La ineludible réplica

The New Statesman

 

 

El recurso facilón de intentar escandalizar demuestra que el Sr. Ahab se quedó anclado en aquellos años en los que una portada de Interviú paralizaba el tráfico y los pulsos, no encontrando otra explicación a las menciones que realiza a la Biblia o a la Alta Escolástica, o a la digna profesión del que suscribe.  De ese confuso argumentarlo sólo se puede sacar como corolario que la Biblia es más completa que El Capital de Carlos Marx, dando por tanto más juego para citas y descartes, y que Santo Tomas de Aquino fue un mandado de San Raimundo de Peñafort, a quién encargó la redacción de la Summa contra gentiles, siendo una obviedad recordar que San Raimundo es venerado patrón de juristas y abogados.

Pero, considerando a quién va dirigida la presente, es necesario recordarlo: San Raimundo es venerado patrón de juristas y abogados, y Santo Tomás de Aquino, un mandado.

Es por ello que los argumentos del Sr. Ahab, amparados por ambos estandartes, son falaces, por torticeros unos y por delegados otros,  y que siendo todos ellos desechables por poco afortunados, lo serían en todo caso de raíz por el error que los preside, pues todo su argumento pretende esparcir la simiente de que nuestros mandatarios han de hacer el mal, no por vicio, sino por hacer de su cargo ejercicio.

Hacer del mal lo ordinario y obligado por el simple hecho de que ostenten un cargo público, es aceptar que son malos por obligación del cargo, que sufren una transmutación moral al ostentar sus funciones y que lo abrazan con la resignación del que sufre los extraordinarios dolores de, por ejemplo, una extracción de sangre, confiado en que ese sacrificio servirá para hallar la cura a sus males, o en este caso, la solución a los males de la ciudadanía a la que gobiernan. Y todo ello cómo si el argumento a combatir fuera que yo, en algún momento, hubiera exigido la bondad de los gobernantes.

Nada más lejos de la realidad.

Yo exigía – y exijo – cortesía. Educación. Corrección. Si exigiera bondad, estaría bajo un manzano leyendo a Thoreau y filosofando sobre la revolución pendiente. Yo exigía – y exijo – menos fuegos de artificio y más ponerse de espaldas a la galería, menos declaraciones y más acciones, sin aspavientos y sin argumentarlos de premura, a unos y a otros, rehusando el dicho imaginero de “A mal Cristo, mucha sangre”, y deseando condenar a quienes lo practican a asistir, en visionado continuo, a sesiones del Parlamento Británico en las que los hachazos se envuelven en papal de seda y se coronan con un lazo precioso.

Ese deseo, esa regla, obviamente coarta severamente mi carrera como polemista, en la que, sin duda alguna, veo un futuro lleno de éxitos, personales y profesionales al Sr. Ahab, del que me despido con el respeto y consideración que merece.