La vida después de la muerte

el septimo sello

 

 

Desde entonces viene a visitarme todas las noches, en la oscuridad, envuelta solo en la anaranjada luz de las lámparas de sodio de la calle, en esta habitación donde mi daltonismo no distingue ningún color.

–¿Quién eres? –le pregunto.

Intento reconocerla en sus distintas caras que son las mismas que me han rechazado y abandonado tantas veces. Es ahora la de la belleza pálida -la inalcanzable y mi deseada- la que me está mirando con sus ojos de cualquier color. Sus ojos son espejos donde he visto reflejado todos mis errores cometidos y todos los que he prometido tener la torpeza de volver a cometer.

–¿Vienes a por mí? –insisto.

–Llevo mucho tiempo caminando a tu lado, desde que naciste. –De sus labios sale una extraña voz, una vibración eléctrica que no concuerda con el movimiento de sus labios ni con lo que oigo–. ¿Estás preparado? –me pregunta notando mi sobresalto.
–Nunca se está preparado para esto –le contesto–. Los animales buscamos cualquier escapatoria, esperamos estar acorralados para no tener que elegir entre una de las salidas y ahora vienes tú, a cortarme la última.

Siento un mareo, un sudor frío, como fiebre, una caída a un precipicio. De pronto me encuentro en una habitación con unos amigos.

–Últimamente tengo un sueño recurrente –comienzo a hablar interrumpiendo la conversación– Sueño que me muero, en un accidente de coche o en una caída, y al rato me encuentro dentro de otro sueño, en él que descubro que el anterior era un actor de película y en realidad no moría.

 –La muerte es una metáfora de cambio –comienza a hablar, está aquí también, entre mis amigos– estás manifestando que quieres cambiar, pero en el fondo no quieres deshacerte de lo que tienes.

Miro sus manos y hasta eso me parece un tópico: dedos huesos y uñas largas.

-Tú juegas al ajedrez, ¿verdad? -me sobresalto al oírme unas palabras que no han salido de mi garganta.

-Juego muy bien, no creo que seas tan bueno como yo -Veo lo que dice su rostro: desprecio. Me ve viejo, piensa que ya solo puedo ofrecerle un juego de mesa- ¿Para qué quieres jugar conmigo?

–Juguemos, las negras para ti.-le digo- Es lo lógico, ¿no te parece?

Todas las noches juego con ella,  me dice que si la acompaño iré a un sitio mejor, pero me aferro a esto y todos los días intento arañar un poco más de tiempo para no tener que deshacerme de lo que creo que tengo.

carrusel