Elogio y refutación del pascuero

Elogio (por @lamalagamoderna)

No sé si fue Sarte, Camús o algún otro mago del humor quien afirmaba que la civilización era un flan, mientras que una pieza de fruta era la molicie, dando a entender que la belleza surgía del homo faber y no de lo que espontáneamente surge de la naturaleza. Con esa desviada premisa, habrá quién prefiera basar la decoración navideña en una bola de cristal sueco con un dibujo artesanal de San Nicolás a un pascuero, ejemplo de hermosura simple, que, junto a los anuncios de turrón El Almendro, nos indican la llegada de la Navidad, así como su final, ya que no se conoce maceta que sobreviva más allá del día de Reyes.

Si El Niño Jesús nació en un portal, lejos de artificios y galanuras, el verdadero espíritu de la Navidad está en la Poinsetia. No he visto a nadie que vaya triste por la calle con su pascuero, bien en celofán, bien recién expoliado de algún arriate municipal, planta que, además, exige pocos cuidados, ya que hagas lo que hagas, se te va a secar aunque le coloques un botánico de guardia. Belleza, alegría y economía: la felicidad viste de rojo.

Refutación (por @salva_mendez_p)

Ningún ser vivo u objeto del universo tiene autorización para ostentar el color “rojo Valentino” a excepción de un vestido del propio Garavani. Esto debería ser razón suficiente para exterminar la Euphorbia pulchérrima y liberar la Navidad de  esta execrable plaga vegetal. Su absurda y pretenciosa languidez convierte cualquier rincón del hogar en un trozo de rotonda urbana, cualquier ventana en un escaparate de perfumería, cualquier mueble en un expositor de bolsos. Pero si a pesar de todo sus cuñados le regalan un rotundo ejemplar de pascuero -me duele hasta escribir esta palabra-,  usted se verá obligado a exhibirlo en su casa.

¡Pero hombre de Dios, quítele ese maldito celofán!