La ensaladilla rusa de la Taberna Uvedoble (C/ Cister 15, Málaga)

 

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Mi primer recuerdo alimenticio es una tapa de ensaladilla rusa, saliendo de la cocina de “Casa Andrés”, bar de los que ya no quedan, que estuvo radicado en aquella zona que ya no queda que era la Ciudad Jardín de casas mata y rodeada de huertas. Salía por un ventanuco que comunicaba la cocina con la barra, de madera oscurecida, en la que mis padres me habían sentado. Tendría yo cuatro años, pero recuerdo con toda exactitud la presentación (con sus migas de atún por encima, en concha y con piquitos gordos y blancos), su textura y su sabor.

Para mí, esa ha sido la ensaladilla canónica, la perfección y el equilibrio. Y de la misma forma que el yonki busca el placer irrepetible de su primer pico a costa del proceso experimental de prueba-error, o el perfecto amor como el de aquel verano con doce años en la playa, sigo buscando ese sabor que se me quedó tatuado hace ya 42 años. Enzarzado en absurdas discusiones sobre qué ingredientes deben estar presentes, abandonando tapas a la primera cucharada, renegando de los malos taberneros que maltratan a la reina de la barra, apreciando aproximaciones con buena intención que podrían haberse acercado, he paseado esa pasión como un amante desesperado por volver a encontrar a aquella mujer con cuya mirada se cruzó en Saint Lazare o la que salía accidentalmente en la esquina de un negativo revelado de la vida real.

En esta búsqueda he encontrado algunos descansos, y uno de ellos es la ensaladilla rusa de la Taberna Uvedoble, servida impecablemente, ajustada de precio, proporcionada y sabrosa. Por eso me dejo caer por allí, de vez en cuando, a la antigua – cuando la tapa era preludio de comer en casa – y en la tranquilidad de la barra, a filosofar sobre lo bueno de la vida, lo sencillo de los placeres más gratos y de cuánto nos gusta complicar la fácil felicidad. Ayer, además, sonaba jazz, en ese nivel que permite dejar que los propios pensamientos vuelen alrededor, antes de volver a meterlos en un libro gordo que huele a humedad.

No era de la “Casa Andrés”, es verdad, pero era lo más cercano que he encontrado a la felicidad. Vaya lo uno por lo otro.