De lo humano y del vino

Un viaje se compone de caminos, lugares, momentos y personas, al menos este viajero lo entiende así. La cuestión es gozar intensamente de cada uno de estos elementos o simplemente ir, visitar y regresar.  Cuando el camino es conversación y universidad, los lugares escenarios de momentos embriagadores y las personas generosos maestros, nada más se puede pedir. Emprender un largo viaje en coche es una apuesta por disfrutar de la ruta y la compañía. Los kilómetros y las horas pasan rápido cuando se llenan de grandes historias. El viajero no quisiera llegar al destino sino seguir aprendiendo de las vivencias apasionantes de sus compañeros. Momentos de otras vidas que tomar prestados e incorporarlos como si fueran propios.

En el destino esperan encuentros y experiencias inimaginables. El maestro enólogo que creó para grandes bodegas vinos aclamados mundialmente hoy vive despacio amando pocas hectáreas y barricas. “No es necesario palacio para hacer un gran vino”, nos dice. Recorremos la modesta bodega sintiendo que asistimos a la gestación de una gran obra. Al escuchar las virtuosas explicaciones el viajero trata de comprender la complejidad de un oficio en el que operan arte, ciencia amor y magia. El maestro nos habla de la tierra con devoción. “Nada que haga el hombre le da al vino tanto como la tierra”.

Acompañados por el maestro cambiamos de escenario y viajamos unos kilómetros . “Antes uvas que cubas” solía ser el lema de una familia que durante cuatro generaciones proveyó uvas de calidad a la bodega más prestigiosa del país.  En los ochenta Don Luis rompe con la tradición y decide adquirir “cubas para sus uvas” creando así una bodega modélica. Visitamos la sala de barricas de la mano de la orgullosa enóloga que este año trasiega su primer gran reserva especial 2001. Nos conduce hasta una angosta puerta que al abrirse descubre el jardín que su madre ha creado pacientemente durante décadas. El viajero se embriaga por segunda vez; quisiera tener la elocuencia precisa para describir la exquisita mixtura de pinos, chopos, encinas, rosales, hortensias, fuentes entre setos de boj… todo dispuesto por la sobria generosidad de la de  una gran dama castellana.

Refugiados del rigor de la tarde bajo una pérgola arbórea se nos van las horas escuchando absortos a quienes consagran su vida al vino. Nos hablan de sus añadas y sus cosechas; de las buenas y de las que enseñan. La conversación se ilustra con botellas abiertas con el corazón que bebemos con el alma. Los enólogos catan los vinos del otro y no dicen nada; cruzan sus miradas y se sonríen cómplices como si fuera más que suficiente. El bodeguero aparece acunando un objeto entre sus manos; una botella ánfora con letras doradas y corcho lacrado; su Gran Reserva Especial. -”No lo decantes!” -dice el enólogo-. “Decantar un vino es desnudar a una mujer desgarrándole la ropa”, -añade-. Nada que objetar. Nos sirven en copas nuevas y todos esperamos un gesto del maestro para saber cuando el vino de 2001 ya se ha despojado de lo innecesario mostrando su gloriosa y rotunda desnudez. Indescriptible.

En el camino de regreso un compañero de viaje evoca a Jorge Guillén; “el mundo está bien hecho”. Un sólo día nos ofrece incontables oportunidades para refutar al poeta, y el siguiente nos demuestra abrumadoramente que el verso es incontestable. Quizá la vida sea un viaje a través de los días para llegar hasta algunos instantes como este.