Atardecer

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Un, dos, mil, mil ochocientos veinte, veinte mil escalones; levanto el pie derecho veintidós centímetros exactamente, ni uno más ni uno menos, echo el cuerpo hacia adelante, doblo la rodilla, veinte un mil un escalones, ni uno más ni uno menos, levanto el pie izquierda, la misma altura exacta, veinte mil dos, cada vez estoy más cerca.

Siempre encuentro lo que no busco, una puerta donde hay una ventana, una ventana donde hay un cuadro; puertas, ventanas y cuadros que dan a otros mundos, otras vidas dentro de la mía.

Ojos negros como el azabache, mirada vacía como la de un animal en la que me veo reflejado como en un ojo de pez; nunca me había imaginado así, petrificado, convertido en estatua de sal.

En medio de la tormenta no distingo entre el blanco del negro, ya ni siquiera a pleno sol puedo distinguir un gris de otro; y aún así, con todas las luces del día, tengo la certeza de que esté en lo cierto.