Monthly Archives: noviembre 2013

La Cultura. Lo Público. Manual de Uso.

 jamescagney3

Hay dos palabras que, dichas por un político, me hacen instintivamente llevarme la mano a la cartera: “gratis” y “cultura”. Si me encuentro ambas en una misma frase, intento huir con la velocidad que me permite mi pésima forma física, y si en el mismo párrafo me encuentro el concepto “retorno”, vuelvo a repasar las condiciones para la expedición de permisos de residencia y trabajo en las Antípodas.

 El debate cultural en esta ciudad se concentra en la actualidad en tres puntos: convencernos de que somos una potencia cultural de primer orden, lo que nos convierte en un destino turístico con un atractivo indiscutible; el tradicional debate sobre valor y precio del arte, adornados por los polos de defensores y detractores y, por ultimo la credibilidad – o su falta – de las administraciones cuando anuncian, proponen o enseñan las bellas infografías, los estudios capados de rentabilidades mercantiles futuras, previstas, presuntas o deseadas.

Pasados esos años en los que los ciudadanos nos endeudábamos por encima de nuestras posibilidades – lo que llevó a las entidades financieras a tener que seguirnos el ritmo y a las administraciones a embarcarse en proyectos megalomaniacos para satisfacernos a nosotros, los exigentes y caprichosos votantes- en la actualidad el ciudadano, que sopesa si comprar una u otra lata de tomate frito como si formara parte del jurado de “Doce hombres sin piedad”, mira con un embrionario escepticismo que se gaste ahora con la esperanza de que los talentos gastados revertirán en la forma de un cuerno de la abundancia. En todo. Se mira con vértigo la factura del Metro mientras se espera en la parada del 37 su segundo advenimiento, siente un pellizco en el estómago cuando pasa por estadios cerrados, centros de interpretación o farolas de a seis mil euros.

 Pese a eso, los ciudadanos deseamos ser mejores. Es decir, asumimos y deseamos que nuestra ciudad mejore, y que esa mejora se traslade no sólo a que los comercios vendan más, sino a que los malagueños también tengan acceso a mejores instrumentos de transporte público, sanitarios, educativos o culturales para si mismos. Asumimos igualmente que todo eso cuesta dinero, y que ese dinero va a salir de nuestros bolsillos, y que corresponde a los representantes públicos decidir cuánto y en qué se van a gastar esos recursos, deseando que lo hagan con la previsión, prudencia y mesura que nos exigimos a nosotros mismos. Y posiblemente ahí reside el problema.

 La falta de credibilidad de los gestores públicos y, en ocasiones, sus maneras poco compadecidas con la transparencia y la información clara y comprensible hacen que se vea cualquier actuación como una mera distracción, como una cortina de humo, como una ocurrencia, como un medio con el que se pretende un propósito distinto. Se hable de lo que se hable y, especialmente en materia cultural, nunca perece que los datos sean completos, que las cifras sean claras, que se cuente todo lo que hay. Lo terrible puede ser que, efectivamente, nuestros gestores públicos estén contando todo lo que hay, que ya hayan agotado completamente su solvencia y que, aun cuando nos estén poniendo una moneda de oro en la mano, los veamos como al mago que, tarde o temprano, la va a hacer desaparecer.

La defensa en tal caso es de libro: todo se encubre con una excepción absolutoria perfecta: si no está a favor, – por el motivo que sea, incluso el más loable- no está a favor de la cultura, del desarrollo de la ciudad, de la prosperidad y de todo lo bueno que esa actuación va a traer a Málaga y a la Humanidad. Si no hay una adhesión inquebrantable, un “trágala”, le van dando a la salida el carnet de enemigo del pueblo. Hasta quienes suponemos que debieran velar por que los ciudadanos puedan saber con datos y detalles, con una visión crítica, se suman a los entusiasmos o, en el mejor de los casos, condicionan lo esencial a lo accesorio: “Aunque el proyecto no goza de la transparencia necesaria, no se conocen con detalle su coste real, plazo de ejecución e implicaciones, no se puede negar que se trata de una actuación beneficiosa.”

