Jose Antonio Moreno Márquez

Lost in Translation, arquitecto, arquitexto, arquititiritero, arquitieso y eso. Siempre en viaje de ida.

Domingo en el jardín de la Duermevela

Poseía un talento líquido que llenaba cada uno de los personajes que caían en sus manos, era capaz de meterse bajo una piel hasta que el espectador conseguía olvidar su aspecto y lo confundía con el papel que interpretaba. Cómo un dandy, un predicador o un escritor homosexual; se sobreponía a su pinta de perdedor revelando esa lucha interior que mantenemos cada día al interpretar nuestro personaje. Quizá ese era su encanto, una mezcla química e inestable de genialidad y fracaso, que identifica a su generación.

A esa edad los domingos son insoportables. El domingo es el día del descanso sagrado menos de uno mismo. Ni los fríos, ni los templados, ni los lluviosos, ni mucho menos la preciosa luz dorada del sol al atardecer; todo recuerda a la inmensa pérdida de tiempo que es la vida. Pero lo más insoportable de todo es la angustia. La angustia recorriendo el camino del estómago a la garganta de arriba abajo y de abajo arriba. La angustia que empieza un poco antes del sábado y se va sedimentado domingo tras domingo a lo largo de toda una vida medio vivida. Una angustia que es, simplemente, la angustia de no saber cuál puede ser el límite.

Se queda embobado mirando las flores que forma la sangre al mezclarse con el liquido de la jeringuilla. Empuja el émbolo y rápidamente las flores se meten dentro de la carne y empiezan a correr por su sangre. Las rosas le pinchan en las venas con sus espinas, el azahar deja un olor imperceptible e irreconicible y las orquídeas confirman que el olor es a la destrucción corriendo directa al corazón. Se concentra y escucha los latidos, son los primeros compases de la música de un hermoso baile microscópico, a ese tamaño todo pude ser hermoso. Las flores, aceleredas por la presion de los capilares cada vez mas pequeños, llegan al cerebro. Si se fija con detenimiento puede ver que las flores estan formadas por hexágonos de diacetilmorfina unidos por enlaces covalentes. Inundan todo su cuerpo y ahora empiezan a convertirse en pequeños hexaedros sólidos. Esplendorosa y mágica geometría, homotecias, alquimia que transmuta unas cosas en otras, piensa que la solución a todo es la geometria . Se mira el cuerpo, ve que sus piernas y sus manos están ahora formadas por miles de exaedros negros, siente el frio del material llenando su cuerpo y está aterrado, nota como sus ojos se van convirtiendo y se va quedando ciego. El frío del material se convierte en un flash, que rompe el calor que lo inundaba.

[Ella llega cabalgando a lomos de un caballo negro, negro sobre negro. Solo se distingue el brillo del pelo de ambas bestias como chispas eléctricas en las oscuridad. Lleva los brazos en cruz, desnuda, montando a pelo. Lleva una lanza, con una mano sostiene el extremo y con la otra coge la punta afilada para apuntarle]

Está todo oscuro. No sabe donde está. La verdad es que le importa poco, muy poco, nada, y así lo gríta. En vez de voz sale un liquido de sus pulmones. Conforme va saliendo ese líquido se siente cada vez menos angustiado y aliviado de la presión del domingo. Intenta recordar lo que hay fuera. Su mujer, de la que solo se acuerda para preguntarse por qué se casó con ella; sus hijos, de los que solo se acuerda para intentar atarse al mundo. Le da igual o simplemente ya no le producen ningún dolor. Se pregunta por sus hijos, su mujer, sus padres y se da cuenta que son ideas por las que ahora no siente nada. Esta es la única forma que conoce de no sentir nada. Alguna forma habrá para salir de ahi, cuando lo haga arreglará su vida ya ha visto como hacerlo; siempre ve como hacerlo, pero cuando despierta lo olvida. Mañana, cuando se levante, todo volverá a estar bién. Es sábado, pero eso no importa, vivir es simplemente una cuestión de cuantos domingos se es capaz de aguantar.

