Desafectos, huérfanos y estados intermedios de la opinión

George Ferguson

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Venía escuchando en Onda Cero a Jose María Fidalgo, tertuliano habitual,
acompañado de dos pasajeros que representan, con bastante nitidez, los
extremos que el secular hooliganismo ideológico de este país nos presenta
en bandeja en todas las cuestiones sobre las que se pueda hablar. Desde el
papel de la Corona hasta la elección el pregonero de la Feria, cualquier asunto
por nimio que sea se analiza desde posiciones absolutamente irreductibles
y antagónicas, bajo el velo que en la razonabilidad y el entendimiento pone
una ofuscación extraña en personas que, por lo común, se rigen precisamente
por planteamientos razonables. Es un caso parecido al de los efectos que
las convocatorias de juntas de propietarios provoca en los individuos que
las integran, y en las que bondadosas ancianas, Premios Nobel de la Paz y
misioneros en Nigeria serían capaces de pasar por la quilla de un barco al
vecino que montó una fiesta en el tercero derecha o a la vecina que una vez
usó tacones en el interior de su domicilio.

Sobre la intervención de Fidalgo, las opiniones que escuchaba, ora a la
izquierda, ora a la derecha, eran tan dispares como los destinos de dos canicas
tiradas en un tejado a dos aguas y con idéntica posibilidad de encontrarse,
lo que me situaba en la incómoda posición de defender la mesura, dando
razones que convencían, alternativamente, al cincuenta por ciento de la tertulia,
y consiguiendo que ambos me miraran con una cierta condescendencia,
entendiendo que si no le daba la razón era porque no estaba suficientemente
informado.

Parece, por ello, que tener una opinión que no se estabule en los dogmas
de un bando o del otro, supone que uno usa un argumento a medio cocer,
como un estornudo pendiente o un estado intermedio, necesitado de muletillas
estimulantes. Si uno no está de acuerdo con las propuestas literales de la
dación en pago como remedio a las ejecuciones hipotecarias, la advertencia de
ser cómplice de asesinatos debe ser un argumento para salir de esa orfandad
ideológica. Si consideras que los cargos electos son cargos públicos si, pero no
para que les paguen los masters que los demás ciudadanos nos pagamos de
nuestro bolsillo, pasados desmanes debe ser la espuela que me lleve a salir de
esa incómoda indefinición, un argumento de fuerza, un empujón definitivo.

Mi único consuelo: cada vez veo, oigo y leo a más gente en esta ciudad, en
esta comunidad y en este país con ganas de colocarse unos pantalones rojos.
Puede que en ese momento nos empecemos a dar cuenta de que no estamos
tan solos.