 Pues no, oiga.

En lo público no puede haber letra pequeña. En lo público no puede haber cláusulas oscuras. En lo público no puede haber ocurrencias pendientes de “ya lo iremos viendo”. En lo público el gestor tiene que demostrar y ganarse todos los días, en todos los proyectos, su credibilidad.

 Pasa en todas partes, en todas las administraciones, a todos los niveles, sin duda. Pero especialmente en Málaga, no puedo evitar tener la impresión de que a la novela que nos leen siempre le faltan dos o tres capítulos. Y, habitualmente, son los más jugosos.

El Ofensor del Lector

Al principio creímos que se trataba de un bebé abandonado en la puerta de nuestras lujosas oficinas, que alguien hubiera confundido con la Inclusa. Pero descubrimos que pedía gintonics, tabaco y la palabra. Esto último nos desconcertó y decidimos acogerlo en nuestro seno.

Esa  es la tópica actitud de película americana en la que alguien escucha un ruido de cristales rotos en su casa, de madrugada, y en lugar de llamar a la policía, coge un pollo de goma – o algún objeto igualmente inútil pero menos divertido –  y decide bajar a ver que ha ocurrido. Normalmente acaba asesinado, descuartizado, suscrito al Círculo de Lectores, apuntado a un gimnasio o comprando algo de la Teletienda. Pues más o menos lo mismo.

Sabemos que nos arrepentiremos profundamente de esta decisión, y que él hará lo posible y lo imposible para ello, pero desde hoy contamos con la superflua y prescindible opinión de @capitan_ahab, que dispondrá de sección propia (“El Ofensor del lector”, que nadie se lleve a engaño y no digan que no avisamos), bajo su estricta responsabilidad pero con el pasmo garantizado del Comité de Conducta de TheChestertones si continua con su habitual comportamiento. Y nada indica que, a estas alturas, vaya a cambiar.

Pasamos a transcribir, su presentación.

Con todos ustedes, @capitan_ahab, el flamante Ofensor del Lector.

Y que Dios se apiade de nosotros.

Julian

El ofensor del lector.

Hasta el momento, en este blog lo único que se podía encontrar era buen gusto, buenos textos, pulcra edición, buenos modales y buena educación. Una mierda intolerable. “Y Lot les dijo: Oh, así no, mi Señor.” (Gn 19,18) Pero no sufran más, ya estoy yo aquí para arreglar este desvarío. A partir de ahora, desde esta sección, trataré de ofender imperdonablemente su buen gusto, su pudor, sus creencias, su inteligencia y si fuera necesario incluso a su santa madre, y lo haré además de una forma absolutamente gratuita, destemplada, inapropiada e injustificable. “Bendito sea aquel cuya transgresión es perdonada, cuyo pecado es cubierto”. (Salmo 32).

Y puede que no sea una tarea fácil esto de indisponerle de las meninges, pero, sin pecar de inmodestia, puedo decir que no me faltan numerosos testimonios de prestigio avalando mi absoluta falta de clase y pudor, lo sumamente vulgar y escatológico de mis comentarios, lo traído por los pelos de toda mi argumentación y lo gratuita y facilona que resulta mi grosería. Afronto pues el reto con la confianza que me da mi trayectoria. Pero no puedo dejar de señalar, sin embargo, que no me embarco en esta tontería solo por pura maldad y chabacanería; me resulta en todo modo necesario, obligado y hasta vital evitar también que una legión de lectores de este mejunje sentimentaloide se vuelvan medio gilipollas con tanta pamplina chestertoniana y astringente, y acaben vagando como idiotas por toda la ciudad pertrechados con un libro de poesía y unas ridículas gafas de pasta, acabando con toda seguridad algún majadero, ensimismado de poesía, estampado brutalmente contra mi capó. Y eso sería sin duda terrible, no teniendo al día el seguro, y siendo en el banco persona non grata con perspectiva negativa.

