La Leyenda del Santo Bebedor. Collage de textos.

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Cuarenta y cuatro años.

No era bueno contemplar con sus propios ojos la depravación de uno mismo; mientras uno se ve obligado a contemplar su propio rostro, es como si simplemente no se tenga rostro, o que éste sea el antiguo, aquel de antes de caer en la depravación.

Lo noto al entrar. Por primera vez en toda la mañana siento el latir mi corazón, ese segundo es lo que me da la vida todas los días para seguir. Un olor dulce, mezcla de madera y vino agrio entra en mis pulmones convirtiéndose en un latigazo que, cuando llega al corazón, me hace resucitar. La habitación siempre es la misma, podría estar en cualquier sitio. Solo una barra y algunas mesas de formica y patas negras, igual que las sillas. En la pared hay una estatua de la virgen protectora,  un fetiche de los barcos que hace tiempo no salen al mar. Aquí enjuago mi tristeza alcohólica para no oír el paso del tiempo. Esperando que llegue algún conocido o desconocido al que contarle mi historia por un vaso de vino para saciar mi sed de olvido.

Justificar un regalo de me parece un crimen contra la humanidad, y contra lo espontáneo que nos hace humanos. Nunca lo he hecho. Nunca he practicado el regalo práctico ni he buscado una justificación para hacerlo. “Pasaba por una tienda en Berlín, te imaginé con esta bufanda y te la he traído” o “Una edición preciosa que no puede menos que resaltar en tu inexistente biblioteca”.

Ahora que lo pienso, igual he regalado sólo por vanidad…

En este caso, el regalo ha sido, no por vanidad, sino por igualdad, por el compañerismo que da servicio partenaire de banco entre los galeotes. Verás que es un libro mínimo, que (como la mayoría de ellos) encierra el poder de hacernos reflexionar sobre nosotros mismos -tu y yo- que andamos perdidos entre el ser y el deber ser, insatisfechos por no poder dar lo que se espera que debiéramos, deseando infatigablemente que se valore el esfuerzo y no los resultados.

Ahora que lo pienso, igual este regalo no lo he hecho por igualdad sino por vanidad.

Por la necesidad de encontrar el compañerismo que da tener alguien que comparta el banco de los galeotes, ensoñando en la idea de que pueda haber un “nosotros”, y no sea yo quien ande sin rumbo entre el ser y el deber ser, con la insatisfacción de no poder dar lo que se espera que debiera y deseando con ardientemente esperanza que haya alguien más a la espera de que se valore el esfuerzo y no sólo el resultado.

Sea por un motivo o por otro, espero que lo disfrutes. A mí me calma. Igual a ti, no. No lo se, sinceramente.

No recuerdo si estuve allí o alguien me lastró con una maldición al contarme esta misma historia. Ya ha pasado un día más. Lunes, miércoles, domingo, todos iguales. No hay fin de semana, ni navidad ni huelgas que cambien el paso del tiempo ni el destino. Las horas, los días se consumen pronto mirando el fondo de este vaso, contemplando como baja lo que haya dentro. Vivo en este dulce conformismo que calienta mis venas, como en la aparente felicidad de esa  gente que vivía en el paraíso. Así son mis días, no recuerdo nada de lo que ha pasado, solo espero entrar mañana otra vez por esa puerta y sentir ese latigazo que me haga llegar al día siguiente.

“Denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte”

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