[C'mon and save me
Why don’t you save me
If you could save me
From the ranks of the freaks
Who suspect they could never love anyone]

Playlist: http://open.spotify.com/user/jammarq/playlist/7n8AX5BFg9BMPpImKqzjLX

Edith y Egon

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Se miró las manos, le dolían tanto los huesos que casi no podía ni coger el lápiz. El calor de la fiebre le nublaba los ojos. Ella estaba en la cama, rodeada de sábanas revueltas. Miró su cuerpo reteniendo las lineas principales de su postura. Intentó concentrarse en el silencio de la habitación para calmarse un poco. Miró el dibujo, paseó sus ojos por el espacio en blanco dentro de los contornos perfilados con el lápiz. La expresión de las líneas y la distancia precisa entre ellas dibujaban un terreno conocido. Con un par de lineas el lápiz comenzó a dividir la geografia. Todo encajaba, dibujaba un mapa que conocía bien, la cara de su mujer. Un mapa destinado a desaparecer -pensó- como el del imperio en el que había nacido, ahora solo una bandera hecha jirones sucios, despedazada en las mil batallas perdidas.

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El pelo pelirrojo de Edith siempre le recordó al de su hermana, quizá por eso se casó con ella. Había dibujado cientos de mujeres con la misma pasión y siempre comenzaba igual. Una suave línea como el nacimiento del pelo, después tanteaba con la punta del lápiz el lugar donde iba a dibujar la ceja, después el ojo, la nariz, la boca, la barbilla… Era un rito desde que utilizaba a su hermana, menor de edad, como modelo. Primero era como un juego en el despertar de la sexualidad, después se convirtió en una obsesión morbosa. Le gustaba dibujar niñas, como un mirón desnudaba su inocencia mientras ellas no se daban cuenta. Le gustaba ir engañándolas lentamente para que fueran levantando, cada vez un poco más, sus faldas hasta dejar al descubierto lo que él quería dibujar. Eso le excitaba, saltarse las barreras, dibujar lo prohibido, llegar un poco más allá en cada dibujo.

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Edith… Pronuncia su nombre y ella no se mueve. ¡Edith!… Levanta un poco más la voz y ella no contesta. ¡¡Edith!!… Grita hasta que el dolor se hace insoportale, pero ella sigue sin contestar. Empieza a toser por el esfuerzo. Siente el ahogo, el sabor a hierro de la sangre subiendo por la garganta. El dolor le hace recordar lo ocurrido unas horas antes, cuando ella lo abandonó. Se vuelve a sentir como un voyeur, dibujando a una mujer, distraida en su inocencia, que no se da cuenta de que unos ojos la observan. Quiere levantar las sábanas para dibujarla desnuda, pero la frontera de su conciencia, que tantas veces ha abierto, se cierra ante la posibilidad de que se enfríe el cuerpo muerto.

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Conforme el grafito perfila el rostro de su mujer sobre el blanco del papel va teniendo la certeza de no poder escapar del destino. Sobrevivieron a la guerra pero ahora está seguro que no sobrevivirán a lo que viene. Nunca se habían enfrentado a nada igual. La guerra -con sus balas y bombas- demolió todo lo que tenían y eran; ahora sin nada, algo tan pequeño, casi invisible iba a acabar con sus vidas. No quiere llamar a nadie, ni tampoco tiene a quien llamar. Primero habían muerto sus amigos; ahora Edith, lo único que lo unía al mundo. Está derrotado, abandonado, no le consuela ni su gloria como el mejor pintor de Viena. Solo sabe hacer una cosa y eso es lo que le queda por hacer, hasta que se le agoten las fuerzas. Arranca la hoja en la que estaba dibujando y empieza en otra, como ha hecho toda su vida. El nacimiento del pelo, la ceja, el ojo… Cada línea tiene un sentido, reducida su mínima expresión pero con el máximo significado. La frustración es cada vez mayor; había visto morir al viejo mundo pero no le quedaba tiempo para ver nacer al nuevo que había ayudado a crear.

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Imágenes del mundo flotante. El rápido vuelo de la vida.

