Elogio del actual estado de la ciudad

Relean la prensa oficial, que nos coloca ante los ojos el prodigio de una Málaga universal y cosmopolita, objeto de deseo de turistas y visitantes, destino de emprendedores y ociosos, gastrónomos y mentes cultivadas deseosas de empaparse de arte. Marquen en el mapa sus hitos y verán que limita al este con el Muelle Uno, al oeste con CAC, al sur con la Noria y al Norte con la Casa Natal de Picasso. Cierren esos puntos con un círculo, y ahí tienen el Parque Temático de Málaga,  que proporciona una experiencia casi real a nuestros visitantes, en la que nos paseamos como figurantes y a la que sólo le falta una cabalgata a las cinco y un fin de fiesta al caer la noche para ser de facto la Disneylandia del Sur de Europa.

Demos gracias. Esa pujante Disneylandia, ese San Marino tan estrechito, es el motor económico de la ciudad. Chitón.

Extramuros de esa línea de rotulador, la ciudad real, que nos reconcilia con nuestra condición de ciudadanos, como los figurantes de las películas en el desierto de Tabernas,que todavía vestidos de indios o de cuatreros, se echaban un chato de vino en el Bar Los Cuñados.

Esa ciudad real, sucia, abandonada, es nuestra ciudad. La del Guadalmedina con las nubes de mosquitos y la cochambre a la vista; la de Calle Victoria como embudo de hollín y ruido; la del Perchel de adoquín cercado por edificios nuevos y feos, con una fealdad que sorprende y asusta; la de la Trinidad convertida en Scalextric; la de Ciudad Jardín parcheada.

Lo que creemos que es dejadez e indolencia del alcalde es – y hay que decirlo –  la mayor genialidad de sus mandatos: preservar una Málaga real con todas sus fuerzas y empeño, que nos permita no perder de vista lo que somos, que no nos cieguen las referencias del New York Times, y bañarnos de realidad todos los días.

Por eso, cada vez que veo a algún turista despistado que intenta subir los escalones del puente que comunica el CAC con Calle Salitre, lo amonesto severamente. “No, oiga, no. Por ahí no se puede pasar. Dé usted la vuelta y no mire hacia atrás. A partir de ese punto, sólo hay cochambre y vida: nada de su interés”.

Y en eso hay que ser inflexible, no vaya a ser que tengamos un disgusto y nos encontremos a unos noruegos comiendo en el Hermanos Padilla de La Luz y les guste.