Diego Ríos Padrón

Cruzando precipicios en dos saltos desde 1966.

Lenguaje Corporal

En estos días convulsos en los que la palabra es tan frecuentemente usada como capa que esconde las intenciones y vehículo del que hace tres paradas se bajaron las verdades, nos queda sólo recrearnos en los gestos con los que el cuerpo traiciona para adivinar lo que hay dentro de la cabeza.

Sabemos gracias a Walter Bradford Cannon que la reacción de lucha o huida es una respuesta fisiológica ante la percepción de daño, ataque o amenaza a la supervivencia, respuesta que se percibe, entre otras, con la inhibición de la glándula lagrimal (responsable de la producción de lágrimas) y de la salivación, la exclusión auditiva (pérdida de audición) o la visión de túnel (pérdida de visión periférica). También la dilatación de vasos sanguíneos de los músculos y liberación de energía metabólica para darles “gasolina” a éstos.

En las películas bélicas un sargento le grita al joven Joe, de Arkansas “¡Deja de llorar, bebe agua, céntrate, coge el fusil y sal por patas que eso es un tanque, idiota!” y en el horizonte municipal, puede ser que las elecciones sean ese tanque que se aproxima a la trinchera, y que al Sargento De La Torre no le ha dado tiempo a decir “Pamplona” cuando han empezado el trasiego de ediles gobierno de la Junta. Casi una cuarta parte de una tacada, más colindantes, que han dicho adiós desde las Pedrizas al gobierno de una gran ciudad, con una mayoría relativamente tranquila y en la que, si nos fiamos de lo que dice el candidato perpetuo, aspira próximamente a gobernar en solitario. Una jugada arriesgada si se considera el gobierno de la Junta como débil vicario de acuerdos en constante tensión y el municipal sustentado en la premisa de que “Málaga es delatorrista”.

O puede que, realmente, no sean ciertas ninguna de esas dos premisas. No lo digo yo: lo dice el lenguaje corporal.

La llamada

Supongo que algún experto en comunicación aconsejó a mi interlocutor que, en estos tiempos en los que tan difícil es atrapar la atención con una llamada, había que hacer que ésta fuera impactante. Y nada impacta más que un teléfono sonando a las seis de la mañana. A esas horas, no piensa uno que sea aquel lechero cuyo timbrazo anunciaba el plácido y previsible aburrimiento de la democracia, sino que pasa lista de damnificados: hijas, padres, hermanos, asesora fiscal… Es claro que no es para ofrecerme el Pregón del Carnaval, pues en la lista de méritos antes de antecede un maniquí de El Corte Inglés, ni para el de Semana Santa, por evidente falta de trapío. En la pantalla un teléfono de Reino Unido insiste y apremia. ¿Será que el proceso de selección para cargos en la Junta se ha externalizado tanto? ¿Será, por fin, mi nombramiento para la Dirección General del Chicle? Me atuso el pelo, me ajusto el cuello del pijama para la ocasión y contesto con el mejor inglés que tengo, suficiente según mis hijas para guardar un estricto silencio.

Al otro lado de la línea, allí donde el Brexit, una voz masculina que intenta sobresalir entre el ruido de call center me indica que mi ordenador está poseído por un peligroso virus. Poseso perdido. Que no voy a poder acceder a él salvo que pague mil libras de vellón y que perderé de forma irremisible toda la información que en el mismo se encuentra. Durante unos segundos me lamento de que, incluso en el crimen, se hayan perdido las formas y que la estafa ya sea una especie de actividad industrial, que lo mismo te ofrecen unos megas que no hay, que tarifas que tampoco o que virus que qué. Estuve tentado de indicarle a mi interlocutor que en mis tiempos las cosas no se hacían así, exigiendo un cierto cortejo del estafador al estafado, una adulación intelectual, un baile, un juego, un algo más que ir directo al grano, perdiéndome en una nostálgica rememoranza de aquellos buenos y viejos tiempos, y prendiendo una vela en el altar de mi memoria a los mejores estafadores que había conocido y a los más destacados que había sufrido. Y estuve tentado de hacerlo con esa dicción, socarrona, impactante, teatral y musicalmente impecable con la que hablan los diputados ingleses en la Cámara de los Comunes, dando a mi interlocutor de su propia medicina. Hube de recomponer mis intenciones, ajustando el deseo a lo posible de mi inglés nivelmediohabladoyescrito, y acabé despachando un “Sorry, dude: I’have no personal computer neither laptop, and if you are lookin’ for troubles, you are in the right way” (nunca agradeceremos lo suficiente el auxilio prestado por los escribillos de las canciones para superar el espíritu de la escalera en discursos políglotas).

Al oir la bravata, simplemente colgó. Supongo – o espero – descorazonado por haber acabado llamando al último ser humano de la Europa Occidental que no tiene un mísero PC que pudiera ser contaminado, y con una crisis de vocación en su prometedora carrera de estafador a distancia. Supongo que esta tarde, a la hora de emborracharse, se quedará taciturno en la barra mientras sus colegas celebran sus mejores hazañas.

Estoy por llamarlo y pedirle que venga, que era broma, que me haga una oferta y a ver qué podemos hacer. A ver si se le pasa el disgusto.

 

Vuelve Gila.

