Diego Ríos Padrón

Cruzando precipicios en dos saltos desde 1966.

Lo turístico

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Si uno lee la prensa – ejercicio de excentricidad – con detalle – excentricidad que ronda sospechosamente la locura – y más allá de los titulares de impulso institucional, cubiertos bajo el aspecto de noticias para que el pie de artículo no quede afeado con un “Remitido” o “Publirreportaje”, observará que empieza a escribirse – acto posterior a percibirse, pensarse y a hablarse – no sólo con escepticismo sino con indisimulada alarma sobre el turismo como elemento de depredación, como una mancha de chapapote que inexorablemente va ocupando espacios y recursos de la ciudad.

A cambio de esa tenaz expansión, nos deja – o dicen que deja,  que  tampoco se sabe a ciencia cierta siquiera si llegan a aportarlos –  lo que se podrían calificar como “calorías” económicas de consumo rápido, beneficios muy localizados, cuyo engorde va a los michelines de la inmobiliaria, la hostelería de depredación y las tiendas de imanes para neveras.

De poco sirve ver los ejemplos de otras ciudades ( Barcelona, Valencia, Granada o Venecia en lo malo; San Sebastián en lo bueno), y si se habla del turismo sin hacerlo con el pecho henchido de orgullo, si acaso asoma un leve “pero”, no hay duda de que le colocan el código de barras del “reventaor”: Tú lo que quieres es que haya miseria y paro.

Y ahí te dejan clavado en la esquina, meditando sobre si tus hijas no tendrán que ejercer de cerilleras si se te ocurre decir que este modelo de explotación turística es una mierda, que no extiende tanto sus efectos económicos, que no sabemos que cuesta, ha costado y costará hacer y mantener este parque temático, y qué nos cuesta a los que vivimos la ciudad hacer del monocultivo turístico intensivo el único altar al que pedir salud y pan.

¿Saben cual es mi miedo? Que ya no sepan cómo pararlo. Que me pongan cara de maquinista del tren descontrolado, se encojan de hombros y digan eso de “Bueno, y ahora ¿qué podríamos hacer, ahora que hemos ahormado la ciudad para ese turista de quita y pon, que completa la cartilla de los museos en una mañana, se cena su Paellador a las 18.00 y sueña con lo bonita que es Granada, la ciudad en la que nació Picasso, con su bella Mezquita Catedral?”.

Esa mentalidad de copo, de echar la red y arramblar con todo lo que haya hoy, que ya mañana peche el que venga, es injusta pero humana. Y tenemos unas administraciones tan cercanas que, incluso, se contagian de nuestras más bajas pasiones.

Ya llega la semana Santa.

Sombras

Me gusta la Semana Santa, posiblemente por cosas nimias.

Me gusta andar por el centro de las calzadas, viendo al final de la calle la aglomeración de una salida. Me gusta esa luz del atardecer en Málaga, que no hay foto capaz de pillarla, que hay que vivirla. Me gusta el calorcito de jersey al hombro, pasar por calles tan alejadas de la ruta habitual que siempre parecen de otra ciudad, avanzar en paralelo a las procesiones, buscar atajos. Me gustan los balcones en los barrios, con amigos, haciendo de una salida la oportunidad de volver a vernos y ponernos al dia. Me gusta el azahar reventando en La Victoria y contemplar, con el sereno acomodo de la cercanía, la fe de mis mayores. Me gusta ver las pandillas de adolescentes, en salida controlada – “Nos vemos a las siete en la puerta del Zaragozano” – y a los padres con carrito pensando “A ver dónde me he metido”. Me gusta pasar a saludar a una Virgen ( la mía) antes de que arranque todo, y dejarme llevar un rato por el amor de los sencillos, aquellos que te aconsejan, cuando te sientas atribulado y solo, entrar un ratito en una iglesia a deshora y dejar que alguien te escuche y te acoja.

El resto, casi todo o casi nada, ya me sobra.

 

Elogio del actual estado de la ciudad

Relean la prensa oficial, que nos coloca ante los ojos el prodigio de una Málaga universal y cosmopolita, objeto de deseo de turistas y visitantes, destino de emprendedores y ociosos, gastrónomos y mentes cultivadas deseosas de empaparse de arte. Marquen en el mapa sus hitos y verán que limita al este con el Muelle Uno, al oeste con CAC, al sur con la Noria y al Norte con la Casa Natal de Picasso. Cierren esos puntos con un círculo, y ahí tienen el Parque Temático de Málaga,  que proporciona una experiencia casi real a nuestros visitantes, en la que nos paseamos como figurantes y a la que sólo le falta una cabalgata a las cinco y un fin de fiesta al caer la noche para ser de facto la Disneylandia del Sur de Europa.

Demos gracias. Esa pujante Disneylandia, ese San Marino tan estrechito, es el motor económico de la ciudad. Chitón.

Extramuros de esa línea de rotulador, la ciudad real, que nos reconcilia con nuestra condición de ciudadanos, como los figurantes de las películas en el desierto de Tabernas,que todavía vestidos de indios o de cuatreros, se echaban un chato de vino en el Bar Los Cuñados.

Esa ciudad real, sucia, abandonada, es nuestra ciudad. La del Guadalmedina con las nubes de mosquitos y la cochambre a la vista; la de Calle Victoria como embudo de hollín y ruido; la del Perchel de adoquín cercado por edificios nuevos y feos, con una fealdad que sorprende y asusta; la de la Trinidad convertida en Scalextric; la de Ciudad Jardín parcheada.

Lo que creemos que es dejadez e indolencia del alcalde es – y hay que decirlo –  la mayor genialidad de sus mandatos: preservar una Málaga real con todas sus fuerzas y empeño, que nos permita no perder de vista lo que somos, que no nos cieguen las referencias del New York Times, y bañarnos de realidad todos los días.

Por eso, cada vez que veo a algún turista despistado que intenta subir los escalones del puente que comunica el CAC con Calle Salitre, lo amonesto severamente. “No, oiga, no. Por ahí no se puede pasar. Dé usted la vuelta y no mire hacia atrás. A partir de ese punto, sólo hay cochambre y vida: nada de su interés”.

Y en eso hay que ser inflexible, no vaya a ser que tengamos un disgusto y nos encontremos a unos noruegos comiendo en el Hermanos Padilla de La Luz y les guste.