Y para evitar un desastre así trataré, con toda mi falta de perseverancia, de mantenerles bien alejados de la funesta influencia de tanto baboseo tipo “puedo escribir los versos más tristes esta noche” y de tanta tontería de “ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda”, y les llevaré a beber de las fuentes verdaderas, aunque para ello les tenga que brumar las costillas. Y así, quieran o no, leeremos a Quevedo “No hay contento en esta vida \que se pueda comparar \al contento que es cagar.”, a Cervantes “Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo. – Si tengo –respondió Sancho-, mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca? -En que más que nunca hueles, y no a ámbar”, a Chandler “era una mujer cuatro tallas mayor por debajo de la cintura”, a Cela, a Wenceslao Fernández Flores y por supuesto la grandísima y capital e imprescindible obra de Kathleen Meyer, “Cómo cagar en el monte”.

Y todo ello lo haremos con tal falta de tacto, eufonía y decoro que espero que con toda seguridad borre de su mente cualquier resto del comistrajo erudito, vacuo y goteante de esta bucólica pandillita de eunucos malcriados. Todo ello, naturalmente, si Dios lo quiere y alguien no me ofrece antes más de los 100 chelines la pieza que me pagan estos míseros y lamentables vates. Va por ustedes.

Lo empírico. Bar Zurich. Avenida Pio Baroja, 12. Echevarria del Palo. El Palo. Málaga.

Zurich

 

Para Enrique, que acepta con naturalidad el error de ser amigo mio.

Al final, la vida resulta que es equivocarte, aunque parezca lo contrario. Posiblemente nuestra vanidad como humanos nos lleva a pensar que fuimos capaces de elegir valorando todas las variables, y así optamos por la mejor solución, y ésta es la que nos ha abierto las puertas de la libertad, porque creemos que somos libres de elegir, y, como dijo Camus, libres para tener la oportunidad de ser mejores.

Je.

Es un razonamiento tan bondadoso que merecería estar en algún programa electoral, y con la misma utilidad práctica, porque el tiempo te demuestra que la única libertad que ampara al ser humano es la de buscarse su propia ruina, sin siquiera garantía de que la vaya a encontrar.

Es en el error, y no en el acierto, el brumoso terreno en el que nos movemos, tomando decisiones a oscuras y pasando de largo las advertencias en cada cruce de caminos, con la insolente seguridad al volante de quien no tiene ni idea de a dónde ni por dónde va, pero que pisa el acelerador a fondo, hasta que llega a los blancos acantilados de Dover, al cañón de Thelma y Louise o al cartel de “Carril cerrado por obras. Disculpen las molestias”. Thelma y Louise lo tenían claro, porque eran esclavas de un guión y se acababa el metraje, pero al resto de los humanos nos toca dar la vuelta y seguir buscando alguna otra via, con el riesgo, pequeño, nimio, casi de laboratorio pero siempre presente de que acertemos.

A estas alturas del texto ya habrá quien contemple su vida como un historial de decisiones correctas.

Tranquilos.

No hay motivos para preocuparse: las actuaciones y caminos escogidos decisiones que hoy parecen correctos mañana se revelarán como errores monumentales y, en todo caso, Burton Malkiel ya anticipó que un mono tirando dardos con los ojos vendados a la lista de acciones del Wall Street Journal tendría más éxito en sus inversiones que las derivadas de consejos de sesudos expertos. Haga lo que haga, va encaminado al error y, posiblemente ya esté en él, solo que todavía no se ha dado cuenta, piense que se trata de un error que puede corregir con paciencia y sacrificio o, simplemente espere a que un segundo error le puntué como un acierto.

Relájese: todos nos equivocamos.

