Licor de Polo

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Dejó dicho Chesterton que “La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta”, y posiblemente hizo esa reflexión pensando en nosotros, los españoles. Sin llegar a creer que somos una especie de raza de superhombres, ni de sacar del cajón los ejemplares de Hazañas Bélicas, sólo habría que asomarse a la pequeña sucursal del Fondo Monetario Internacional que es cada casa para ver como economistas domésticos hacen malabares para llegar a fin de mes y se arrancan las ciudades de madrugada con gente que, no creyendo en los pequeños proyectos nacionales, están en la gran empresa de sacar adelante a una familia, un negocio, una esperanza.

 

Aún cuando muchas veces parece que este país se debate si el Apocalipsis será festivo aunque caiga en domingo, si se aumenta el foco existe – y cada día más – esa solidaridad de casa patio, de ayuda entre vecinos, de echar una mano como se pueda al que lo necesita, sea  sangre o un tuper con puchero.

 

Esa generosidad, ese ponerse al problema, es lo que le falta a los políticos de este país. Llevamos un decenio – por lo menos – en una guerra de trincheras, en la que, como en “Senderos de gloria”, los generales mandan sacrificar regimientos por un objetivo inexistente, por una decena de metros, por un argumento que no vale ni el papel en el que se ha escrito. Sea grande o pequeña la cuestión, no hay cuartel, descanso ni transacción, no vaya a ser que empiecen por ahí y terminen poniéndose de acuerdo en asuntos como la educación, la sanidad, o las pensiones. No hay franqueza en el diálogo, que se ha convertido en un mero trámite que reclamar y agotar, ni grandeza en los que lo dirijan, que debieran ser conscientes de que la imposición de soluciones por la aritmética electoral tiene la fortaleza de un castillo de arena, pendiente de que la próxima ola lo desmorone.

 

La dieta a base de licor de polos ha mandado a los ciudadanos al Polo Norte o al Polo Sur, y desde allí a un remedo de debate sin matices y a megáfono, en el que termina siendo la última terminal de una idea fuerza mascada y digerida con la que, con una mínima reflexión, posiblemente ni estarían de acuerdo.

 

Víctima de una sobredosis de Sorkin, que ya ha agravado mi crónica debilidad por encontrar puntos de entendimiento y acuerdo entre las posiciones más dispares, he deseado que la generosidad de los de abajo contagiara a todos los que tienen la responsabilidad de representarnos, respondiendo a los deseos de un pueblo en el que el cainismo es anécdota y no categoría. Pero si esa grandeza no se da, nos corresponde a los de las trincheras acordar nuestras propias treguas, cambiar el debate y las formas, desentumecer el acuerdo y cambiar la impresión de que es rendición, cuando posiblemente sea victoria.