Dos desconocidos.

3167833417_34dda71ff2_zNo sé muy bien por qué terminé hablando con aquel tipo enorme que no me dijo su nombre. Tal vez me lo presentó alguien, o sencillamente yo estaba allí justo a tiempo para escuchar su historia. Siempre me fascinan esas personas que están dispuestas a revelar a un desconocido el secreto de su éxito en los negocios, la clave para conquistar veinteañeras o el ingrediente secreto de su exquisito soufflé. Este era uno de esos casos.

-Aquí donde me ve tengo cincuenta y cuatro  años, tres divorcios y dos quiebras a mis espaldas. Aproveche mi sabiduría amigo mío, sé cuanto hay que saber de la vida. 

No se me ocurría ninguna forma mejor de arruinar una noche de jazz. En el escenario un trío acústico con una cautivadora cantante revisitaba “It was a very good year” de Ervin Drake, mientras yo me disponía a recibir una “lección magistral” sobre todas las cosas.

-En los años gloriosos de la construcción gané muchísimo dinero especulando con pisos de lujo. Recorría toda la ciudad eligiendo los mejores rascacielos en construcción. Compraba sobre plano y vendía a los pocos meses con un suculento beneficio. Pero cuando realmente me forré fue cuando descubrí a “The Collins company”. Aquellos tipos sí que tenían clase construyendo; ya no se hacen edificios como aquellos. Compré un apartamento en la planta 34 de “The pinnacle” y lo revendí a los seis meses. Más tarde invertí los beneficios y todos mis ahorros en varios apartamentos de las torres “Paramount” que los Collins construyeron junto al parque central y… ¡bingo! De nuevo duplique mi inversión gracias a aquellos Irlandeses que parecían construir para que otros nos enriqueciéramos a su costa.

En condiciones normales ya habría utilizado alguna de mis más exquisitas evasivas para poner un final anticipado al monólogo pero algo me condenaba a resistir hasta el desenlace. Le ofrecí otra copa y continué escuchando.

-Los muy bastardos continuaban construyendo proyectos cada vez más impresionantes. Nadie cómo los Collins para elegir los mejores terrenos y erigir sobre ellos edificios exquisitos con todo tipo de comodidades; aparcacoches, conserje, piscina cubierta, club social. Una vez más lo aposté todo a la torre “Summit” que erigieron  en la avenida que corre paralela al río. Las mejores vistas de la ciudad. En esta ocasión compré dos de los cuatro áticos y dos apartamentos en la planta treinta. Me instalé en uno de los áticos para gestionar mis inversiones desde allí.     

-Magnífica elección – apostillé para darle la oportunidad de respirar.

-Nada de eso, amigo mío. La demanda empezó a decaer y los precios a desinflarse. Tan sólo puede revender uno de los cuatro apartamentos y no recuperé ni el precio de compra. Las hipotecas se hicieron insoportables y el banco embargó todo cuanto tenía. ¡Maldigo a esos Collins, irlandeses de ego inflado que me llevaron a la ruina! Aquellos extravagantes edificios de exquisitos materiales me hicieron perder el juicio y todo cuanto tenía. 

-Lamento mucho lo que le ocurrió pero no acierto a ver que responsabilidad pudieron tener los Collins en su desgracia. 

-Mi querido amigo, cuanto tiene usted que aprender. de la vida. Además, no creo que entienda usted nada de este negocio. ¿a qué me dijo que se dedicaba?  

-Mi nombre es Paul Collins y soy promotor inmobiliario. 

En el escenario la cantante saboreaba cada palabra de la maravillosa “How Insensitive” de Antonio Carlos Jobim. Nunca hubiera podido escoger una canción más oportuna.