Por situar la cuestión, el pasado domingo noche, en el programa “Liarla Pardo”, emitido por La Sexta, la reportera se desplazaba a Marinaleda a buscar a los cuarenta y cuatro vecinos que en las pasadas elecciones autonómicas habían votado a VOX. “Vamos a señalar a los 44 votantes de @vox_es en un pueblo como Marinaleda, y a difundirlo en un medio de comunicación”, se refería en redes sociales y, por lo que pudo verse en el programa, a los damnificados no les debía llegar la camisa al cuerpo. “Aquí podría vivir un votante de Vox”, informa. Y hasta la puerta del supuesto votante de Vox se desplaza la periodista con el cámara para tratar de poner voz y rostro a uno de esos votantes. Sólo hubiera faltado que llegaran desde el desvío de Estepa con un megáfono locutando “Señora, ha llegado a su localidad el localizador de votantes de VOX…” por ir creando expectación en un pueblo con ambientillo de parque temático de la Rumanía de Ceaucescu.

Asistamos a este descenso a los infiernos que está significando la posmodernidad, en el que los elementales derechos indiscutibles se van poniendo en fila como bolos ( ayer la presunción de inocencia, hoy el sufragio universal libre y secreto, mañana ya veremos ) para írselos tirando a otros, siempre a otros, al albur del vociferío,  y enmendado la plana a la Declaración de Derechos Humanos de los Demás, porque siempre hay una excusa que coloca en un escalón a mi derecho frente al tuyo, un embudo democrático y virtuoso.

Hoy, la responsable del programa y posteriori a su emisión, ha dejado dicho que el reportaje fue desafortunado y ha pedido disculpas, levantando una ola de solidaridad y comprensión. “Oye, que ha pedido disculpas”. Ah, estupendo.

Mientras, a Paco, el de la tienda de comestibles de Calle San Pedro, ya le habrán contado el chiste de Gila actualizado. “Pues si no te gustan las purgas, vete del pueblo”.

Diez mil pasos

 

El pasillo del hospital tiene sus horas punta, convertido en un paseo marítimo por el que van transitando pacientes con percha, que parecieran coches de choque, personal sanitario y los de ruegos y preguntas, que somos los extras, dando animación a los enfermos y dudas a la plantilla. Unidos todos en un ecosistema extraño, al segundo dia dando las buenas tardes se puede acabar apadrinando a un recién nacido, pues el pasillo genera amistades de servicio militar, vividas intensamente pero que se borran cuando te dan “la blanca”.

Te notas viejo porque sorprende la juventud del personal y te acuerdas cuando tú también eras joven y miraban con sorpresa el desempeño de tu profesión, y te miras en el espejo del ser querido y encamado: ahora ya no es mi padre, sino mi abuelo; así corre el escalafón.

Cuando llaman a la puerta, nunca hay sorpresa, más allá de los horarios de dieta a pensión completa. Completamente centroeuropeos, toca cenar a las 19.30 y a las 20.00 a cavilar. En las madrugadas no falta un “Ay” lejano, ni los pasos de un fumador furtivo, ni un tirón en el lumbago, que extraña la rutina propia, la cama propia, la semana que viene tenemos que ir a ver colchones.

4.625 camas hospitalarias hay en Málaga. Públicas, privadas, mediopensionistas, pocas paradas. En cada cama, una historia, y a su lado, otra mayor: los con visitas, los sin visitas, permanentes u ocasionales. Ya nadie lleva flores, si acaso la prensa, flor de un dia, consuelo de horas muertas, leída y releída, por los siglos de los siglos. Amén. Los visitantes vamos, venimos, nos sentamos, nos levantamos; posiblemente para evitar que nos confundan con un enfermo y nos pongan una via, usamos la de escape.

Suena la pulsera de actividad de la doctora Sánchez, posiblemente indicando que ha hecho sus diez mil pasos de hospital.

 

Échame a mi la culpa de lo que pase.

 

Ruiz Espejo

El pasado lunes, el delegado del Gobierno Andaluz y secretario general del PSOE en la provincia, José Luis Ruiz Espejo dejó dicho en una entrevista “Si el PSOE perdiera la  alcaldía de nuevo sería un fracaso para Málaga”.

Y eso, sinceramente, me ha preocupado porque, como malagueño que soy, me veo en unos meses asumiendo una derrota para la que, a lo mejor, no estoy preparado. Me queda confiar en el buen trabajo que ha hecho el PSOE en la oposición, durante este cuatrienio y los anteriores desde 1995, en la esperanza de que en esta ocasión se va a ganar la alcaldía, y, ¡ojo! no faltan datos que lo auguran.

El PSOE en el ayuntamiento ha permitido una extraordinaria rotación, lo que supone que muchos ciudadanos han conocido a muchos portavoces de ese grupo, lo cuales es muy bueno. Da sensación de equipo, aunque es cierto que han ido pasando por allí previa su asignación a otras responsabilidades diferentes a tener que liderar la oposición en un ayuntamiento que es la séptima capital de España, que es una cosa muy cansada y con muy poco reconocimiento. Han pasado por La Casona como quien pasa por un fotocall, en espera de destino y ahí están; en sus cómodos y cortijeros despachos.

Otro punto a favor es que el último portavoz – al menos, hasta este momento – y candidato a la alcaldía, tomó la iniciativa y  ya se hizo imprimir abanicos para la Feria en los que se autocalificaba como Alcalde. Es cierto que la gente se preguntaba que por qué Dani Rovira se presentaba a las municipales o si eso era el merchandising de una nueva película, pero el impacto ahí está y quienes recuerden esa acción asociarán a que alguien con barba era alcalde o candidato a los Goya.

Es un buen principio. Todo sea porque el PSOE pueda recuperar la alcaldía y los malagueños nos libremos de un fracaso. O que nos libremos del PSOE y así, de paso, de un fracaso que ya dura más de veinte años.