En mi modesta opinión.

El Amo

Una vez tuve una opinión. Merecía incluso ponerla por escrito. Evidentemente, no lo hice, sino que me dediqué a recrearme en ella. Era una opinión redonda, inatacable, sin un pero ni un matiz; una perla que, disuelta en una conversación, crecía hasta convertirse en un argumento inatacable, sin fisuras, como esas pequeñas pastillas que venden en los chinos y que, disueltas en agua, se convierten en el acorazado Arizona con toda su tripulación formada en cubierta cantando la “Salve Marinera”. Lamentablemente, me tocó el turno de la frutería y entre discutir el punto de madurez de los plátanos, elegir entre uno u otro tomate castellano y resistirme a los intentos de que me vendieran cerezas chilenas, se me fue el santo al cielo y aquella opinión tan extraordinaria se me escapó, dirigiéndose con celeridad a ese limbo en el que se refugian los calcetines desparejados, los encendedores y los pendrives.

Por lo demás, y quitando ese episodio, no he vuelto a tener una opinión rotunda, ni tampoco un pendrive que dure en mi poder más de una semana. Me he quedado en opiniones leves, abiertas a ser rebatidas si despertaran interés, y llenas de pequeños recodos. Puede que sea por la amplitud del foco: soy incapaz de acotar una idea de manera que no aparezcan excepciones o distintos enfoques, en una espiral perversa que me lleva a incorporar más argumentos, réplicas y dúplicas. Cuando me he alejado ya tres manzanas de la opinión inicial, reconozco que no tengo las lumbares para tanto peso y me voy a curiosear a alguna librería.

Esta incapacidad mía me lleva a admirar – como admiro a los trapecistas, a los tragasables, a los contables o a cualquiera capaz de hacer lo que a mí me parece imposible – a quienes no sólo tienen una opinión, sino que además son capaces de plasmarla por escrito y exponerlo a la vista pública, como son los columnistas. Tesis, premisas y argumentos vertidos en ¿300, 500 palabras?, hilados de forma que resulte de amena lectura y, por encima de todo ello, con la rotundidad que exige ese atril. No hay, ni puede haber titubeos, y eso me resulta prodigioso, porque, además, ¡es todo los días!

No vean ni una sola gota de sarcasmo, de ironía destemplada ni de coña marinera en lo dicho: hagan ustedes la prueba. Cuando estén en casa, en esos raros momentos de sofá en los que no hay una criatura pidiendo agua, levántense y digan con voz rotunda: “Maricarmen, la democracia, concebida como un ejercicio meramente formal, controlado por estructuras corruptas como son los partidos y ejercido por representantes que son meras marionetas en manos de éstos, supone prostituir la soberanía de la nación que reside en el pueblo español”.

 

-         Alberto, tu has bebido. ¿Te has ido de cañitas con los amigotes del trabajo…?

-         Te decía que la democracia …

-         Si, la democracia es que tú te vayas de cañas y yo tenga que estar llevando niños a inglés, a catequesis, al futbol, a macramé creativo..

 

-         ..mandato representativo..

 

-         ¿Has ido a la tintorería?

 

-         …soberanía popular

 

-         Joder, Alberto, para una cosita que te tienen que encargar y ni eso. Pues mañana vas, que si no a los niños los vamos a tener que liar en pieles para que no se resfríen y van a parecer disfrazados de la función de Navidad. Y a todo esto, no se porqué este año, en lugar de disfrazarse de pastores o de angelitos, había que disfrazarlos de neardenthales.

 

-         ….el sistema de partidos…

 

-         Sobre eso y sobre muchas otras cosas, y en mi opinión Alberto, sería necesario un pacto de Estado sobre educación. Sobre educación y sobre otras muchas cosas, pero especialmente en esta materia, sin perjuicio de la responsabilidad del gobierno de mantener nuestro sistema educativo con un rumbo de constante mejora, y sin renunciar a las conquistas sociales la ciudadanía ha conseguido. Y esas conquistas, Alberto, no venían en un huevo kínder: se han conseguido por partidos políticos que han dado soporte a una labor de gobierno, fuera del signo que fuera. Sin partidos, no hay democracia. Mejoremos su funcionamiento, hagámoslos abiertos, transparentes, pero no hay otra mejor via de participación en democracia, insisto

 

-         …creo que la tortilla estaba un poco salada.

 

Tener una opinión es difícil. Darle solvencia, un plus. Defenderla asertivamente, una disciplina olímpica. Hacerlo todos los días, aunque fuera desde el más rotundo error, es subirse el Himalaya en chanclas de la playa. Así que un respeto, oiga.