Devolver la visita: Córdoba

Cordoba Mezquita

 

 

Eso de ser destino receptor de turismo es un término que está muy bien, pero no hace distingos. Que la Costa del Sol sea uno de los destinos preferidos para el turista nacional está estupendo, pero también parece demasiado genérico. Es como si a los clientes habituales de una cafetería, en la que los camareros conocen al dedillo sus costumbres y hábitos ( el café, sombra doble, templado y con sacarina, el pitufo de zurrapa, poco tostado, un vasito de agua y el Marca, si está a mano) no hubieran tenido la cortesía de saber cómo se llama el parroquiano, para,  por lo menos, saludarlo y despedirlo por su nombre.

Me parece descortés englobar en este título de turismo nacional a los ciudadanos de la bella Córdoba que no sólo nos visitan, sino que habitan entre nosotros con tanta fidelidad y entrega que, según cuentan, en agosto, se vende más el Diario de Córdoba en Fuengirola que en la propia Ciudad Califal. Sea verdad o exceso, la presencia de cordobeses en la Costa del Sol es patente y extraordinariamente agradable. Es un turismo familiar y rumboso, que gusta de trasladar al borde del mar sus hábitos de salir y entrar, haciendo suyo el chiringuito como prolongación de la barra de la tasquita en la que sienta sus reales la tertulia el resto de los meses de año, declarándose convictos y confesos apasionados de esa que fue gastronomía nímia y marenga  que es el pescaito frito.

Porque Córdoba, pasando el mes de Mayo, apunta a plomo hirviendo y cumple en la diana. Recuerdo tres días en los finales del mes de Julio en esa ciudad que me llevaron a hacer el sagrado juramento de no volver a quejarme del más cruel terral que en Málaga sufriera. En esas condiciones, puede que cualquier costa sirva como trinchera, pero sea por el motivo que fuera, nos premian con su visita y como amigos son bienvenidos.

Pero ya es hora de devolver la visita.

La excusa del calor tiene fecha de caducidad, y con una autovía que sirve para maestrear el metro de platino iridiado del Museo de Pesas y Medidas de Paris y una excelente conexión ferroviaria ( que en menos de una hora, de puerta a puerta, y con distintas tarifas), no hacer una visita a Córdoba es más que un pecado: es una descortesía.

Siempre monumental, cada día más bella y cuidada, permite enlazar el paseo pausado con una gastronomía pujante que no pisa la tradicional, sino que la complementa ( ahí está el ejemplo de Choco, unido material e inexorablemente a su bar antecesor, y sin que el que suscribe pueda distinguir dónde disfrutó más), y en las que, como corresponde a quien es orgulloso con motivo de lo suyo, disponen y se ofrecen los vinos de la tierra.

Con iniciativas ciudadanas extraordinarias ( como los Paseos Urbanos que @MarianoAguayo nos ha relatado amablemente por twitter ) y sus tradiciones remozadas, como los Patios, aderezada este año con su puntito de polémica, puedo asegurarles que en tan pocas ocasiones un viaje tan corto en el espacio les va a proporcionar un disfrute tan largo en el tiempo.

Hay que darse un saltito a Córdoba.

En cuanto refresque.