Cuando llegamos a una ciudad nos gusta mezclarnos con su gente

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No me gusta dejar las ventanas abiertas cuando abandono la habitación.

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Me paso días mirando y leyendo guias para olvidarme de todo en cuanto salgo por la puerta.

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Cuando llegamos a una ciudad nos gusta mezclarnos con su gente.

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En este punto no sé que camino tomar. Creo que por el que voy está bien, pero el otro puede estar mejor. Siempre tendré la sensación que elegí el peor camino. Por eso vuelvo mil y una veces a los mismos cruces.

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En esta ciudad hay muchas princesas azules, ellas se tatuaron los nombres de sus príncipes para no olvidarlos. De eso hace ya tanto tiempo que, de lo que se olvidaron, fue cómo se leen los nombres.

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Me gusta como andan. Pisando sobre sus tacones. Tacón, punta, cimbreo y las faldas rozando sus muslos. Parece que no se acuerdan de como dar el siguiente paso, eso es lo que me atrae, ese momento en el que el cuerpo no sabe que hacer para recordarlo rápidamente.

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Intento no volver por donde he venido y cuando llego pienso en lo que voy a hacer mañana, en los reflejos que he dejado escapar. Mañana volveré a por ellos. Solo paseo para mirar la ciudad reflejada en los cristales, cada día una distinta sin salir de la misma.