La vida real

Paris Café

 

 

A principios de Agosto, un dictador con bata blanca decidió que necesitaba un largo periodo de reposo. Acepté su dictado, entre otras razones, por no tener más remedio. Mi familia recibió la noticia con fingida tranquilidad y yo con fingida preocupación. Realmente, dejar de trabajar había sido mi sueño, por más que hiciera votos de que el despacho, mis expedientes, mi clientes eran mi vida; y, a estas alturas, después de que el buen doctor de hablar pausado me viniera a confesar que sentir reproches a viva voz provenientes de una carpeta no eran un ejemplo de sanidad mental, vi la puerta abierta a algo que me había sido vedado desde siempre por una concepción calvinista de la vida: pasar de la frenética ocupación a la más absoluta ociosidad.

Así pues, de la noche a la mañana, me convertí en una de esas personas que pueblan terrazas, deambulan por las calles y controlan las mil y una obras públicas que siembran una ciudad, sin más necesidad que refugiarme en la conversación apasionante de limpiabotas, tertulianos ocasionales y demás actividades que se ocultan a quienes llenan las hojas de su agenda de actos productivos.

Sin caer en la rutina – principal premisa que me marque en este renacer – aprovechaba las terrazas, puestos de observación privilegiados en las venas de la ciudad, para mirar, sin más fin que deleitarme en el ir y venir de la gente. Tomaba notas en las servilletas, como apuntes del natural para mi propio disfrute, y con las mismas, arrojaba las servilletas a una papelera, en el deseo de no atarme, ni siquiera a los recuerdos.

Pero la rutina termina por tomarnos al asalto, y por muy inconstante que fuera en mis rutas, terminaba recalando en puertos habituales. Allí me venía a visitar la memoria de lo ya visto, con una minuciosidad más propia de Flaubert que de un espectador aburrido, y pasaba ante mi el ama de casa de carrito, cuya eterna mata de apio asomaba como una bandera del Tercio de la huerta; el jubilado con aspecto de Gobernador Civil de antaño, con su ABC impecablemente doblado, en cuyo detenido estudio aplicaría toda una mañana y una manzanilla con sacarina. Los mismos loteros, los mismos indigentes, los mismos camareros…todos parecían figurantes que, en un determinado momento intercambiaran escenario y personajes, pero seguían siendo los mismos. Ayer el lotero fue camarero, el lector, indigente, y yo, posiblemente, el director de pista. Empecé a preguntarme por las vidas de quienes me acompañaban, e imaginaba para ellos, según los días, pasados gloriosos o humillantes, hazañas o infamias, familias, amigos, rencores. Y cada día me aplicaba en adivinar cual era la procedencia y destino de cada uno de ellos. “Ahora vuelve a casa. Le espera su mujer, con la mesa preparada. Ella le besará en la mejilla, como todos los días y le preguntará por la oficina. El no ha estado, pero con un gesto leve le dará a entender que bien, como todos los días. En el bolsillo de su chaqueta guarda el teléfono de esa mujer con la que se ha visto, a hurtadillas, en la cafetería. La esposa de un compañero de trabajo, que entre semana viaja por pueblos malditos, cuyos nombres se borran de la memoria una vez pronunciados. Ella ….”.

Como los hilos de una tela, veía a las personas cruzarse, encontrarse, atarse, desligarse, pasar al lado y aun buscándose, estar llamados a no coincidir. Una inmensa tela. El calmado tedio en el que cómodamente me había instalado me llevo a preguntarme por mi mismo y mi papel en esa gran obra. Intentaba imaginarme fuera de mi propio cuerpo, reconstruyendo mis pasos, mis estancias. Pero quería algo más exacto, más documentado, que me permitiera rehacer mi propia realidad. Contraté a un detective privado, al que dirigí el encargo por correo, junto con una foto mía, un anticipo de honorarios y una breve descripción de mis propios lugares frecuentados. Le incluía una nota en la que le advertía de ser una persona desconfiada, y que extremara las precauciones a fin de no ser descubierto.

