Haciendo SOHO: Mesón Ibérico. C/ Pinzón esquina con C/ San Lorenzo. Málaga.

 

Jamón

 

 

Cuando yo empecé a transitar la Alameda de Colón, todavía aparcaban allí las “lecheras” de los nacionales, que vestían de marrón como Elsa vestía de azul en el famoso diálogo de Casablanca. Recuerdo que cuando desmantelaron la comisaría salió de allí el atrezzo completo para una película de cine negro, con archivadores que debían esconder una botella de Fundador y un cartón de Goya, flexos con dos dedos de nicotina y algún bigotillo tardofranquista de gobernador civil.

 

Como zona portuaria, con los negocios que le resultan propios, no era extraño ver a un marinero ruso recién desembarcado queriendo cambiar en un bar una mastodóntica radio de válvulas por dos botellas de Larios de consumo inmediato o, en la noche, ver al mismo con la radio a cuestas intentando cambiarlo con las lumis de la zona por algo de consumo inmediato que no fuera de la marca Larios. El Mercado de Mayoristas a la espalda era una semiruina urbana en cuyos alrededores se podía aparcar y parecía que incluso había menos mosquitos. La Alameda de Colón era un microbarrio de inquilinos de renta antigua,  despachos de abogados y colegios profesionales.

 

 Todo ha ido cambiando hasta convertirse en una via de tráfico rápido, con luz de mar y palmeras, límitada por atrás por el CAC milagroso y por delante por la paz seráfica del SOHO, el barrio de las artes, los émulos de Banksy y los hipsters, a los que aun estamos pendientes de ver y recibir con banderas de mostachos.

 

 Pepeluis, que es el dueño del Mesón Ibérico, lleva haciendo SOHO desde la Feria de Agosto de 1992. Primero en calle Vendeja, como encargado de un establecimiento sin cocina y posteriormente en su propio local, con cocina, hijos, barra y comedor, que se llama Mesón Ibérico. En pocas ocasiones un nombre cuadra mejor a un establecimiento, porque pudiera pasar por un homenaje permanente al cerdo ibérico y sus productos: con los jamones colgados en estado de revista y la esquina del corte, que habita Pepeluis y su espectáculo de corte;  los colegios debieran organizar excursiones para ver como maneja el cuchillo, y verlo preparar un jamón para el corte debiera ser troncal obligatoria en cualquier escuela de hostelería. La copa va con tapa, la barra – permanentemente ocupada – muestra los productos de inmediato consumo y por el ventanuco se ve una cocina frenética del que salen platos como balas de una ametralladora Maxim.

 

  Todo lo que tiene es bueno, y como bueno que es,  lo vende y lo cobra;  pero entre ofertas de vinos, aciertos a compartir y la comodidad de un establecimiento bien atendido y servido, se componen rondas que siempre dejan satisfecho. La chacina y quesos, pescado chico y marisco son excepcionales, como sobresalientes la mayoría de las tapas frias que se ven en barra, aunque su ensaladilla rusa no sea mi preferida.

 

 Reservar mesa es obligatorio, porque llena como los espectáculos de Broadway, pero siempre se puede esperar en barra, compartir conversación, risa, una tapa y una copa de Tio Pepe, a cuyo descorche de media siempre me viene a la memoria la frase de Don Jose María Revello: “Y así vamos pasando el rato”.