Papafritismo

La llamada

Supongo que algún experto en comunicación aconsejó a mi interlocutor que, en estos tiempos en los que tan difícil es atrapar la atención con una llamada, había que hacer que ésta fuera impactante. Y nada impacta más que un teléfono sonando a las seis de la mañana. A esas horas, no piensa uno que sea aquel lechero cuyo timbrazo anunciaba el plácido y previsible aburrimiento de la democracia, sino que pasa lista de damnificados: hijas, padres, hermanos, asesora fiscal… Es claro que no es para ofrecerme el Pregón del Carnaval, pues en la lista de méritos antes de antecede un maniquí de El Corte Inglés, ni para el de Semana Santa, por evidente falta de trapío. En la pantalla un teléfono de Reino Unido insiste y apremia. ¿Será que el proceso de selección para cargos en la Junta se ha externalizado tanto? ¿Será, por fin, mi nombramiento para la Dirección General del Chicle? Me atuso el pelo, me ajusto el cuello del pijama para la ocasión y contesto con el mejor inglés que tengo, suficiente según mis hijas para guardar un estricto silencio.

Al otro lado de la línea, allí donde el Brexit, una voz masculina que intenta sobresalir entre el ruido de call center me indica que mi ordenador está poseído por un peligroso virus. Poseso perdido. Que no voy a poder acceder a él salvo que pague mil libras de vellón y que perderé de forma irremisible toda la información que en el mismo se encuentra. Durante unos segundos me lamento de que, incluso en el crimen, se hayan perdido las formas y que la estafa ya sea una especie de actividad industrial, que lo mismo te ofrecen unos megas que no hay, que tarifas que tampoco o que virus que qué. Estuve tentado de indicarle a mi interlocutor que en mis tiempos las cosas no se hacían así, exigiendo un cierto cortejo del estafador al estafado, una adulación intelectual, un baile, un juego, un algo más que ir directo al grano, perdiéndome en una nostálgica rememoranza de aquellos buenos y viejos tiempos, y prendiendo una vela en el altar de mi memoria a los mejores estafadores que había conocido y a los más destacados que había sufrido. Y estuve tentado de hacerlo con esa dicción, socarrona, impactante, teatral y musicalmente impecable con la que hablan los diputados ingleses en la Cámara de los Comunes, dando a mi interlocutor de su propia medicina. Hube de recomponer mis intenciones, ajustando el deseo a lo posible de mi inglés nivelmediohabladoyescrito, y acabé despachando un “Sorry, dude: I’have no personal computer neither laptop, and if you are lookin’ for troubles, you are in the right way” (nunca agradeceremos lo suficiente el auxilio prestado por los escribillos de las canciones para superar el espíritu de la escalera en discursos políglotas).

Al oir la bravata, simplemente colgó. Supongo – o espero – descorazonado por haber acabado llamando al último ser humano de la Europa Occidental que no tiene un mísero PC que pudiera ser contaminado, y con una crisis de vocación en su prometedora carrera de estafador a distancia. Supongo que esta tarde, a la hora de emborracharse, se quedará taciturno en la barra mientras sus colegas celebran sus mejores hazañas.

Estoy por llamarlo y pedirle que venga, que era broma, que me haga una oferta y a ver qué podemos hacer. A ver si se le pasa el disgusto.

 

Vuelve Gila.

Por situar la cuestión, el pasado domingo noche, en el programa “Liarla Pardo”, emitido por La Sexta, la reportera se desplazaba a Marinaleda a buscar a los cuarenta y cuatro vecinos que en las pasadas elecciones autonómicas habían votado a VOX. “Vamos a señalar a los 44 votantes de @vox_es en un pueblo como Marinaleda, y a difundirlo en un medio de comunicación”, se refería en redes sociales y, por lo que pudo verse en el programa, a los damnificados no les debía llegar la camisa al cuerpo. “Aquí podría vivir un votante de Vox”, informa. Y hasta la puerta del supuesto votante de Vox se desplaza la periodista con el cámara para tratar de poner voz y rostro a uno de esos votantes. Sólo hubiera faltado que llegaran desde el desvío de Estepa con un megáfono locutando “Señora, ha llegado a su localidad el localizador de votantes de VOX…” por ir creando expectación en un pueblo con ambientillo de parque temático de la Rumanía de Ceaucescu.

Asistamos a este descenso a los infiernos que está significando la posmodernidad, en el que los elementales derechos indiscutibles se van poniendo en fila como bolos ( ayer la presunción de inocencia, hoy el sufragio universal libre y secreto, mañana ya veremos ) para írselos tirando a otros, siempre a otros, al albur del vociferío,  y enmendado la plana a la Declaración de Derechos Humanos de los Demás, porque siempre hay una excusa que coloca en un escalón a mi derecho frente al tuyo, un embudo democrático y virtuoso.

Hoy, la responsable del programa y posteriori a su emisión, ha dejado dicho que el reportaje fue desafortunado y ha pedido disculpas, levantando una ola de solidaridad y comprensión. “Oye, que ha pedido disculpas”. Ah, estupendo.

Mientras, a Paco, el de la tienda de comestibles de Calle San Pedro, ya le habrán contado el chiste de Gila actualizado. “Pues si no te gustan las purgas, vete del pueblo”.

Lo turístico

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Si uno lee la prensa – ejercicio de excentricidad – con detalle – excentricidad que ronda sospechosamente la locura – y más allá de los titulares de impulso institucional, cubiertos bajo el aspecto de noticias para que el pie de artículo no quede afeado con un “Remitido” o “Publirreportaje”, observará que empieza a escribirse – acto posterior a percibirse, pensarse y a hablarse – no sólo con escepticismo sino con indisimulada alarma sobre el turismo como elemento de depredación, como una mancha de chapapote que inexorablemente va ocupando espacios y recursos de la ciudad.

