Alcanzar la trascendencia es fácil, si sabes cómo

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Se preguntaba Percusión por qué no consigue hacer nada, no consigue arrancar. Yo sé perfectamente por qué no consigo hacer nada. Por los atracones.

Me explico.

Yo nací y crecí en la URSS. En ese país había de todo. Inclusive graves problemas de logística y distribución. Inclusive de alimentos. Eso quiere decir que las tiendas eran sitios para quedar más que nada. Siempre había leche y pan, pero para todo lo demás había que pasarse de vez en cuando, para ver qué habían traído. A veces era agua mineral con gas, otras, jamón cocido cortado a cuchillo. Por la pinta que tenía, por estudiantes de charcutería en su primer día de clases. Por lo tanto había que comprar no lo que tenías planeado o lo que te apetecía cocinar, sino lo que habían traido, y en cantidades determinadas por el dinero disponible. No podías reflexionar o planificar, había que actuar en el momento.

Como consecuencia, de vez en cuando en casa había cantidades ingentes de algo. 4 cajas de zumo de zanahoria. 2 cajas de manzanas variedad Richter. Recuerdo una vez que mi madre compró 3 kilos de caramelos. Empecé de manera razonable, un caramelo de vez en cuando. Acabé llenándome la boca de caramelos, un puñado tras otro, hasta acabar los 3 kilos.

Así desarrollé esta característica de mi personalidad: pegarme atracones. Apasionarme por algo. Tragarme todos los libros que pueda encontrar sobre un tema. Pensar y hablar sobre una sola cosa durante 3 meses o, con suerte, 3 años. Empezar comprando “Una historia del pueblo judío” y acabar con “Objetos de culto judaico en los museos rumanos”. Y como el último es un coñazo mal editado con fotos borrosas y texto que mancha los dedos, perder el interés.

Las cosas no se consiguen así.

Para que una cosa se haga hace falta ser aburrido y comedido. Para no desfondarse. ¿Habéis visto los ladrillos firmados en la Mezquita de Córdoba?… Me flipan. La trascendencia se consigue así. Vas por la mañana al trabajo. Haces lo de siempre. Pones ladrillos por ejemplo. Pero ese día te sale todo particularmente bien. Y, contento, vas y firmas un ladrillo. Y luego, 600 años más tarde, resulta que es monumento de valor artístico, histórico y patrimonio de la humanidad y que la gente viaja 5.000 kilómetros para ver tu firma que ni siquiera te ha salido demasiado bien, pero ahí está.

Además es que miramos las cosas equivocadas. Los héroes. Los que se han esforzado un momento, han apretado los dientes 15 minutos, han sufrido lo inimaginable durante 5. Eso no es difícil. Es como hacer puenting. Cierras los ojos, inspiras, y luego las circunstancias lo hacen todo por ti. Es dejarse llevar.

Lo difícil es elegir sufrir un poco todos los días. Otra vez el despertador. Otra vez hacerse el desayuno. Atasco. El niño llorando detrás, no quiere ir a la guarde. Llegas tarde a la oficina. El mismo jefe inepto que ha tenido la suerte de haber coincidido en la carrera con el director general que ha tenido la suerte de tener el mayor rango de toda su panda cuando les echaron de la multinacional en la que estaban. Comer en la cafetería los mismos platos insulsos, mirando con compasión a los ejecutivos con corbatas. Y firmar un ladrillo, si un día te ha salido particularmente bien.

Esta es la receta. Pero las revoluciones son más divertidas.

Imagen: Виктор Скерсис. Пионерки