Beber veneno

Tragando

 

 

 

“Beber veneno por licor suave”

Desmayarse, de Félix Lope de Vega.

 

 

El oficio de pesimista es de alto riesgo en los tiempos que corren. Pese a que la credibilidad de un político – de cualquiera, sin distingos de credo ni de altura en el escalafón – ya no está siquiera en entredicho, no creer las llamadas a la esperanza, la bonanza o la mejora coloca al escéptico en el bando de los cenizos, máxime cuando el optimismo se configura hoy en día como el más poderoso motor de la economía. La economía, según parece, hoy no se rige por acciones materiales, sino por estados de ánimo, de manera que si todos nos convencemos de que “la cosa” va bien, la cosa irá, necesariamente bien. Como decían en aquella película de Kevin Costner, “Campo de sueños”, “Si lo construyes, él vendrá”. Si decimos que todo va bien, todo irá bien.

 

¿Qué debemos hacer? Si no trasladamos nuestra visión más optimista, si no alabamos cuantos datos puedan interpretarse de forma positiva, si no atendemos a las visiones a corto, si expresamos nuestras dudas y temores – temores  y dudas propios, de nuestro propio futuro, del futuro de nuestros hijos – estamos alimentando la profecía autocumplida: no deseaste con suficiente empeño que las cosas mejoraran, no te alegraste de las mejorías que se te presentaban, y has conseguido que el sueño se esfume.

 

Por el contrario, no atender a los hechos, grandes y pequeños, no quedarte con la mirada perdida pensando qué va a pasar en dos, cinco o diez años, en qué va a cambiar lo que hasta ahora pensábamos que no cambiaría nunca salvo a mejor, es como pensar que el traslado al Ghetto de Varsovia es una simple medida por nuestra seguridad y que, en unos dias volveremos a casa, a nuestra vida cotidiana. De hecho, los Rossenthal ya han vuelto, porque salieron el otro dia todos juntos con sus maletas y no han retornado. No confiar en ello es desconfiar por desconfiar, ser la quinta columna de saboteadores que sólo conseguirán dinamitar con sus dudas el inicio de una recuperación indudable.

 

Debo, por tanto, entre otras y por el bien de mi patria, escuchar a Niño Becerra hablar de que, para salvar el futuro de las pensiones (¡de las pensiones, aquel último reducto!) debe desaparecer un 70% de la población perceptora y triplicar la productividad con un desprecio olímpico, y servirme una copa larga de veneno, a ver si con hielo, cardamomo, pimienta rosa, cáscara de lima, fresas de Lepe y una mata hierbabuena me pasa por licor suave.

 

Y dejar la botella en la mesa, para seguir leyendo la prensa.