 Lo verdaderamente bello es equivocarse con castillo de fuegos artificiales, banda de música, majorettes, lluvia de confeti y alcalde entregando en el estrado la llave del error, en una instantánea inolvidable que le hará esconderse bajo la cama durante dos temporadas para, tras ese purgatorio, salir con renovados votos y cautelas para volver a errar.

Todos nos equivocamos, insisto. Hasta los políticos, que piensan que la ciudad de Málaga es un todo único, sin fisuras, una unidad del destino en lo universal y en la admiración de la elegante iluminación navideña. Málaga es sólo una.

Sin embargo, esa unidad aparente no soporta un mínimo análisis, y un corto viaje hacia el este geográfico nos demuestra su error rampante: pasado el Jaboneros, hemos entrado en El Palo, nuestro Pimplico sin aduanas, allí donde sus habitantes hacen el esfuerzo de “bajar a Málaga” si no hay más remedio, y que vuelven de inmediato como perseguidos por la caballería austrohúngara.

 Motivos para su independencia hay, aunque no hacen causa de ella, que va de suyo y sin necesidad de invocarla, como de derecho son las quejas por su abandono de la mano de las autoridades municipales, que suscribo y apoyo sin fisuras como paleño residente que fui: ahora que se habla del Programa Erasmus como vehículo para ver mundo, yo estudié en el caserón que albergaba la Facultad de Derecho y esos años si que fueron de inmersión en una realidad distinta, afectuosa y cercana.

Ser paleño “honoris causa” me permite acceder a muchos de sus secretos y, entre ellos, está el Zurich.

Indiferente a ser reconocible o no por quienes no estén avisados, el Zurich podría pasar por un bar más, de los muchos que hay en Echevarria del Palo  – microcosmos comercial como todos los “Echevarrías” de Málaga – cumpliendo con el requisito chestertoniano de muchos de los grandes, que nos confunden haciéndonos creer que son extraordinariamente pequeños. Un sitio en el que la guarnición de patatas fritas es de patatas fritas de verdad (de las de madre que corta patatas con la eficacia de un cirujano estajanovista) merecería sólo por eso una mención entusiasta en este rincón. Pero añadan una ensaladilla rusa notable, un pulpo a la gallega extraordinario, flamenquín casero de verdad – una rara avis -, delicioso rabo de toro y mucho más, bueno y casero. Nada tan casero como una barra con esquinita en la que se puede concentrar un grupo, cuatro mesas dentro, cuatro mesas fuera y cuatro fuera, cañas bien tiradas y una esencial selección de vinos dan para la carta fundacional de un territorio independiente al que fugarse sin necesidad de pedir visado.

Como Australia, pero cogiendo el 11.

La amabilidad perdida

La amabilidad es un valor en franca decadencia.

Ya es tendencia que los desabridos alcancen las posiciones más relevantes.  La sociedad interpreta que si usted saluda, dialoga y agradece sinceramente, entonces es un pusilánime destinado a papeles secundarios. Por contra, si se muestra altivo, faltón y desconsiderado, muchos verán en usted a un líder inquebrantable. Cuando alcance la suficiente maestría en el uso de la soberbia y el desdén podrá llegar ser ministro, presidente de un banco o director general de una empresa pública.

Pero el líder del tiempo presente no debe caer en la simpleza del uso indiscriminado de la acritud; los malos modales funcionan tan sólo hacia abajo en la escalera de los intereses político-económicos y serán inversamente proporcionales a la simpatía y adulación que deben ser extendidas hacia el escalón superior.

Así que  si usted aspira a morar cerca del poder olvide el genuino respeto al prójimo por la mera razón de serlo. No desperdicie tiempo y energía siendo amable  y considerado con cualquiera. Claro está, salvo que encuentre un excelente motivo para serlo.

