Papafritismo

Lo turístico

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Si uno lee la prensa – ejercicio de excentricidad – con detalle – excentricidad que ronda sospechosamente la locura – y más allá de los titulares de impulso institucional, cubiertos bajo el aspecto de noticias para que el pie de artículo no quede afeado con un “Remitido” o “Publirreportaje”, observará que empieza a escribirse – acto posterior a percibirse, pensarse y a hablarse – no sólo con escepticismo sino con indisimulada alarma sobre el turismo como elemento de depredación, como una mancha de chapapote que inexorablemente va ocupando espacios y recursos de la ciudad.

A cambio de esa tenaz expansión, nos deja – o dicen que deja,  que  tampoco se sabe a ciencia cierta siquiera si llegan a aportarlos –  lo que se podrían calificar como “calorías” económicas de consumo rápido, beneficios muy localizados, cuyo engorde va a los michelines de la inmobiliaria, la hostelería de depredación y las tiendas de imanes para neveras.

De poco sirve ver los ejemplos de otras ciudades ( Barcelona, Valencia, Granada o Venecia en lo malo; San Sebastián en lo bueno), y si se habla del turismo sin hacerlo con el pecho henchido de orgullo, si acaso asoma un leve “pero”, no hay duda de que le colocan el código de barras del “reventaor”: Tú lo que quieres es que haya miseria y paro.

Y ahí te dejan clavado en la esquina, meditando sobre si tus hijas no tendrán que ejercer de cerilleras si se te ocurre decir que este modelo de explotación turística es una mierda, que no extiende tanto sus efectos económicos, que no sabemos que cuesta, ha costado y costará hacer y mantener este parque temático, y qué nos cuesta a los que vivimos la ciudad hacer del monocultivo turístico intensivo el único altar al que pedir salud y pan.

¿Saben cual es mi miedo? Que ya no sepan cómo pararlo. Que me pongan cara de maquinista del tren descontrolado, se encojan de hombros y digan eso de “Bueno, y ahora ¿qué podríamos hacer, ahora que hemos ahormado la ciudad para ese turista de quita y pon, que completa la cartilla de los museos en una mañana, se cena su Paellador a las 18.00 y sueña con lo bonita que es Granada, la ciudad en la que nació Picasso, con su bella Mezquita Catedral?”.

Esa mentalidad de copo, de echar la red y arramblar con todo lo que haya hoy, que ya mañana peche el que venga, es injusta pero humana. Y tenemos unas administraciones tan cercanas que, incluso, se contagian de nuestras más bajas pasiones.

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Leo, con el escepticismo que los años me ha pegado como brea, que el turismo ha generado ingresos por valor de 1.300 millones de euros, no recuerdo ya si en Málaga o en su provincia; y la noticia continúa desgranando datos de crecimiento constante, de mejores expectativas, de plena satisfacción de visitantes y de próximas aperturas de establecimientos al albur de tan buenos augurios. Por otra parte, leo las cifras de empleo, me indican las precariedades del sector turístico – por empleados y por empresarios – y me siento como el inocente al que le llega un spam por correo electrónico en el que le indican que ha resultado agraciado con un premio en metálico de la lotería de Microsoft, con la cara de Bill Gates sonriendo, cuando comprueba que tal premio no existe.

Si es así, resultará que el turismo es una especie de espigueo, en el que las migajas de beneficio – entendido en su más amplia acepción – quedan para pocos, algunos ni siquiera locales, y que, por el contrario genera una dependencia casi de monocultivo, una especie de remolacha azucarera que ata a la tierra y cuyo sostenimiento solo es posible a base de ayudas o sacrificios.

Así, hoteles llenos, polígonos industriales vacios, un Parque Tecnológico al que sólo le falta que afloren los carteles en caracteres chinos de todo a cien y mucha foto en la escalinata del ayuntamiento para eventos tech, con la posibilidad de que la próxima haya que hacerla en la grada de La Rosaleda para que aparezca todos “los que están”.

Me imagino una Málaga en la que “los que son” aprovechen las conexiones aéreas para trabajar entre Londres, Berlín y Guadalmar, dando otra versión del binomio sol y playa, dando otra visión a las aceleradoras, viveros, semilleros y demás retórica de cubrir el expediente. ¿No hay espacios? ¿No hay ambiente? ¿No hay quien ya lo hace?. Me imagino una Málaga, una Costa del Sol presente, no en Fitur, sino en FiTech.

Y me saca de la ensoñación una amable chica que, a las 11 de la mañana, ya me ofrece un folleto para tomar tapas en inglés. Y pescaito. También en inglés.

Dos versiones de F. Nicolás

Noviembre 2013. “Es un joven encantador; trabajador, talentoso, con don de gentes, el yerno que todos los padres desearíamos. Pese a su juventud, y gracias a su esfuerzo y habilidad, ha logrado codearse con las más altas esferas de la sociedad e intervenir en asuntos de capital importancia. Entidades como Casa Real, Vicepresidencia del Gobierno,CNI y CEOE -por citar sólo algunas- recurrimos a él para llevar a cabo misiones discretas y delicadas. España necesita jóvenes líderes como él en los más altos puestos del Estado.”  

Noviembre 2014. “Yo sólo le saludé una vez -justo la de la foto- pero su diagnóstico clínico es clarísimo; trastorno delirante megalomaniaco. Eso sí, su enfermedad no le exime a ese niñato de ser un traidor a la patria, un estafador, un embaucador, un caradura y mil cosas más. Esta España que tanto nos ha costado sacar adelante es un país más seguro con tipejos así fuera de circulación. Sólo deseo que se pudra en el psiquiátrico o en la cárcel.”

Nota del autor: Ambas versiones de la descripción de Francisco Nicolás Gómez por por parte de un alto cargo del Gobierno son ficticias. La probabilidad de que alguna o ambas descripciones pueda coincidir con la realidad queda en manos del lector. Sí, de usted.