Diego Ríos Padrón

Cruzando precipicios en dos saltos desde 1966.

Diez mil pasos

 

El pasillo del hospital tiene sus horas punta, convertido en un paseo marítimo por el que van transitando pacientes con percha, que parecieran coches de choque, personal sanitario y los de ruegos y preguntas, que somos los extras, dando animación a los enfermos y dudas a la plantilla. Unidos todos en un ecosistema extraño, al segundo dia dando las buenas tardes se puede acabar apadrinando a un recién nacido, pues el pasillo genera amistades de servicio militar, vividas intensamente pero que se borran cuando te dan “la blanca”.

Te notas viejo porque sorprende la juventud del personal y te acuerdas cuando tú también eras joven y miraban con sorpresa el desempeño de tu profesión, y te miras en el espejo del ser querido y encamado: ahora ya no es mi padre, sino mi abuelo; así corre el escalafón.

Cuando llaman a la puerta, nunca hay sorpresa, más allá de los horarios de dieta a pensión completa. Completamente centroeuropeos, toca cenar a las 19.30 y a las 20.00 a cavilar. En las madrugadas no falta un “Ay” lejano, ni los pasos de un fumador furtivo, ni un tirón en el lumbago, que extraña la rutina propia, la cama propia, la semana que viene tenemos que ir a ver colchones.

4.625 camas hospitalarias hay en Málaga. Públicas, privadas, mediopensionistas, pocas paradas. En cada cama, una historia, y a su lado, otra mayor: los con visitas, los sin visitas, permanentes u ocasionales. Ya nadie lleva flores, si acaso la prensa, flor de un dia, consuelo de horas muertas, leída y releída, por los siglos de los siglos. Amén. Los visitantes vamos, venimos, nos sentamos, nos levantamos; posiblemente para evitar que nos confundan con un enfermo y nos pongan una via, usamos la de escape.

Suena la pulsera de actividad de la doctora Sánchez, posiblemente indicando que ha hecho sus diez mil pasos de hospital.

 

Échame a mi la culpa de lo que pase.

 

Ruiz Espejo

El pasado lunes, el delegado del Gobierno Andaluz y secretario general del PSOE en la provincia, José Luis Ruiz Espejo dejó dicho en una entrevista “Si el PSOE perdiera la  alcaldía de nuevo sería un fracaso para Málaga”.

Y eso, sinceramente, me ha preocupado porque, como malagueño que soy, me veo en unos meses asumiendo una derrota para la que, a lo mejor, no estoy preparado. Me queda confiar en el buen trabajo que ha hecho el PSOE en la oposición, durante este cuatrienio y los anteriores desde 1995, en la esperanza de que en esta ocasión se va a ganar la alcaldía, y, ¡ojo! no faltan datos que lo auguran.

El PSOE en el ayuntamiento ha permitido una extraordinaria rotación, lo que supone que muchos ciudadanos han conocido a muchos portavoces de ese grupo, lo cuales es muy bueno. Da sensación de equipo, aunque es cierto que han ido pasando por allí previa su asignación a otras responsabilidades diferentes a tener que liderar la oposición en un ayuntamiento que es la séptima capital de España, que es una cosa muy cansada y con muy poco reconocimiento. Han pasado por La Casona como quien pasa por un fotocall, en espera de destino y ahí están; en sus cómodos y cortijeros despachos.

Otro punto a favor es que el último portavoz – al menos, hasta este momento – y candidato a la alcaldía, tomó la iniciativa y  ya se hizo imprimir abanicos para la Feria en los que se autocalificaba como Alcalde. Es cierto que la gente se preguntaba que por qué Dani Rovira se presentaba a las municipales o si eso era el merchandising de una nueva película, pero el impacto ahí está y quienes recuerden esa acción asociarán a que alguien con barba era alcalde o candidato a los Goya.

Es un buen principio. Todo sea porque el PSOE pueda recuperar la alcaldía y los malagueños nos libremos de un fracaso. O que nos libremos del PSOE y así, de paso, de un fracaso que ya dura más de veinte años.

 

Lo turístico

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Si uno lee la prensa – ejercicio de excentricidad – con detalle – excentricidad que ronda sospechosamente la locura – y más allá de los titulares de impulso institucional, cubiertos bajo el aspecto de noticias para que el pie de artículo no quede afeado con un “Remitido” o “Publirreportaje”, observará que empieza a escribirse – acto posterior a percibirse, pensarse y a hablarse – no sólo con escepticismo sino con indisimulada alarma sobre el turismo como elemento de depredación, como una mancha de chapapote que inexorablemente va ocupando espacios y recursos de la ciudad.

A cambio de esa tenaz expansión, nos deja – o dicen que deja,  que  tampoco se sabe a ciencia cierta siquiera si llegan a aportarlos –  lo que se podrían calificar como “calorías” económicas de consumo rápido, beneficios muy localizados, cuyo engorde va a los michelines de la inmobiliaria, la hostelería de depredación y las tiendas de imanes para neveras.

De poco sirve ver los ejemplos de otras ciudades ( Barcelona, Valencia, Granada o Venecia en lo malo; San Sebastián en lo bueno), y si se habla del turismo sin hacerlo con el pecho henchido de orgullo, si acaso asoma un leve “pero”, no hay duda de que le colocan el código de barras del “reventaor”: Tú lo que quieres es que haya miseria y paro.

Y ahí te dejan clavado en la esquina, meditando sobre si tus hijas no tendrán que ejercer de cerilleras si se te ocurre decir que este modelo de explotación turística es una mierda, que no extiende tanto sus efectos económicos, que no sabemos que cuesta, ha costado y costará hacer y mantener este parque temático, y qué nos cuesta a los que vivimos la ciudad hacer del monocultivo turístico intensivo el único altar al que pedir salud y pan.

¿Saben cual es mi miedo? Que ya no sepan cómo pararlo. Que me pongan cara de maquinista del tren descontrolado, se encojan de hombros y digan eso de “Bueno, y ahora ¿qué podríamos hacer, ahora que hemos ahormado la ciudad para ese turista de quita y pon, que completa la cartilla de los museos en una mañana, se cena su Paellador a las 18.00 y sueña con lo bonita que es Granada, la ciudad en la que nació Picasso, con su bella Mezquita Catedral?”.

Esa mentalidad de copo, de echar la red y arramblar con todo lo que haya hoy, que ya mañana peche el que venga, es injusta pero humana. Y tenemos unas administraciones tan cercanas que, incluso, se contagian de nuestras más bajas pasiones.