Lo empírico. Bar Zurich. Avenida Pio Baroja, 12. Echevarria del Palo. El Palo. Málaga.

Zurich

 

Para Enrique, que acepta con naturalidad el error de ser amigo mio.

Al final, la vida resulta que es equivocarte, aunque parezca lo contrario. Posiblemente nuestra vanidad como humanos nos lleva a pensar que fuimos capaces de elegir valorando todas las variables, y así optamos por la mejor solución, y ésta es la que nos ha abierto las puertas de la libertad, porque creemos que somos libres de elegir, y, como dijo Camus, libres para tener la oportunidad de ser mejores.

Je.

Es un razonamiento tan bondadoso que merecería estar en algún programa electoral, y con la misma utilidad práctica, porque el tiempo te demuestra que la única libertad que ampara al ser humano es la de buscarse su propia ruina, sin siquiera garantía de que la vaya a encontrar.

Es en el error, y no en el acierto, el brumoso terreno en el que nos movemos, tomando decisiones a oscuras y pasando de largo las advertencias en cada cruce de caminos, con la insolente seguridad al volante de quien no tiene ni idea de a dónde ni por dónde va, pero que pisa el acelerador a fondo, hasta que llega a los blancos acantilados de Dover, al cañón de Thelma y Louise o al cartel de “Carril cerrado por obras. Disculpen las molestias”. Thelma y Louise lo tenían claro, porque eran esclavas de un guión y se acababa el metraje, pero al resto de los humanos nos toca dar la vuelta y seguir buscando alguna otra via, con el riesgo, pequeño, nimio, casi de laboratorio pero siempre presente de que acertemos.

A estas alturas del texto ya habrá quien contemple su vida como un historial de decisiones correctas.

Tranquilos.

No hay motivos para preocuparse: las actuaciones y caminos escogidos decisiones que hoy parecen correctos mañana se revelarán como errores monumentales y, en todo caso, Burton Malkiel ya anticipó que un mono tirando dardos con los ojos vendados a la lista de acciones del Wall Street Journal tendría más éxito en sus inversiones que las derivadas de consejos de sesudos expertos. Haga lo que haga, va encaminado al error y, posiblemente ya esté en él, solo que todavía no se ha dado cuenta, piense que se trata de un error que puede corregir con paciencia y sacrificio o, simplemente espere a que un segundo error le puntué como un acierto.

Relájese: todos nos equivocamos.

 Lo verdaderamente bello es equivocarse con castillo de fuegos artificiales, banda de música, majorettes, lluvia de confeti y alcalde entregando en el estrado la llave del error, en una instantánea inolvidable que le hará esconderse bajo la cama durante dos temporadas para, tras ese purgatorio, salir con renovados votos y cautelas para volver a errar.

Todos nos equivocamos, insisto. Hasta los políticos, que piensan que la ciudad de Málaga es un todo único, sin fisuras, una unidad del destino en lo universal y en la admiración de la elegante iluminación navideña. Málaga es sólo una.

Sin embargo, esa unidad aparente no soporta un mínimo análisis, y un corto viaje hacia el este geográfico nos demuestra su error rampante: pasado el Jaboneros, hemos entrado en El Palo, nuestro Pimplico sin aduanas, allí donde sus habitantes hacen el esfuerzo de “bajar a Málaga” si no hay más remedio, y que vuelven de inmediato como perseguidos por la caballería austrohúngara.

 Motivos para su independencia hay, aunque no hacen causa de ella, que va de suyo y sin necesidad de invocarla, como de derecho son las quejas por su abandono de la mano de las autoridades municipales, que suscribo y apoyo sin fisuras como paleño residente que fui: ahora que se habla del Programa Erasmus como vehículo para ver mundo, yo estudié en el caserón que albergaba la Facultad de Derecho y esos años si que fueron de inmersión en una realidad distinta, afectuosa y cercana.

Ser paleño “honoris causa” me permite acceder a muchos de sus secretos y, entre ellos, está el Zurich.

Indiferente a ser reconocible o no por quienes no estén avisados, el Zurich podría pasar por un bar más, de los muchos que hay en Echevarria del Palo  – microcosmos comercial como todos los “Echevarrías” de Málaga – cumpliendo con el requisito chestertoniano de muchos de los grandes, que nos confunden haciéndonos creer que son extraordinariamente pequeños. Un sitio en el que la guarnición de patatas fritas es de patatas fritas de verdad (de las de madre que corta patatas con la eficacia de un cirujano estajanovista) merecería sólo por eso una mención entusiasta en este rincón. Pero añadan una ensaladilla rusa notable, un pulpo a la gallega extraordinario, flamenquín casero de verdad – una rara avis -, delicioso rabo de toro y mucho más, bueno y casero. Nada tan casero como una barra con esquinita en la que se puede concentrar un grupo, cuatro mesas dentro, cuatro mesas fuera y cuatro fuera, cañas bien tiradas y una esencial selección de vinos dan para la carta fundacional de un territorio independiente al que fugarse sin necesidad de pedir visado.

Como Australia, pero cogiendo el 11.