Monthly Archives: octubre 2013

La vida después de la muerte

el septimo sello

 

 

Desde entonces viene a visitarme todas las noches, en la oscuridad, envuelta solo en la anaranjada luz de las lámparas de sodio de la calle, en esta habitación donde mi daltonismo no distingue ningún color.

–¿Quién eres? –le pregunto.

Intento reconocerla en sus distintas caras que son las mismas que me han rechazado y abandonado tantas veces. Es ahora la de la belleza pálida -la inalcanzable y mi deseada- la que me está mirando con sus ojos de cualquier color. Sus ojos son espejos donde he visto reflejado todos mis errores cometidos y todos los que he prometido tener la torpeza de volver a cometer.

–¿Vienes a por mí? –insisto.

–Llevo mucho tiempo caminando a tu lado, desde que naciste. –De sus labios sale una extraña voz, una vibración eléctrica que no concuerda con el movimiento de sus labios ni con lo que oigo–. ¿Estás preparado? –me pregunta notando mi sobresalto.
–Nunca se está preparado para esto –le contesto–. Los animales buscamos cualquier escapatoria, esperamos estar acorralados para no tener que elegir entre una de las salidas y ahora vienes tú, a cortarme la última.

Siento un mareo, un sudor frío, como fiebre, una caída a un precipicio. De pronto me encuentro en una habitación con unos amigos.

–Últimamente tengo un sueño recurrente –comienzo a hablar interrumpiendo la conversación– Sueño que me muero, en un accidente de coche o en una caída, y al rato me encuentro dentro de otro sueño, en él que descubro que el anterior era un actor de película y en realidad no moría.

 –La muerte es una metáfora de cambio –comienza a hablar, está aquí también, entre mis amigos– estás manifestando que quieres cambiar, pero en el fondo no quieres deshacerte de lo que tienes.

Miro sus manos y hasta eso me parece un tópico: dedos huesos y uñas largas.

-Tú juegas al ajedrez, ¿verdad? -me sobresalto al oírme unas palabras que no han salido de mi garganta.

-Juego muy bien, no creo que seas tan bueno como yo -Veo lo que dice su rostro: desprecio. Me ve viejo, piensa que ya solo puedo ofrecerle un juego de mesa- ¿Para qué quieres jugar conmigo?

–Juguemos, las negras para ti.-le digo- Es lo lógico, ¿no te parece?

Todas las noches juego con ella,  me dice que si la acompaño iré a un sitio mejor, pero me aferro a esto y todos los días intento arañar un poco más de tiempo para no tener que deshacerme de lo que creo que tengo.

carrusel

Magia para aficionados

 

houdini-vs-the-robot

 

 

“Todo efecto mágico consta de tres partes o actos. La primera parte, es la presentación: el mago muestra algo ordinario, una baraja de cartas, un pájaro o una persona. El mago lo exhibe, os puede invitar a que lo examinéis, para que veáis que no hay nada raro. Todo es normal. Pero claro, probablemente no sea así. El segundo acto es la actuación: el mago, con eso que era ordinario, consigue hacer algo extraordinario. Entonces intentareis descubrir el truco, pero no lo conseguiréis, por que en el fondo, no queréis saber cuál es. Lo que queréis es que os engañen. Pero todavía no aplaudiréis. Que hagan desaparecer algo no es suficiente, tienen que hacerlo reaparecer. Por eso, todo efecto mágico consta de un tercer acto, la parte más complicada de este acto, es el prestigio.”

 

Todo es normal.

Lo que queréis es que os engañen.

La parte más complicada de este acto es el prestigio.

 

Hoy ha sido un día perfecto para beber sangría en el parque.

Un día perfecto
bebemos sangría en el parque
y después, cuando anochece
vamos a casa.

Un día perfecto
damos de comer a los animales en el zoo
después vamos al cine
y volvemos a casa.

