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Souvenirs

stall with souvenirs and carnival masks outdoor in Venice, Italy

 

Leo que las autoridades municipales de Venecia han decidido acabar con los comercios de baratijas turísticas y exigir que en los establecimientos abiertos al público se vendan obras de arte, moda, artesanía, sellos, monedas, todo de una alta calidad, precio y consideración. Cosas elegantes, apropiadas. Cosas bien. Se acabó lo de vender imanes a dos euros o réplicas de cristal de Murano hechas en China, y a todo el mundo le ha parecido bien (menos al dueño de la tienda que vende baratijas, supongo). “Así debe ser”, me han respondido, con ánimo de zanjar la cuestión y poner fin a mi expresión de duda razonable.

Sin ánimo ni capacidad para llevar la cuestión del “ser” y el “deber ser” a esta columna, que para eso ya están Hume, Kant, Bertrand Russell, George Edward Moore, Gottlob Frege, varios miembros del Círculo de Viena, Ludwig Wittgenstein y mi propia madre, parece que nos obstinamos en imponer lo correcto, lo que vemos con una claridad deslumbrante que es lo bueno, lo deseable, lo correcto, a quienes no comparten esa criterio, desterrándolos al error y esperando emboscados su derrota. Pasa con la telebasura, los libros escritos y vendidos por youtubbers, la gente que usa chanclas y bermudas como epítome de la elegancia no reñida con la comodidad, los zapatos imposibles, los resultados electorales, ser omnívoro, no escuchar con arrobo a Rosalía, comer palomitas en el cine, no concebir la tortilla de patatas sin cebolla o alojarte en una vivienda turística.

A partir de los cincuenta se acaban las certezas – bueno, queda sólo una; que el dia menos pensado se nos acaba la cuerda – posiblemente tras cuarenta y nueve y pico desdiciéndonos de aquello que parecía que debía ser. Y sigo pensando que, no sé, igual imponer el buen gusto, lo elevado, lo sublime, abre la puerta a que otros, puede que con peor criterio estético pero sensiblemente más musculados, terminen imponiendo exactamente lo contrario.