El Ofensor del Lector

Al principio creímos que se trataba de un bebé abandonado en la puerta de nuestras lujosas oficinas, que alguien hubiera confundido con la Inclusa. Pero descubrimos que pedía gintonics, tabaco y la palabra. Esto último nos desconcertó y decidimos acogerlo en nuestro seno.

Esa  es la tópica actitud de película americana en la que alguien escucha un ruido de cristales rotos en su casa, de madrugada, y en lugar de llamar a la policía, coge un pollo de goma – o algún objeto igualmente inútil pero menos divertido –  y decide bajar a ver que ha ocurrido. Normalmente acaba asesinado, descuartizado, suscrito al Círculo de Lectores, apuntado a un gimnasio o comprando algo de la Teletienda. Pues más o menos lo mismo.

Sabemos que nos arrepentiremos profundamente de esta decisión, y que él hará lo posible y lo imposible para ello, pero desde hoy contamos con la superflua y prescindible opinión de @capitan_ahab, que dispondrá de sección propia (“El Ofensor del lector”, que nadie se lleve a engaño y no digan que no avisamos), bajo su estricta responsabilidad pero con el pasmo garantizado del Comité de Conducta de TheChestertones si continua con su habitual comportamiento. Y nada indica que, a estas alturas, vaya a cambiar.

Pasamos a transcribir, su presentación.

Con todos ustedes, @capitan_ahab, el flamante Ofensor del Lector.

Y que Dios se apiade de nosotros.

Julian

El ofensor del lector.

Hasta el momento, en este blog lo único que se podía encontrar era buen gusto, buenos textos, pulcra edición, buenos modales y buena educación. Una mierda intolerable. “Y Lot les dijo: Oh, así no, mi Señor.” (Gn 19,18) Pero no sufran más, ya estoy yo aquí para arreglar este desvarío. A partir de ahora, desde esta sección, trataré de ofender imperdonablemente su buen gusto, su pudor, sus creencias, su inteligencia y si fuera necesario incluso a su santa madre, y lo haré además de una forma absolutamente gratuita, destemplada, inapropiada e injustificable. “Bendito sea aquel cuya transgresión es perdonada, cuyo pecado es cubierto”. (Salmo 32).

Y puede que no sea una tarea fácil esto de indisponerle de las meninges, pero, sin pecar de inmodestia, puedo decir que no me faltan numerosos testimonios de prestigio avalando mi absoluta falta de clase y pudor, lo sumamente vulgar y escatológico de mis comentarios, lo traído por los pelos de toda mi argumentación y lo gratuita y facilona que resulta mi grosería. Afronto pues el reto con la confianza que me da mi trayectoria. Pero no puedo dejar de señalar, sin embargo, que no me embarco en esta tontería solo por pura maldad y chabacanería; me resulta en todo modo necesario, obligado y hasta vital evitar también que una legión de lectores de este mejunje sentimentaloide se vuelvan medio gilipollas con tanta pamplina chestertoniana y astringente, y acaben vagando como idiotas por toda la ciudad pertrechados con un libro de poesía y unas ridículas gafas de pasta, acabando con toda seguridad algún majadero, ensimismado de poesía, estampado brutalmente contra mi capó. Y eso sería sin duda terrible, no teniendo al día el seguro, y siendo en el banco persona non grata con perspectiva negativa.

Y para evitar un desastre así trataré, con toda mi falta de perseverancia, de mantenerles bien alejados de la funesta influencia de tanto baboseo tipo “puedo escribir los versos más tristes esta noche” y de tanta tontería de “ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda”, y les llevaré a beber de las fuentes verdaderas, aunque para ello les tenga que brumar las costillas. Y así, quieran o no, leeremos a Quevedo “No hay contento en esta vida \que se pueda comparar \al contento que es cagar.”, a Cervantes “Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo. – Si tengo –respondió Sancho-, mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca? -En que más que nunca hueles, y no a ámbar”, a Chandler “era una mujer cuatro tallas mayor por debajo de la cintura”, a Cela, a Wenceslao Fernández Flores y por supuesto la grandísima y capital e imprescindible obra de Kathleen Meyer, “Cómo cagar en el monte”.

Y todo ello lo haremos con tal falta de tacto, eufonía y decoro que espero que con toda seguridad borre de su mente cualquier resto del comistrajo erudito, vacuo y goteante de esta bucólica pandillita de eunucos malcriados. Todo ello, naturalmente, si Dios lo quiere y alguien no me ofrece antes más de los 100 chelines la pieza que me pagan estos míseros y lamentables vates. Va por ustedes.