A cambio de esa tenaz expansión, nos deja – o dicen que deja,  que  tampoco se sabe a ciencia cierta siquiera si llegan a aportarlos –  lo que se podrían calificar como “calorías” económicas de consumo rápido, beneficios muy localizados, cuyo engorde va a los michelines de la inmobiliaria, la hostelería de depredación y las tiendas de imanes para neveras.

De poco sirve ver los ejemplos de otras ciudades ( Barcelona, Valencia, Granada o Venecia en lo malo; San Sebastián en lo bueno), y si se habla del turismo sin hacerlo con el pecho henchido de orgullo, si acaso asoma un leve “pero”, no hay duda de que le colocan el código de barras del “reventaor”: Tú lo que quieres es que haya miseria y paro.

Y ahí te dejan clavado en la esquina, meditando sobre si tus hijas no tendrán que ejercer de cerilleras si se te ocurre decir que este modelo de explotación turística es una mierda, que no extiende tanto sus efectos económicos, que no sabemos que cuesta, ha costado y costará hacer y mantener este parque temático, y qué nos cuesta a los que vivimos la ciudad hacer del monocultivo turístico intensivo el único altar al que pedir salud y pan.

¿Saben cual es mi miedo? Que ya no sepan cómo pararlo. Que me pongan cara de maquinista del tren descontrolado, se encojan de hombros y digan eso de “Bueno, y ahora ¿qué podríamos hacer, ahora que hemos ahormado la ciudad para ese turista de quita y pon, que completa la cartilla de los museos en una mañana, se cena su Paellador a las 18.00 y sueña con lo bonita que es Granada, la ciudad en la que nació Picasso, con su bella Mezquita Catedral?”.

Esa mentalidad de copo, de echar la red y arramblar con todo lo que haya hoy, que ya mañana peche el que venga, es injusta pero humana. Y tenemos unas administraciones tan cercanas que, incluso, se contagian de nuestras más bajas pasiones.

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Leo, con el escepticismo que los años me ha pegado como brea, que el turismo ha generado ingresos por valor de 1.300 millones de euros, no recuerdo ya si en Málaga o en su provincia; y la noticia continúa desgranando datos de crecimiento constante, de mejores expectativas, de plena satisfacción de visitantes y de próximas aperturas de establecimientos al albur de tan buenos augurios. Por otra parte, leo las cifras de empleo, me indican las precariedades del sector turístico – por empleados y por empresarios – y me siento como el inocente al que le llega un spam por correo electrónico en el que le indican que ha resultado agraciado con un premio en metálico de la lotería de Microsoft, con la cara de Bill Gates sonriendo, cuando comprueba que tal premio no existe.

Si es así, resultará que el turismo es una especie de espigueo, en el que las migajas de beneficio – entendido en su más amplia acepción – quedan para pocos, algunos ni siquiera locales, y que, por el contrario genera una dependencia casi de monocultivo, una especie de remolacha azucarera que ata a la tierra y cuyo sostenimiento solo es posible a base de ayudas o sacrificios.

Así, hoteles llenos, polígonos industriales vacios, un Parque Tecnológico al que sólo le falta que afloren los carteles en caracteres chinos de todo a cien y mucha foto en la escalinata del ayuntamiento para eventos tech, con la posibilidad de que la próxima haya que hacerla en la grada de La Rosaleda para que aparezca todos “los que están”.

Me imagino una Málaga en la que “los que son” aprovechen las conexiones aéreas para trabajar entre Londres, Berlín y Guadalmar, dando otra versión del binomio sol y playa, dando otra visión a las aceleradoras, viveros, semilleros y demás retórica de cubrir el expediente. ¿No hay espacios? ¿No hay ambiente? ¿No hay quien ya lo hace?. Me imagino una Málaga, una Costa del Sol presente, no en Fitur, sino en FiTech.

Y me saca de la ensoñación una amable chica que, a las 11 de la mañana, ya me ofrece un folleto para tomar tapas en inglés. Y pescaito. También en inglés.

Dos versiones de F. Nicolás

Noviembre 2013. “Es un joven encantador; trabajador, talentoso, con don de gentes, el yerno que todos los padres desearíamos. Pese a su juventud, y gracias a su esfuerzo y habilidad, ha logrado codearse con las más altas esferas de la sociedad e intervenir en asuntos de capital importancia. Entidades como Casa Real, Vicepresidencia del Gobierno,CNI y CEOE -por citar sólo algunas- recurrimos a él para llevar a cabo misiones discretas y delicadas. España necesita jóvenes líderes como él en los más altos puestos del Estado.”  

Noviembre 2014. “Yo sólo le saludé una vez -justo la de la foto- pero su diagnóstico clínico es clarísimo; trastorno delirante megalomaniaco. Eso sí, su enfermedad no le exime a ese niñato de ser un traidor a la patria, un estafador, un embaucador, un caradura y mil cosas más. Esta España que tanto nos ha costado sacar adelante es un país más seguro con tipejos así fuera de circulación. Sólo deseo que se pudra en el psiquiátrico o en la cárcel.”

Nota del autor: Ambas versiones de la descripción de Francisco Nicolás Gómez por por parte de un alto cargo del Gobierno son ficticias. La probabilidad de que alguna o ambas descripciones pueda coincidir con la realidad queda en manos del lector. Sí, de usted.