La Cultura. Lo Público. Manual de Uso.

 jamescagney3

Hay dos palabras que, dichas por un político, me hacen instintivamente llevarme la mano a la cartera: “gratis” y “cultura”. Si me encuentro ambas en una misma frase, intento huir con la velocidad que me permite mi pésima forma física, y si en el mismo párrafo me encuentro el concepto “retorno”, vuelvo a repasar las condiciones para la expedición de permisos de residencia y trabajo en las Antípodas.

 El debate cultural en esta ciudad se concentra en la actualidad en tres puntos: convencernos de que somos una potencia cultural de primer orden, lo que nos convierte en un destino turístico con un atractivo indiscutible; el tradicional debate sobre valor y precio del arte, adornados por los polos de defensores y detractores y, por ultimo la credibilidad – o su falta – de las administraciones cuando anuncian, proponen o enseñan las bellas infografías, los estudios capados de rentabilidades mercantiles futuras, previstas, presuntas o deseadas.

Pasados esos años en los que los ciudadanos nos endeudábamos por encima de nuestras posibilidades – lo que llevó a las entidades financieras a tener que seguirnos el ritmo y a las administraciones a embarcarse en proyectos megalomaniacos para satisfacernos a nosotros, los exigentes y caprichosos votantes- en la actualidad el ciudadano, que sopesa si comprar una u otra lata de tomate frito como si formara parte del jurado de “Doce hombres sin piedad”, mira con un embrionario escepticismo que se gaste ahora con la esperanza de que los talentos gastados revertirán en la forma de un cuerno de la abundancia. En todo. Se mira con vértigo la factura del Metro mientras se espera en la parada del 37 su segundo advenimiento, siente un pellizco en el estómago cuando pasa por estadios cerrados, centros de interpretación o farolas de a seis mil euros.

 Pese a eso, los ciudadanos deseamos ser mejores. Es decir, asumimos y deseamos que nuestra ciudad mejore, y que esa mejora se traslade no sólo a que los comercios vendan más, sino a que los malagueños también tengan acceso a mejores instrumentos de transporte público, sanitarios, educativos o culturales para si mismos. Asumimos igualmente que todo eso cuesta dinero, y que ese dinero va a salir de nuestros bolsillos, y que corresponde a los representantes públicos decidir cuánto y en qué se van a gastar esos recursos, deseando que lo hagan con la previsión, prudencia y mesura que nos exigimos a nosotros mismos. Y posiblemente ahí reside el problema.

 La falta de credibilidad de los gestores públicos y, en ocasiones, sus maneras poco compadecidas con la transparencia y la información clara y comprensible hacen que se vea cualquier actuación como una mera distracción, como una cortina de humo, como una ocurrencia, como un medio con el que se pretende un propósito distinto. Se hable de lo que se hable y, especialmente en materia cultural, nunca perece que los datos sean completos, que las cifras sean claras, que se cuente todo lo que hay. Lo terrible puede ser que, efectivamente, nuestros gestores públicos estén contando todo lo que hay, que ya hayan agotado completamente su solvencia y que, aun cuando nos estén poniendo una moneda de oro en la mano, los veamos como al mago que, tarde o temprano, la va a hacer desaparecer.

La defensa en tal caso es de libro: todo se encubre con una excepción absolutoria perfecta: si no está a favor, – por el motivo que sea, incluso el más loable- no está a favor de la cultura, del desarrollo de la ciudad, de la prosperidad y de todo lo bueno que esa actuación va a traer a Málaga y a la Humanidad. Si no hay una adhesión inquebrantable, un “trágala”, le van dando a la salida el carnet de enemigo del pueblo. Hasta quienes suponemos que debieran velar por que los ciudadanos puedan saber con datos y detalles, con una visión crítica, se suman a los entusiasmos o, en el mejor de los casos, condicionan lo esencial a lo accesorio: “Aunque el proyecto no goza de la transparencia necesaria, no se conocen con detalle su coste real, plazo de ejecución e implicaciones, no se puede negar que se trata de una actuación beneficiosa.”

 Pues no, oiga.

En lo público no puede haber letra pequeña. En lo público no puede haber cláusulas oscuras. En lo público no puede haber ocurrencias pendientes de “ya lo iremos viendo”. En lo público el gestor tiene que demostrar y ganarse todos los días, en todos los proyectos, su credibilidad.

 Pasa en todas partes, en todas las administraciones, a todos los niveles, sin duda. Pero especialmente en Málaga, no puedo evitar tener la impresión de que a la novela que nos leen siempre le faltan dos o tres capítulos. Y, habitualmente, son los más jugosos.