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Con un pie delante y el otro detrás, el peso del cuerpo perfectamente repartido entre ambos en perfecto equilibrio. No es fácil dejar de pensar y mantener la mente en blanco, pero el ritual de montar la flecha en el arco es una buena manera de vaciar la cabeza. Le ayuda mucho mirar la flecha, admirar su ligereza, su belleza e imaginar como será la pureza y perfección del vuelo. Está en un espacio construido solo con sombras, nada le parece material. La gradación de la luz -desde el negro más oscuro hasta la línea más brillante- le ayuda a sentirse aislado, fuera del mundo, sin ninguna distracción, solo concentrado en su objetivo. Empieza a tirar de la cuerda para dar la tensión exacta que necesita para cubrir toda la distancia y clavarse con la suficiente firmeza. Busca el punto de equilibrio necesario para acertar, cuando lo encuentra, la flecha esta colocada y las cuerdas en tensión máxima; la fina línea entre sus dos manos se convierte en el eje de su universo, su cabeza está vacía y no piensa en nada más que en donde va a terminar la flecha. Inmovil. Está preparado. Deja de respirar y suelta el pellizco con el que une la cuerda con cola de flecha. Cierra los ojos y se deja ir con ella. Siente la aceleración, su vuelo, el túnel del vértigo, la punta abriéndose paso el aire. Siente como pincha, los filos cortando y rajando buscando el sitio de donde sacar de la carne, toda la vida los más rápido posible resbalando por la caña y tiñendo de rojo la ropa. El sonido de la flecha al clavarse le ha hecho abrir los ojos. Su corazón, hasta entonces parado, empieza a latir más rápido. Nota la descarga de adrenalina que confunde con el placer y satisfacción que le produce la contemplación de la muerte

Entre el primer recuerdo y el último, el rápido vuelo de la vida.

Y por eso hoy, de mi memoria,
elegir lo mejor de la vida
y su rápido vuelo
que termina como siempre sucede,
demasiado pronto

La vida después de la muerte

el septimo sello

 

 

Desde entonces viene a visitarme todas las noches, en la oscuridad, envuelta solo en la anaranjada luz de las lámparas de sodio de la calle, en esta habitación donde mi daltonismo no distingue ningún color.

–¿Quién eres? –le pregunto.

Intento reconocerla en sus distintas caras que son las mismas que me han rechazado y abandonado tantas veces. Es ahora la de la belleza pálida -la inalcanzable y mi deseada- la que me está mirando con sus ojos de cualquier color. Sus ojos son espejos donde he visto reflejado todos mis errores cometidos y todos los que he prometido tener la torpeza de volver a cometer.

–¿Vienes a por mí? –insisto.

–Llevo mucho tiempo caminando a tu lado, desde que naciste. –De sus labios sale una extraña voz, una vibración eléctrica que no concuerda con el movimiento de sus labios ni con lo que oigo–. ¿Estás preparado? –me pregunta notando mi sobresalto.
–Nunca se está preparado para esto –le contesto–. Los animales buscamos cualquier escapatoria, esperamos estar acorralados para no tener que elegir entre una de las salidas y ahora vienes tú, a cortarme la última.

Siento un mareo, un sudor frío, como fiebre, una caída a un precipicio. De pronto me encuentro en una habitación con unos amigos.

–Últimamente tengo un sueño recurrente –comienzo a hablar interrumpiendo la conversación– Sueño que me muero, en un accidente de coche o en una caída, y al rato me encuentro dentro de otro sueño, en él que descubro que el anterior era un actor de película y en realidad no moría.

 –La muerte es una metáfora de cambio –comienza a hablar, está aquí también, entre mis amigos– estás manifestando que quieres cambiar, pero en el fondo no quieres deshacerte de lo que tienes.

Miro sus manos y hasta eso me parece un tópico: dedos huesos y uñas largas.

-Tú juegas al ajedrez, ¿verdad? -me sobresalto al oírme unas palabras que no han salido de mi garganta.

-Juego muy bien, no creo que seas tan bueno como yo -Veo lo que dice su rostro: desprecio. Me ve viejo, piensa que ya solo puedo ofrecerle un juego de mesa- ¿Para qué quieres jugar conmigo?

–Juguemos, las negras para ti.-le digo- Es lo lógico, ¿no te parece?

Todas las noches juego con ella,  me dice que si la acompaño iré a un sitio mejor, pero me aferro a esto y todos los días intento arañar un poco más de tiempo para no tener que deshacerme de lo que creo que tengo.

carrusel

Hoy ha sido un día perfecto para beber sangría en el parque.

Un día perfecto
bebemos sangría en el parque
y después, cuando anochece
vamos a casa.

Un día perfecto
damos de comer a los animales en el zoo
después vamos al cine
y volvemos a casa.

Oh, es un día tan perfecto
Estoy contento por haberlo pasado contigo
Oh, es un día tan perfecto
haces que me sienta a gusto.

Un día perfecto
nos olvidamos de los problemas
Domingueros de nosotros mismos
es tan divertido.

Un día perfecto
Haces que me olvide de mí mismo
Creí que era alguien diferente
Alguien bueno.

Oh, es un día tan perfecto
Estoy contento por haberlo pasado contigo
Oh, es un día tan perfecto
haces que me sienta a gusto.

Cosecharás lo que has sembrado