Cambio de bandera

El roto

 

Como en los cafés antiguos se pedía tintero, pluma y papel, me he hecho la promesa de pedir “avíos de hablar”. Se acabaron las prisas, lo inmediato, el quedar a la espera de una contestación como el padrino que acaba de llevar la nota de un duelo al inmediato amanecer en las tapias del cementerio. Que se hable, para cuando encarte, sin retórica, sin hacer la frase redonda, sin buscar el hueco en la armadura, sin público, sin prisa, cuando toque.

Se acabó el “no me has contestado” porque, de viva voz, el silencio es la respuesta más elocuente. Se acabaron los malentendidos de pulso y pua, que quedan guardados en la memoria del teléfono y en la lista de la gran enciclopedia de la infamia antes de que se pueda haber dado una explicación. Arriba con ella.

Sin la prisa, sin los ciento que cuento cuarenta caracteres, un dia y te despiertas con ganas de cambiar de actitud. Fuera el rostro sombrío, el velo que lo empaña todo de negro, el comentario agrio, el hallar el fallo en el contrario, y se puede empezar a asumir que eres un don nadie chestertoniano, que representas “ esas cosas tan gozosas y terribles que los seres humanos tenemos en común: bienes sencillos y universales como la carne, el sueño o la cerveza, hechos irrevocables como la finitud, inclinaciones tan asombrosas a pesar de todo como la alegría y la risa” y tener la eternidad para para hacer y no para desaparecer. Un ratito de charla.

Y ahora se tiene tiempo para pedir todas las disculpas. Por la ofensa gratuita, por la envidia de quien tiene lo que deseas, por desear lo que no tienes, por esperar a sabiendas de que no vienes, por creerte mejor que el de enfrente, por hurtar una palabra amable, un gesto, una sonrisa, haciendo votos por la tranquilidad de la tertulia donde se te espera, y aprender a excusarte brevemente cuando toca el momento de la marcha. Ayudar sin reparo, amar el bien sin esperar sin esperar un gracias, y si llega, apreciarlo como una joya.

No toca examen de conciencia, ni hacer listas, ni tomar notas. Toca hacer el cambio de armario, rescatar la sonrisa y ponerla junto a la camisa blanca, esos vaqueros tan cómodos, los zapatos de dar pasos grandes y las ganas de lluvia. Y esperar que llueva. Cuando encarte.

Todo es mucho más sencillo.