Monthly Archives: diciembre 2014

Despido objetivo

Tigre

 

 

Me despido de este año que, según mis cuentas, es el 2011. O el 2012, que ya no sé. Me despido sin hacer balance, ni hacer propósitos, con la inquebrantable voluntad  de entrar en el año próximo ( sea el que sea) sin amansar, sin limitar, sin acotar.

 

Me despido pidiendo perdón a los ofendidos, y esperando que se instaure pronto ese Domingo del Perdón ruso.Y yo también  lo hago ¿por qué no? ”Perdóname si tengo culpa”; “¡Qué Dios te perdone, yo te perdono!”. Incluso me perdono a mi mismo, que me tengo muy a mano, y me comprometo a no faltarme sin que medie causa justa.

Me despido amable, tranquilo de conciencia y con los deberes pendientes, porque tenerlo todo hecho sólo debe permitirse a las estatuas.

Me despido despierto, aunque no me mueva.

 

 

 

 

Elogio y refutación del pascuero

Elogio (por @lamalagamoderna)

No sé si fue Sarte, Camús o algún otro mago del humor quien afirmaba que la civilización era un flan, mientras que una pieza de fruta era la molicie, dando a entender que la belleza surgía del homo faber y no de lo que espontáneamente surge de la naturaleza. Con esa desviada premisa, habrá quién prefiera basar la decoración navideña en una bola de cristal sueco con un dibujo artesanal de San Nicolás a un pascuero, ejemplo de hermosura simple, que, junto a los anuncios de turrón El Almendro, nos indican la llegada de la Navidad, así como su final, ya que no se conoce maceta que sobreviva más allá del día de Reyes.

Si El Niño Jesús nació en un portal, lejos de artificios y galanuras, el verdadero espíritu de la Navidad está en la Poinsetia. No he visto a nadie que vaya triste por la calle con su pascuero, bien en celofán, bien recién expoliado de algún arriate municipal, planta que, además, exige pocos cuidados, ya que hagas lo que hagas, se te va a secar aunque le coloques un botánico de guardia. Belleza, alegría y economía: la felicidad viste de rojo.

Refutación (por @salva_mendez_p)

Ningún ser vivo u objeto del universo tiene autorización para ostentar el color “rojo Valentino” a excepción de un vestido del propio Garavani. Esto debería ser razón suficiente para exterminar la Euphorbia pulchérrima y liberar la Navidad de  esta execrable plaga vegetal. Su absurda y pretenciosa languidez convierte cualquier rincón del hogar en un trozo de rotonda urbana, cualquier ventana en un escaparate de perfumería, cualquier mueble en un expositor de bolsos. Pero si a pesar de todo sus cuñados le regalan un rotundo ejemplar de pascuero -me duele hasta escribir esta palabra-,  usted se verá obligado a exhibirlo en su casa.

¡Pero hombre de Dios, quítele ese maldito celofán!

Sol-ware

Computer

 

 

Leo, con el escepticismo que los años me ha pegado como brea, que el turismo ha generado ingresos por valor de 1.300 millones de euros, no recuerdo ya si en Málaga o en su provincia; y la noticia continúa desgranando datos de crecimiento constante, de mejores expectativas, de plena satisfacción de visitantes y de próximas aperturas de establecimientos al albur de tan buenos augurios. Por otra parte, leo las cifras de empleo, me indican las precariedades del sector turístico – por empleados y por empresarios – y me siento como el inocente al que le llega un spam por correo electrónico en el que le indican que ha resultado agraciado con un premio en metálico de la lotería de Microsoft, con la cara de Bill Gates sonriendo, cuando comprueba que tal premio no existe.

Si es así, resultará que el turismo es una especie de espigueo, en el que las migajas de beneficio – entendido en su más amplia acepción – quedan para pocos, algunos ni siquiera locales, y que, por el contrario genera una dependencia casi de monocultivo, una especie de remolacha azucarera que ata a la tierra y cuyo sostenimiento solo es posible a base de ayudas o sacrificios.

Así, hoteles llenos, polígonos industriales vacios, un Parque Tecnológico al que sólo le falta que afloren los carteles en caracteres chinos de todo a cien y mucha foto en la escalinata del ayuntamiento para eventos tech, con la posibilidad de que la próxima haya que hacerla en la grada de La Rosaleda para que aparezca todos “los que están”.

Me imagino una Málaga en la que “los que son” aprovechen las conexiones aéreas para trabajar entre Londres, Berlín y Guadalmar, dando otra versión del binomio sol y playa, dando otra visión a las aceleradoras, viveros, semilleros y demás retórica de cubrir el expediente. ¿No hay espacios? ¿No hay ambiente? ¿No hay quien ya lo hace?. Me imagino una Málaga, una Costa del Sol presente, no en Fitur, sino en FiTech.

Y me saca de la ensoñación una amable chica que, a las 11 de la mañana, ya me ofrece un folleto para tomar tapas en inglés. Y pescaito. También en inglés.

Estudiar

Escolares

 

 

 

 

Con una media sonrisa, al decirle que tenía que ir al Colegio de Abogados, mi hija M. me dijo no hace mucho “Papá…Tan mayor que eres ¿y todavía tienes que ir al colegio…?”. Me he acordado de esa frase al empezar a hacer cábalas, cuentas y encajes para valorar si matricularme en un curso de especialización presencial en Madrid. Otro más. Un año. Todos los jueves. Y al comentarlo con otros compañeros ( otros “sospechosos habituales” que nos hemos conocido, precisamente, coincidiendo en esfuerzos de formación)  las mismas frases de siempre: “No sé cuándo voy a ver a los niños”, “Por lo menos, son dos horitas y pico de ida y otras tantas de vuelta que puedes ir trabajando en el AVE”, “Vaya con el precio…un poco más y da para pagar un utilitario…”. Y de nuevo las horas, el trabajo ya presente y expectante, y la familia, y alargar más las noches, y enseñar a la pequeña a montar en bicicleta, y el fin de semana prometido para que jueguen en la nieve, y volver la página del calendario y que de martes pase a lunes.

A mis hijas les insisto en que estudiar solo sirve para poder elegir, y elegir solo debe servirte para ser feliz o al menos intentarlo. Físicas, cocineras, bailarinas de claqué, diseñadoras de software, pilotos de la Marina, la mejor cajera del Mercadona por elección, no por que no haya más remedio. Ojalá.

Yo tengo un padre que eligió no parar, pudiendo hacerlo. Y  ahí están las horas de la siesta con el “Niños, no hagáis ruido que papá está estudiando”, los madrugones para ir a un examen, sus libros forrados, el aprovechar cualquier rato muerto para hacer resúmenes de un tema. Y yo, siendo un pobre remedo, coloco los años acompañados de su coda: “Los cursos de doctorado, cuando iba a nacer C.”, “el Experto, con aquellas noches tan largas y de tan mal dormir”, “M. y el derecho societario”, y así, como lo he vivido y como lo he visto en otros compañeros de aula, como docente o como alumno, ávidos todos de aprender, de compartir, con la avidez de sacar hasta la última gota de jugo de aquello que te duele en las costillas de tu vida personal y en las costuras de la cartera.

Llevo un tiempo escuchando voces que banalizan la formación, la especialización, como si fuera un acto superfluo de vanidad; y también he visto quienes se toman a broma impartirla, faltando al respeto a los que han puesto en la balanza esa clase o ir al parque a que tu hijo se sorprenda con un gato que se esconde.

Unos y otros quedan fuera del enfoque. Me quedo con los que van en el AVE haciendo el “pinta y colorea”, con un dibujo de “Papá, te quiero” como marcapáginas.