¡Qué fluya el chi! Restaurante OLEO. Centro de Arte Contemporáneo. C/ Alemania. Málaga

oleo 

 

Dejó dicho Anatole France “Es posible que me hubiera aniquilado la tristeza, si no me reanimase la facilidad que tenía para descubrir la parte cómica de las cosas.” Y es cierto que el humor – el buen humor – es una actitud que debe uno echarse al bolsillo todas las mañanas, porque de lo contrario no hay manera de sobrellevarse.  Y es el humor lo que convierte una decepción en una enseñanza, un traspiés en una cabriola y una grave admonición en un discurso recordable. “Castigat ridendo mores” es la mejor enseñanza para quienes han de estar en el oficio de señalar el camino correcto; dejando para  los demás, los que no tenemos vocación de padres de la patria, cualquier letra de Kiko Veneno, que nos enseñe que es más liviano ser un lobo bueno.

 

Al fondo de la pena siempre hay sitio, por lo quecreo un deber cívico aligerar la vida propia y ajena con el ingenio que no hiere, y frente a la vida como “cosecha de inextinguibles remordimientos”  según afirmaba Conrad, la vida debería seguir el dictado chestertoniano del humor: “la locura por la locura, igual que el arte por el arte o, más exactamente, la belleza por la belleza”.

 

Es cierto que trabajar en Alameda de Colón puede ser un mal comienzo para afrontar la vida con buen humor, por mucho que ahora exista una obstinada repetición de que vivir aquí ( me incluyo, que, al fin y al cabo, paso más tiempo aquí que en mi casa) sea vivir en un paraíso de creatividad, arte, ambiente cultural, locales pujantes y jazmines en el ojal. Olvidan el SARE benéfico, sus gorrillas uniformados en horario extra SARE, una diligente ronda de extraordinarios funcionarios policiales que cuando estás esperando a que salga un coche para poder aparcar te inmortalizan en una foto para que recuerdes ese extraordinario momento y se la enseñes a tus nietos, un IBI de cinco estrellas gran lujo, que te llena de orgullo y satisfacción por la contribución a las arcas municipales, o disfrutar de la variada gama de olores procedentes del Guadalmedina, que te reconcilia con el azufre.

 

Si. El Barrio de las Artes. Una risa.

 

Pero como todo es equilibrio, como debe fluir el chi y que no nos reviente la vena que hace tam-tam en la sien, más allá del Mesón Ibérico, donde muchos creen que hay un cartel que avisa del final del comer civilizado, está el Restaurante Oleo.

 

Situado en la planta baja del Centro de Arte Contemporáneo ( CAC ), presenta una interesante oferta que mezcla a partes iguales una carta llamada “mediterránea” y otra de “sushi bar”.  Si bien la distribución y formato de la sala es demasiado nórdica para una comida con risas y, a la vez, demasiado expuesta para una cita romántica, el conjunto es agradable. Su condición de restaurante  que merece la pena conocerse y, a la vez, cafetería del CAC supone en ocasiones una confusa mezcla en las mesas más cercanas a la barra. Dispone de una excelente terraza extraordinariamente soleada en la que comer o disfrutar la sobremesa, especialmente en otoños atrasados o primaveras adelantadas, y la explanada estilo URSS que se extiende frente al CAC permite  el esparcimiento infantil, sin perderlos de vista.

 

La carta dividida permite repartirse en ambos “palos”. el castizo y el oriental. Buenas entradas, que permiten compartir, con unas patatas bravas muy significativas ( en un erial de bravas como es esta ciudad), ensaladilla rusa notable y acertadas croquetas y un sobresaliente ceviche de jurel sobre media lima . Fuera de la carta se nos ofreció atún picante, un tartar abundante pero al que faltaba el apellido, porque picar picaba poco ( y compartía, o al menos eso pareció, la salsa de las bravas). La parte oriental resultó aún mejor: la sugerencia de uramaki de pez mantequilla fue acertada, como el California roll, fijo en carta. La carta de vinos es ajustada en líneas generales, sin apuestas arriesgadas, con vinos de la D.O. Sierra de Málaga – como ya va siendo de ley – así como de otras Denominaciones de Origen interesantes ( Bierzo, Valdeorras, Sierra de Guadiana o Jumilla) además de las más frecuentes de Rioja, Ribera de Duero o Rueda. Tienen una pequeña sección de espumosos, con tres cavas ( dos de ellos se pueden consumir por copas) y dos champanes, que en mi opinión considero innecesarios.

