La Navidad va a ser lo que yo te diga.

predicadorc

 

En el último trance de la Navidad católica ( y digo católica porque, para los muy fanes de este periodo, todavía pueden engancharse a la Navidad ortodoxa que empieza precisamente hoy) que es la Noche de Reyes, todavía le quedan pilas al altavoz de los quejosos habituales para que, en el catálogo de infamias que recitan como la tabla del nueve, añadan el haber convertido la Epifanía en una vorágine de consumo, en una estéril carrera de mallrats que gastan lo que no tienen, comprando lo que no saben para regalar a quienes no lo quieren, señalando con el dedo, ese dedo permanente, inquisidor en automático, a la cola entera de una gran superficie comercial.

La Navidad, de punta a cabo, tal y como yo la veo, es una suma imperfecta de momentos, unidos por el hilo conductor de una tradición, que nos permite a quienes somos creyentes – no de tan buena calidad y cantidad como los inquisidores, pero ahí vamos, haciendo lo que buenamente se puede – añadir un sentido trascendente. Yo no necesito berrear que Jesús nació en un establo para alegrarme de que un amigo, con quien a lo mejor sólo hablo de año en año, aproveche esa ocasión para llamarme y desearnos felicidades; no necesito hacer votos escandalizados contra la gula para preparar con mimo una cena, pensando que mi familia disfrutará de algo que he elegido con cuidado y he servido con esmero, procurando que todos estemos bien, para poder recordarlo cuando no todos estemos; no me voy a sentir una víctima del materialismo si me anduve cuatro librerías buscando ese concreto ejemplar, con el que demostrar a quien lo reciba que, al menos durante ese proceso, pero posiblemente durante todos los minutos del año, he pensado en ella, en sus gustos y colores, y que mi forma de demostrarlo es así o con una Monster High más fea que pegarle a un padre.

No soy perfecto, ni por asomo, pero me encuentro bastante cómodo en mi imperfección. Mi amor a Dios no será tan puro: tendré que envolverlo en las irregulares maneras de un papel de regalo que no hay forma de doblar sin que se rompa, y esperar a que alguien juegue con esa muñeca, lea ese libro, se abrigue con esa bufanda, acaricie el borde de esa copa o rompa un cristal con esa pelota y sonría.

Y Dios, mientras tanto, como escribió Jardiel, tomándose un limón helado.