Edith y Egon

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Se miró las manos, le dolían tanto los huesos que casi no podía ni coger el lápiz. El calor de la fiebre le nublaba los ojos. Ella estaba en la cama, rodeada de sábanas revueltas. Miró su cuerpo reteniendo las lineas principales de su postura. Intentó concentrarse en el silencio de la habitación para calmarse un poco. Miró el dibujo, paseó sus ojos por el espacio en blanco dentro de los contornos perfilados con el lápiz. La expresión de las líneas y la distancia precisa entre ellas dibujaban un terreno conocido. Con un par de lineas el lápiz comenzó a dividir la geografia. Todo encajaba, dibujaba un mapa que conocía bien, la cara de su mujer. Un mapa destinado a desaparecer -pensó- como el del imperio en el que había nacido, ahora solo una bandera hecha jirones sucios, despedazada en las mil batallas perdidas.

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El pelo pelirrojo de Edith siempre le recordó al de su hermana, quizá por eso se casó con ella. Había dibujado cientos de mujeres con la misma pasión y siempre comenzaba igual. Una suave línea como el nacimiento del pelo, después tanteaba con la punta del lápiz el lugar donde iba a dibujar la ceja, después el ojo, la nariz, la boca, la barbilla… Era un rito desde que utilizaba a su hermana, menor de edad, como modelo. Primero era como un juego en el despertar de la sexualidad, después se convirtió en una obsesión morbosa. Le gustaba dibujar niñas, como un mirón desnudaba su inocencia mientras ellas no se daban cuenta. Le gustaba ir engañándolas lentamente para que fueran levantando, cada vez un poco más, sus faldas hasta dejar al descubierto lo que él quería dibujar. Eso le excitaba, saltarse las barreras, dibujar lo prohibido, llegar un poco más allá en cada dibujo.

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Edith… Pronuncia su nombre y ella no se mueve. ¡Edith!… Levanta un poco más la voz y ella no contesta. ¡¡Edith!!… Grita hasta que el dolor se hace insoportale, pero ella sigue sin contestar. Empieza a toser por el esfuerzo. Siente el ahogo, el sabor a hierro de la sangre subiendo por la garganta. El dolor le hace recordar lo ocurrido unas horas antes, cuando ella lo abandonó. Se vuelve a sentir como un voyeur, dibujando a una mujer, distraida en su inocencia, que no se da cuenta de que unos ojos la observan. Quiere levantar las sábanas para dibujarla desnuda, pero la frontera de su conciencia, que tantas veces ha abierto, se cierra ante la posibilidad de que se enfríe el cuerpo muerto.

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Conforme el grafito perfila el rostro de su mujer sobre el blanco del papel va teniendo la certeza de no poder escapar del destino. Sobrevivieron a la guerra pero ahora está seguro que no sobrevivirán a lo que viene. Nunca se habían enfrentado a nada igual. La guerra -con sus balas y bombas- demolió todo lo que tenían y eran; ahora sin nada, algo tan pequeño, casi invisible iba a acabar con sus vidas. No quiere llamar a nadie, ni tampoco tiene a quien llamar. Primero habían muerto sus amigos; ahora Edith, lo único que lo unía al mundo. Está derrotado, abandonado, no le consuela ni su gloria como el mejor pintor de Viena. Solo sabe hacer una cosa y eso es lo que le queda por hacer, hasta que se le agoten las fuerzas. Arranca la hoja en la que estaba dibujando y empieza en otra, como ha hecho toda su vida. El nacimiento del pelo, la ceja, el ojo… Cada línea tiene un sentido, reducida su mínima expresión pero con el máximo significado. La frustración es cada vez mayor; había visto morir al viejo mundo pero no le quedaba tiempo para ver nacer al nuevo que había ayudado a crear.

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