Saul Leiter. Me gusta cuando callas porque estás como ausente.

 

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Me gusta cuando callas y estás como distante. Detrás del cristal imagino no conocerte. Soy un mirón de ojos furtivos, ojos ladrones sedientos en la casa, ojos como huracanes devastadores de todo obstáculo. Mis ojos vuelan violentamente por el cuarto hasta encontrar su tesoro añorado. Y entonces se postran y te acarician, para adorarte en tu trono resplandeciente.

Te acaricio con los ojos como un soplido, como el aire saliendo de mi boca, apartando tu fino pelo rizado cuando mis dientes se acercan a morder tu oreja.

Te acaricio con los ojos como mi lengua resbalando por tu cuello, con la saliva en la punta, buscando desesperadamente donde cerrarse en un beso, mojándote hasta encontrar la meta en la esfera brillante de tu hombro.

Te acaricio con los ojos como la sombra protectora acurrucada bajo tu pecho, proyectada indolente sobre tu barriga, dibujada como el pico perfecto de un monte en tu piel de duna.

Te acaricio con los ojos como se desliza mi lápiz, entre la suave curvatura de tu vientre tenso y la línea perfecta del pelo tu pubis, para resolver la ecuación exacta del punto de gravedad de mi universo.

Te acaricio con los ojos como el ciego huele el bosque, perdido durante horas, solo guiado por el olor, maravillado por todos las sensaciones; para, al final, dejarse atrapar entre la simétrica suavidad de tus piernas.

Mi lugar favorito del mundo está aquí, frente a esta ventana, en esta luz de media mañana, cuando apenas ha empezado a calentar el día. Aquí, donde no me importa nada, solo estoy atento al estremecimiento profundo de tu carne recién desnuda producido por la caricia de mis ojos.