exigir esa deuda, y casi a contrario, es el destinatario de las gracias sin gracias quién debe estar agradecido. Decía Dostoievski “¡Hay gentes a quienes damos las gracias sólo por haberse atravesado en nuestro camino!”, posiblemente por darnos la oportunidad de corregir el rumbo, ponerse a toda máquina en la dirección contraria y no parar hasta Auckland.

 

Uno de los efectos previstos en la posología del agradecimiento es el buen recuerdo. Para los que tenemos una memoria de paquidermo, el recuerdo amable es un agradecimiento de larga duración, como el malo es un tatuaje indeleble en los nudillos o llevar el reloj en la mano contraria: en todo momento está presente y susurra una sonrisa o un escalofrío por la espalda.

 

Y al hilo de la gratitud, a Frutos le debo un agradecimiento primero de ser el sucesor en mi memoria más amable de ese restaurante que fue La Alegría, posiblemente porque asocio ese respeto sacramental al producto, al cliente y al servicio que allí se dispensaba con el que siempre he observado y recibido de la mano de la familia Herranz. Los mayores me hablan de la barra de La Alegría como un cuerno de la abundancia donde el aperitivo reunía a lo más granado de una Málaga burguesa, y no puedo menos que imaginar que debió ser como la barra de Frutos, autopista de ocho carriles de jamones inolvidables, croquetas sacramentales y ensaladilla rusa, entre otras pátinas. Sobre este punto, no se si la ensaladilla de Frutos es la mejor de España, pero nadie puede opinar sobre qué ensaladilla rusa lo es sin haber probado antes la de esa casa.

 

Sus productos son inmejorables, no sólo por tamaño ( aplican como regla de medida un bolígrafo, que debería sustituir al metro de platino iridiado) sino por la extraordinaria calidad. Me detengo en sus ostras, siempre buenas y en su steak tartar, elaborado a presencia del comensal, a la manera clásica y al que aún no he encontrado otro que le haga sombra, como podría detenerme en cualquiera de los platos de su carta. Restaurante de sobremesas pausadas, en las que siempre hay alguien haciendo el negocio de acabar sin prisa un Old Parr y en el que, cuando se podía fumar, recuerdo haber disfrutado del mejor habano que mi memoria de exfumador alcanza: un Trinidad que permitió una fumada en la que arreglamos tres veces la economía mundial y encontramos por fin la felicidad humana.

 

Su carta de vinos es excelente en todos sus extremos, celosamente vigilada –en todo detalle, como no podría ser de otra manera – por Armando, que se puede revisar en su web, ordenada en cuatro categorías ( Fondo de bodega, Un capricho, Una ocasión especial y la sección para curiosos) y que cumple las mejores expectativas.

 

El servicio es clásico, atento y discreto, haciendo que el cliente se sienta cómodo en la distancia milimétrica de un camarero aparentemente invisible, y la facilidad de su aparcamiento propio, suman y siguen  haciendo que Frutos, con su situación de parada y fonda, donde la carretera todavía no ha conseguido convertirse en ciudad,  sea un establecimiento en el que renovar los votos con frecuencia.

 

 

 

 

7 thoughts on “Lo que la vida te enseña. Restaurante Frutos. Avenida Riviera, 80 Los Alamos Torremolinos

  1. loli navarro dice:

    Sinceramente… Grande. Grande como persona y agradecido de corazón y alma por pureza.

  2. Berta dice:

    Frutos es mi infancia, adolescencia. Son los domingos de los cinco con mis padres al mediodía y pidiendo los niños un soberbio san jacobo. Con qué queso, con qué jamón. Y Manolo el camarero, que era pintor naif y acabó como un prota de novela negra y Ramón, claro. Y Frutos, gordo, sentado en su mesa: ¿Qué tal doctor? A mi padre, que siempre llevaba a Frutos a sus amigos extranjeros, que le pedían luego que les llevara de estraperlo ese jamón hasta Rochester.

  3. Juanfran dice:

    Frutos ha quedado fuera del circuito gastronómico de Málaga. Fue, pero ya no es, posiblemente por la crisis, por la ubicación y porque ya hay pocas comidas de negocios a pie de aeropuerto, ya que todo el mundo viaja en el AVE. Es una pena, pero es así.

  4. Diego Rios Padrón dice:

    Si Frutos está fuera del circuito gastronómico de Málaga es que no hay circuito gastronómico…Con sus virtudes y también con sus defectos, siempre han apostado por un producto de primerísima calidad, y una elaboración honesta, sin cambalaches. Eso, al menos a mi, lo coloca a una distancia estratosférica. Y lo que está claro es que está tan lejos o tan cerca que cuando abrieron…

  5. jammarq dice:

    Mi padre me cuenta cuando tenía el camión y parábamos en el bar de la gasolinera. Cuando me subía en un taburete para llegar a la barra y comer croquetas en el nuevo local al otro lado de la calle, aunque yo quisiera ir al antiguo porque me gustaban las grandes letras que tenía pintadas en la fachada. También me cuenta cuando íbamos a la playa de los Álamos y comíamos allí los domingos. A partir de aquí ya me acuerdo yo de la historia, de las sucesivas crisis que hemos pasado y como –cuando volvíamos recuperados– siempre había algún cambio. Primero un nueva fachada de ladrillo, después un techo de policarbonato y luego un techo con lucernarío. Siempre un poco por detrás de los tiempos en el estilo pero conservando las marquesinas de delante con hierros más antiguos que los bolardos del puerto.

    No debe dar miedo quedarse fuera de los círculos si se actúa con perseverancia, es la lección que hay que aprender de gente como el segoviano del bar al lado de la gasolinera o del camionero que paraba a tomar un café.

  6. Diego Ríos Padrón dice:

    ¿Sueñan los loringianos con un Frutos cibernético?

  7. hyperfluo dice:

    Diego, dónde andas?

Comments are closed.