El contrato del dibujante

 

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No ha tardado en encontrar el punto de vista adecuado, ya lleva pensando en él muchos días. Ha calculado la trayectoria de la sombra, cuando haga más calor, la tendrá encima. Se alegra de no haber traído el sombrero, menos cosas con las que cargar. Abre el cuaderno, busca una hoja es blanco, la observa detenidamente por si tiene algún defecto. Vuelve a pensar si el encuadre es el adecuado. Se ha acostumbrado a estar de pie. Cargar con una silla de allá para acá se había convertido un verdadero suplicio. En su casa tiene un armario lleno de sillas, cómo resultado de la buena intención de familia y amigos. A veces se pregunta si no es su afición la que provoca una auténtica obsesión en los demás. El rotulador empieza a volar sobre el papel. Poco a poco ha ido aligerando el equipaje, sin tantas cosas que cargar se siente mucho mejor, más rápido, más liberado para enfrentarse a lo que va a dibujar.

 

En el tiempo en que ha pasado ya ha colocado las líneas de encaje en papel. Por vicio profesional son las que más le gustan, definen la proporción de los elementos del dibujo y su trama ya le transmiten la abstracción de la idea. A continuación fija los puntos y líneas de fuga para dar profundidad. La perspectiva, lo que le va a dar realismo y proporción al dibujo, es el legado de los teatrales escenarios de los maestros renacentistas. Un escenario donde se relacionan los actores. Pero los escenarios inventados para el lucimiento de los pintores poco o nada tienen que ver con la realidad de las ciudades del siglo XXI que él dibuja y los actores son personas reales que no dejan de moverse en el escenario sin argumento aparente.

 

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Siente que pierde la concentración, alguien se ha parado a su lado, en realidad lo estaba esperando. Capta, con el rabillo del ojo, el típico movimiento de interés del cuello y se abre un silencio tenso a la espera de que alguien lo rompa. Nota la dificultad que existe para decir lo que uno se ve en la obligación de decir. Cuando empezó, dibujando en la escuela de arquitectura, siempre llamaba la atención de los niños. Se arremolinaban alrededor para ver como dibujaba. Le hacía mucha gracia, siempre había alguno que tenia un hermano que dibujaba mejor que él. Recuerda las clases del catedrático de Procedimientos, de los retos que proponía: dibujar agua, ropajes, dibujar los reflejos sobre un grifo, todas las semanas un reto. Recuerda las tediosas clases de Análisis de Formas en las que tuvo que dibujar mil veces una espiral o un paquete de Ducados arrugado. Se ríe cuando lo piensa, ahora eso no seria políticamente incorrecto. Olvidándose de su admirador,  mira a los demás sketchers, algunos compañeros de esos años de escuela y otros, simplemente, nuevos amigos. Se pregunta que estarán dibujando. Conoce bien sus estilos, sus líneas y colores; cada uno ha desarrollado una forma personal de dibujar. Los ha estudiado bien y ha aprendido de ellos trucos desarrollados por la intuición de cada uno. Su admirador ha desaparecido sin  lograr decir nada, desde luego hay gente muy tímida, piensa.

 

Sus ojos van frenéticos de la realidad al papel y del papel al modelo. Después de tantos años domina la técnica. ¿Qué busca entonces en los dibujos? Se sabe que arquitectos y dibujantes firman contratos con su vida, en sus dibujos se esconden el compromiso de los artistas y de ellos mismos con su propia obra. Capaces de hacer de una obsesión, a veces incomprendida, una meta en la vida. Siente muchas cosas. La satisfacción del tatuador al notar como la tinta va penetrando en la piel y se va a quedar ahí para siempre. Los movimientos de la mano como la de un chaman intentando conjurar el tiempo para que se detenga. Le gusta la simplificación de los gestos repetidos como signos; así es cómo dibuja molduras, hojas de árboles, plantas y aves.

 

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No entiende a los fotógrafos, perdiendo lo mejor de la vida detrás de una mirilla, como si les diera miedo enfrentarse cara a cara con la realidad; con esa prisa por no dejar escapar nada. “Hay cosas que se han descrito, inventariado, fotografiado, contado o enumerado; pero queda por describir el resto”. El resto es lo que intenta mostrar en los dibujos

 

Ya está terminando. Sus ojos ya van más despacio. A veces los entrecierra para emborronar su visión y comprobar mejor la concordancia del dibujo con el modelo. Le gustaría cerrar los ojos y como el ciego y su amigo del cuento de Carver dibujar una Catedral, y al abrir los ojos, descubrir que es la más bella que haya visto nunca.

 

“Un dibujo, aparentemente inocuo, también puede sacar a la luz detalles, indicios, pistas que sólo se encuentran en la mente de algunos observadores: reflejos de sus pecados, de sus depravaciones: la conciencia puesta en un espejo resulta una visión insoportable”

 

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No tengo claro que estas sean las circunstancias de Luis Ruiz Padrón. Lo que se dibuja, lo que se escribe tiene mucho que ver con lo que se refleja en el papel y con lo que se es. Observando sus dibujos me he dado cuenta que vive en el mismo edificio que el que yo vivía cuando era pequeño. Me he topado de pronto con la casa de la curva, el monte de las tres letras, el seminario, las nubes de golondrinas, el sol rasante de la tarde y el olor de la dama de noche en los veranos eternos. La verdad es que es un lugar extraño, una zona residencial señorial del siglo XIX con grandes mansiones en las que parece no vivir nadie, convertida en zona expansión del siglo XX. Comprendo lo que es subir todos los días la misma calle y sentir la necesidad de sacar el papel o la cámara para captar la fragilidad de esos momentos, para ser testigo del último siglo de la arquitectura y de la decadencia del lugar donde una vez estuvo situado el paraíso.