Lo cotidiano, eso tan extraño. Restaurante Vereda, C/ Don Juan de Austria,8. La Trinidad. Málaga

VeredaFoto

 

 

 

Hay a quien le engorda el discutir. A mí, sin embargo, me adelgaza lo contrario, como al del chiste. Posiblemente el discutidor profesional goza de mejor músculo y una mente más viva, porque discutir es un ejercicio agotador, como la guerra, la conquista de continentes o estudiarse el temario de las oposiciones a Registro, actividades en las que se ha de ganar a toda costa y que no hay premio para el segundo clasificado; ello exige una planificación de estratega o de suegra: una suma de perseverancia y detallismo. La poca consistencia de mis argumentos a favor o en contra de cualquier cuestión, unida a mi proverbial falta de disposición a los esfuerzos baldíos, hacen de mí incluso un mal sparring para discutidores profesionales: no les aguanto un asalto. Y mientras ellos están pensando en el jaque definitivo al que me conducirán, después de unos cuantos movimientos, yo ya estoy en la playa maravillándome del efecto que el mar ha causado en un humilde palo, y recordando alguno de los cuadros de Dámaso Ruano en los que se integraban estos desechos transformados. O leyendo a Thoreau debajo de un olivo, no vaya a ser que Julián tuviera razón.

 

Es lo que tiene una mente difusa: que causa no pocos sinsabores y decepciones a quienes han de pechar con ella, aunque supone una vida liviana y amena para quien es su legítimo titular.

 

Un ejemplo de este errático discurrir es desarrollo de las introducciones que abren la puerta en estos minúsculos comentarios: me dejo llevar por el hilo de una sensación, de un recuerdo, de un olor o de una sombra, y acabo comprando jamón en dulce, buscando en el mostrador la bandeja de la ensaladilla rusa, recordando un atardecer en la playa cuando la arena ya se enfría o paseando con las manos en mis bolsillos a la hora en la que normalmente la gente de pro los tiene metidos en los bolsillos ajenos. La culpa es achacable, sin duda, a mi falta de disciplina, aunque mis padres y las instituciones educativas en los que ellos confiaron no quedan exentos de ella, como también merece un reproche de refilón la falta de consejo de quienes me aprecian y, por qué no decirlo, la diligencia de las autoridades que deberían reprimir estos malos ejemplos.

 

Sin embargo, lo errático tiene su parte buena. En mi opinión – pero oiga, si no le convence, no vamos a discutir por ello – los grandes descubrimientos se producen por series de azarosas circunstancias, no gracias a una planificación quirúrgica, con ese espíritu de “were always making discoveries, by accidents and sagacity, of things they were not in quest of” que define canónicamente el inicio del término serendipity. Una casualidad, un equivocarte de puerta y, como refería Chesterton en “El Club de los Negocios Raros”, tras un edificio anodino, descubrir donde se escondía tan a la vista la delegación londinense de El Centinela de Ruthland.

 

La primera vez que fui al Vereda – por invocación e invitación de mi amigo Miguel Peralta, el mayor y mejor gourmand que he conocido y que ejerce sobre mí un paciente pero amplísimo magisterio – di tres vueltas a la manzana sin descubrir dónde se encontraba. Tenía una dirección precisa, iba caminando y, pese a ello, no lo encontraba.  Su fachada era tan extraordinariamente anodina que, incluso después de haber entrado y haberme tomado los aperitivos, seguía pensando que me había equivocado de sitio. Barra de acero inoxidable, suelo de terrazo blanco y negro, sillas provenzales color miel, pocas mesas y un San Pancracio en una de las estanterías de detrás del mostrador. Desde la cocina, el ruido de cacharros al mando de madre, que responde al nombre de Amparo, y en la sala, Eduardo.

 

La carta nunca la he visto, y los platos se indican según mercado y estado de ánimo. Lista corta, sugerencias acertadas y todo con la sensación de que va a salir Amparo, te ve a decir que tienes muy mala cara y que te lo comas todo, que estás muy delgado. Como cazador, y previa conquista, Eduardo ofrece arroces con caza  que se encargan con antelación de semana y en los que, como en los roscos de reyes, puede tocarte un perdigón en el trozo de liebre. Marisco ligero, siempre excepcional, frituras purísimas, sin el exceso de harina que convierten los boquerones en un bocadillo y repertorio de platos caseros de sabor extraordinario. Un fijo para mí es el pisto con un par de huevos fritos, lo que demuestra que la felicidad a veces reside en las puntillas de un humilde huevo. Tiene una bodega suficiente, nutrida de los consejos de sus clientes habituales, quienes van haciendo de la capa de sus gustos el sayo de la oferta de vinos.

 

El Vereda constituye un territorio neutral en el que te encuentras comiendo a la Málaga que es, no la que aparenta ser. Y, de vez en cuando, a un parvenú como el que suscribe, al que le han arrimado una silla, invitado a compartir lo cotidiano.