Estudiar

Escolares

 

 

 

 

Con una media sonrisa, al decirle que tenía que ir al Colegio de Abogados, mi hija M. me dijo no hace mucho “Papá…Tan mayor que eres ¿y todavía tienes que ir al colegio…?”. Me he acordado de esa frase al empezar a hacer cábalas, cuentas y encajes para valorar si matricularme en un curso de especialización presencial en Madrid. Otro más. Un año. Todos los jueves. Y al comentarlo con otros compañeros ( otros “sospechosos habituales” que nos hemos conocido, precisamente, coincidiendo en esfuerzos de formación)  las mismas frases de siempre: “No sé cuándo voy a ver a los niños”, “Por lo menos, son dos horitas y pico de ida y otras tantas de vuelta que puedes ir trabajando en el AVE”, “Vaya con el precio…un poco más y da para pagar un utilitario…”. Y de nuevo las horas, el trabajo ya presente y expectante, y la familia, y alargar más las noches, y enseñar a la pequeña a montar en bicicleta, y el fin de semana prometido para que jueguen en la nieve, y volver la página del calendario y que de martes pase a lunes.

A mis hijas les insisto en que estudiar solo sirve para poder elegir, y elegir solo debe servirte para ser feliz o al menos intentarlo. Físicas, cocineras, bailarinas de claqué, diseñadoras de software, pilotos de la Marina, la mejor cajera del Mercadona por elección, no por que no haya más remedio. Ojalá.

Yo tengo un padre que eligió no parar, pudiendo hacerlo. Y  ahí están las horas de la siesta con el “Niños, no hagáis ruido que papá está estudiando”, los madrugones para ir a un examen, sus libros forrados, el aprovechar cualquier rato muerto para hacer resúmenes de un tema. Y yo, siendo un pobre remedo, coloco los años acompañados de su coda: “Los cursos de doctorado, cuando iba a nacer C.”, “el Experto, con aquellas noches tan largas y de tan mal dormir”, “M. y el derecho societario”, y así, como lo he vivido y como lo he visto en otros compañeros de aula, como docente o como alumno, ávidos todos de aprender, de compartir, con la avidez de sacar hasta la última gota de jugo de aquello que te duele en las costillas de tu vida personal y en las costuras de la cartera.

Llevo un tiempo escuchando voces que banalizan la formación, la especialización, como si fuera un acto superfluo de vanidad; y también he visto quienes se toman a broma impartirla, faltando al respeto a los que han puesto en la balanza esa clase o ir al parque a que tu hijo se sorprenda con un gato que se esconde.

Unos y otros quedan fuera del enfoque. Me quedo con los que van en el AVE haciendo el “pinta y colorea”, con un dibujo de “Papá, te quiero” como marcapáginas.