Lo de Évole

Es tan antiguo como el mundo; el éxito puede resquebrajar los cimientos de la cordura. El espejismo de la omnipotencia produce un deseo insaciable de trascender, de ir más allá, de pasar a la historia. La humanidad está en deuda con este fenómeno por los más sublimes logros y también ha sufrido descomunales debacles por el mismo motivo. El programa “Operación Palace” de Jordi Évole es un claro ejemplo de lo último.

¿Qué pretendían Évole y quienes se prestaron a realizar el programa?, ¿Experimentar con los límites?, ¿Provocar por diversión?, ¿Ser estudiados en las facultades de periodismo?, ¿demostrar que se puede manipular la verdad?

Al servicio de estos fines se recurre a medios como emborronar -aunque sea la memoria de personas fundamentales para nuestra democracia. Alguien muy malpensado podría inferir que se cargan las tintas sobre aquellos no pueden responder como Santiago Carrillo, Manuel Fraga, Gutiérrez Mellado o Sabino Fernández Campo. Especialmente sangrante es la utilización de Adolfo Suárez a quien se retrata como una mezcla entre sumiso mártir y fácil presa de los pérfidos González y Guerra.

Tras el impacto inicial, todos hemos tenido tiempo de colocar este engendro en el lugar adecuado. El propio Évole, una vez salvado con creces el match ball semanal del share, habrá consultado con el espejo o la almohada si ha valido la pena. Si “Operación Palace” pasará a la historia del género junto a Orson Welles y Stanley Kubrick o si creará un género propio. La nada ficción.