 

Muy buena materia prima, cuidada elaboración, servicio correcto y si estira el cuello, desde algunas esquinas, puede ver los graffitis de Obey y comentar que su cuñado los hace mejor, más grandes y más bonitos. ¿Se puede pedir más para ser feliz?

 

Manifiesto

Blade LaMalagaModerna

 

 

MANIFIESTO DE LA MALAGA MODERNA

 

Nos hemos preguntado si para vivir bien en Málaga, más allá de los tópicos de la bondad de su clima, la simpatía de sus ciudadanos y la belleza de sus atardeceres, era necesario emigrar a Australia y echarla de menos. Los problemas para la obtención de visados o de la propia residencia, atendidas nuestras profesiones y empeños, nos han llevado a abandonar ese plan, quedarnos e intentar reflexionar sobre si hay algo que cambiar en Málaga, qué debería cambiar y qué ciudad nos gustaría encontrarnos dentro de cincuenta años.

 

Queremos ser, por tanto, una via no dogmática de debate y propuestas, no una máquina de lanzar panfletos al tuntún. Como no nos pagan por este empeño, lo haremos con cariño y de forma errática. A veces, casi inexistente, fijándonos en pequeñas cosas, proponiendo ejemplos nimios o intentando, con una actitud abierta y respetuosa, cambiar las propias reglas de los debates que, a veces, se suscitan en la ciudad.

 

No servimos a ningún interés, más que al interés de mejorar la ciudad; no elaboraremos ningún Plan Director, ni posiblemente seamos llamados por los poderes públicos para conocer nuestra opinión, máxime porque nuestra función no es alimentar opiniones, sino facilitar que las mismas se manifiesten y se contrasten.

 

Rechazamos el lonchafinismo argumental, ligado directamente al panfletismo. Entendemos que la respetabilidad de las ideas o de las propuestas tienen que venir sustentados en argumentos y datos, expuestos respetuosamente y debatidos si excitan la controversia. Nos parece más interesante una conversación a dos que un megáfono a mil. Más que nada, por el ruido que hace el megáfono. Queremos oir proyectos, no ocurrencias que se agotan en el mismo instante en que se dicen, de mayor trayectoria que el de formar parte de un programa electoral.  

 

Las conclusiones serán las que cada uno sea capaz de extraer. Las opiniones, las que cada uno sea capaz de argumentar y defender. Las consecuencias puede que sean las de, al menos, cambiar las formas de extraer conclusiones, sustentar opiniones, aparejar argumentos o defender los mismos.

 

Como dijo Chandler, “Me gusta la gente con modales, algo de intuición social, una educación ligeramente por encima del Reader’s Digest, gente cuyo orgullo de vivir no se exprese en sus aparatos de cocina o en sus automóviles”. Son a quienes queremos oir, con quieres queremos hablar.

 

 

 

Lo que la vida te enseña. Restaurante Frutos. Avenida Riviera, 80 Los Alamos Torremolinos

 

ensaladilla-frutos-baja

 

No considerándome un hombre virtuoso, en todas las acepciones que la palabra permite, creo que soy una persona agradecida. Y lo creo fundamentalmente porque me paso la vida entera pensando si he dado las gracias a todos quienes, en lo grande o en lo pequeño, han hecho algo por mi. Parece sencillo, pero no lo es, porque dar las gracias es un arte, como saber escuchar: no basta con hacer, sino que hay que sentir. De la misma manera que hay “Buenas tardes” que se devuelven con tal desgana que uno reflexiona sobre si debieran los simios colocarse en la cima del proceso evolutivo, hay gracias que se dan que parecen una cuña publicitaria: “Muchas gracias. Ya es primavera en El Corte Inglés”.