Desde que me despertaba, tenía la sensación de ser observado. Imaginaba cámaras ocultas tras el espejo del cuarto de baño, potentes teleobjetivos escudriñando desde los edificios colindantes. Creía reconocer a mi seguidor entre la gente. Puede que fuera el motorista, el pasajero del taxi que se cubre la cara con la mano….Decidí no facilitarle su trabajo, cambiando constantemente el ritmo y previsible destino de mis pasos. Entraba, de súbito, en librerías y me quedaba, como el que hojea un libro, a la expectativa de verlo entrar. En una semana cambié mi aspecto físico y trufaba mis lugares habituales con incomprensibles paseos solitarios por lugares que esperaba quedaran bien en el presumible reportaje fotográfico que había interesado con generosidad. Junto al mar en un día de levante y fina lluvia. Por el lado salvaje de la ciudad, entre prostitutas y camellos. Asistiendo a conciertos, comprando en mercados.

Diez dias más tarde recibí el sobre marrón, sin remitente. Incluía el informe del detective, plagado de referencias casi policiales, en el que con la frialdad burocrática que da el simple dato, refería mis idas y venidas, con indicación del día y la hora. Venía junto a él, en una carpeta dossier gris, las fotografías. Al hojearlas tenía la sensación de estar observando a otro, no a mi mismo. No me reconocía en aquellas cartulinas en blanco y negro. Miraba cada detalle enmarcado: el fondo de paraguas junto a una cafetería, aquel lunes lluvioso; el taxi del primer plano, en movimiento y que aparecía borroso; los rostros desconocidos en la parada del autobús en aquella en la que aparezco, casi a la carrera, saliendo de una librería. “17.30.- El individuo toma un taxi y se dirige al Parque. Pasea durante cuarenta minutos, sin un destino aparentemente determinado. No habla con nadie. Regresa andando al punto de partida”. Ciento sesenta fotos. Ciento sesenta vistas del individuo – tan extraño a mi – andando, comprando, sonriendo. Incluía los negativos, y marcados en rojo aquellos que mi perseguidor pactado no había juzgado interesantes.

Repasando las marcas, reparé en uno. Posiblemente lo había desechado porque el autor estaba tan cerca, que solo se apreciaba parte de la barbilla. Tras ese primer plano, una calle de amplia acera, transitada. Vehículos por la calzada y coches aparcados en doble fila. Una bruma de combustible dota al suelo del aspecto propio de los sueños. Y en la terraza, una figura femenina en línea al objetivo, girada, en la única posición que rompería la horizontalidad de esa composición espontánea que al azar había reflejado la fotografía.

Amplié el negativo desechado y se abrió ante mi lo sorprendente. Como en una obra de Doisneau, todo cuanto recogía la foto, la calle, los vehículos, las sombrillas, la gente, las aceras, la propia luz, éramos solo simples figurantes al servicio de aquella mujer.

Su mirada, enmarcada en un rostro de rasgos finos y belleza serena, se dirigía indubitada y desafiantemente al objetivo, como si hubiera querido dejar constancia de su presencia. En su mano izquierda humeada un cigarrillo. En la mesa, una taza, un periódico y un libro abierto. Era el centro de gravedad, y a su presencia, parecía mandar detenerse la agitación que le rodeaba que, a la vez, parecía perfectamente ajena a ella. Tenía el inquietante poder de resultar universal. Me quedé suspendido en ella, pensando que su presencia en la foto debía obedecer a alguna suerte de lotería babilónica, sin poder concretar si resultaba un premio, un castigo o simplemente un camino.

Me vi buscando sus ojos entre la multitud. Enseñando la foto a mis camareros, mis limpiabotas, mis jubilados, sin que pudieran darme noticia. Me vi persiguiéndola a la carrera por calles y confirmando el error de ser otra a quien seguía. El sobresalto de adivinarla entre la multitud. De imaginar su voz, su textura. De suponerla forastera, de marcar, como territorio para su búsqueda, el mundo entero. De ver su sombra en cada esquina, como un espectro. La locura de soñarla. Llamarla Teresa. Sin descanso. Hablar sin ella.
No era un ensayo general: era la vida real.

Quemé la foto ampliada y el negativo. Quemé las restantes fotos, el informe del detective y el sobre marrón.

Esa misma mañana volví al trabajo.