 

Ya hemos cumplido.

 

Ese “cumplir” se extiende al regalo, y lo relaciono con los agradecimientos sinceros y los que no lo son. Los mejores regalos que he recibido, y los que con más cariño he hecho han sido nimios en cuanto a su valor, pero grandes en su afecto y efecto: un perfume mencionado, una primera edición de “Amor se escribe sin hache” de Jardiel, una pluma Kaweco que conservo impecable en su soberbia manufactura de la Alemania comunista, un libro que alguien leyó y pensó que me gustaría, o un recorte de prensa. “Lo he visto y me he acordado de ti”. Por eso, y a estas alturas, es buen momento de devolver agradecimientos de compromiso y regalos de salir del paso con un “No se merecen”, porque no se merecen los descargos de deuda, cuando nadie va a exigir esa deuda, y casi a contrario, es el destinatario de las gracias sin gracias quién debe estar agradecido. Decía Dostoievski “¡Hay gentes a quienes damos las gracias sólo por haberse atravesado en nuestro camino!”, posiblemente por darnos la oportunidad de corregir el rumbo, ponerse a toda máquina en la dirección contraria y no parar hasta Auckland.

 

Uno de los efectos previstos en la posología del agradecimiento es el buen recuerdo. Para los que tenemos una memoria de paquidermo, el recuerdo amable es un agradecimiento de larga duración, como el malo es un tatuaje indeleble en los nudillos o llevar el reloj en la mano contraria: en todo momento está presente y susurra una sonrisa o un escalofrío por la espalda.

 

Y al hilo de la gratitud, a Frutos le debo un agradecimiento primero de ser el sucesor en mi memoria más amable de ese restaurante que fue La Alegría, posiblemente porque asocio ese respeto sacramental al producto, al cliente y al servicio que allí se dispensaba con el que siempre he observado y recibido de la mano de la familia Herranz. Los mayores me hablan de la barra de La Alegría como un cuerno de la abundancia donde el aperitivo reunía a lo más granado de una Málaga burguesa, y no puedo menos que imaginar que debió ser como la barra de Frutos, autopista de ocho carriles de jamones inolvidables, croquetas sacramentales y ensaladilla rusa, entre otras pátinas. Sobre este punto, no se si la ensaladilla de Frutos es la mejor de España, pero nadie puede opinar sobre qué ensaladilla rusa lo es sin haber probado antes la de esa casa.

 

Sus productos son inmejorables, no sólo por tamaño ( aplican como regla de medida un bolígrafo, que debería sustituir al metro de platino iridiado) sino por la extraordinaria calidad. Me detengo en sus ostras, siempre buenas y en su steak tartar, elaborado a presencia del comensal, a la manera clásica y al que aún no he encontrado otro que le haga sombra, como podría detenerme en cualquiera de los platos de su carta. Restaurante de sobremesas pausadas, en las que siempre hay alguien haciendo el negocio de acabar sin prisa un Old Parr y en el que, cuando se podía fumar, recuerdo haber disfrutado del mejor habano que mi memoria de exfumador alcanza: un Trinidad que permitió una fumada en la que arreglamos tres veces la economía mundial y encontramos por fin la felicidad humana.

 

Su carta de vinos es excelente en todos sus extremos, celosamente vigilada –en todo detalle, como no podría ser de otra manera – por Armando, que se puede revisar en su web, ordenada en cuatro categorías ( Fondo de bodega, Un capricho, Una ocasión especial y la sección para curiosos) y que cumple las mejores expectativas.

 

El servicio es clásico, atento y discreto, haciendo que el cliente se sienta cómodo en la distancia milimétrica de un camarero aparentemente invisible, y la facilidad de su aparcamiento propio, suman y siguen  haciendo que Frutos, con su situación de parada y fonda, donde la carretera todavía no ha conseguido convertirse en ciudad,  sea un establecimiento en el que renovar los votos con frecuencia.