Oh, es un día tan perfecto
Estoy contento por haberlo pasado contigo
Oh, es un día tan perfecto
haces que me sienta a gusto.

Un día perfecto
nos olvidamos de los problemas
Domingueros de nosotros mismos
es tan divertido.

Un día perfecto
Haces que me olvide de mí mismo
Creí que era alguien diferente
Alguien bueno.

Oh, es un día tan perfecto
Estoy contento por haberlo pasado contigo
Oh, es un día tan perfecto
haces que me sienta a gusto.

Cosecharás lo que has sembrado

El paripé

 

 

 

Magia

 

paripé.

(Del caló paruipén, cambio, trueque).

m. coloq. Fingimiento, simulación o acto hipócrita.

 

Reconozco que soy un ciudadano desinformado: me ha costado un extraordinario esfuerzo romper con las rutinas de leer un par de periódicos al dia, oir la radio o ver los informativos de la televisión, aburrido de encontrarme consignas de uno u otro signo, ideas fuerza digeridas para su consumo inmediato o estímulos bastardos para conseguir una reacción en el último terminal de la red nerviosa de un gabinete de comunicación, que es el ciudadano-consumidor.

Supongo que quienes actúan en la industria de la información han valorado que los destinatarios son sujetos acríticos, adscritos a una opinión, cautivos de unas ideas, ajenos a reflexiones complejas, ante los que basta agitar una bandera para que formen detrás de ella. Parece que funciona, por mucho que algunos nos hayamos escabullido, como si fuéramos esos personajes extraños de las novelas de ciencia ficción que son el error en la fórmula perfecta de la felicidad.

Hay veces en los que los hechos, disfrazándose de noticia, te atropellan, por mucho que intentes evitar el golpe. Ves inadvertidamente – ¡no pude evitarlo!- unas imágenes de alcaldes encerrados en una dependencia oficial, te cruzas por la mañana, cargado de tomates y peras, con un grupo de manifestantes con pancarta y por la tarde lees que ha habido una tangana. La respuesta a la tangana ha ido en la misma dirección pero en distinto sentido, según los unos o los otros: como en los partidos de fútbol –  el defensa alza los brazos al cielo, se rasga las vestiduras y se echa ceniza en la cabeza clamando contra lo que dicen que fue una entrada antirreglamentaria, mientras que el delantero se retuerce de dolor en el suelo, mirando por el rabillo del ojo si toca ya o no levantarse como un muelle – cada cual ha adoptado su rol, ha levantado la bandera y la opinión manifestada se ha abierto en dos, como el Mar Rojo ante Moisés.

Todo paripé. Los unos y los otros. Clamar por el impago, impagar, teatralizar un conflicto, hacer como que no existe, entregar una carta, negarse a recibirla, ser impertinente para que no parezca que soy pusilánime, rechazar con energía la impertinencia, para que no piensen que soy pusilánime. Así, hasta la nausea.

Luego, los debates interminables con 140 balas, el tamaño de la consigna. Y acabado su breve ciclo vital, las partes a su rincón, con la satisfacción del deber cumplido.

El problema está cuando ya se ve el truco, cuando ya no hay suspensión de la incredulidad, cuando sabes que el serrucho no corta realmente a la ayudante del mago, cuando los de una trinchera y la otra se acercan a la tierra de nadie – cada dia más poblada – se intercambian cigarrillos y se preguntan eso de “Bueno …¿y yo que hago en ese agujero pegándole tiros a este señor que está tan preocupado y tan jodido como yo?”.

Si hay algo que agradecer a este teatrillo es haber sembrado y regado con generosidad el brote de escepticismo. Que igual no pasa de brote, pero que nos permite hacer una mueca cada vez que vemos el anticipo de un paripé, dar la vuelta y dedicarnos a otros afanes.

 

 

 

 

 

Haciendo SOHO: Mesón Ibérico. C/ Pinzón esquina con C/ San Lorenzo. Málaga.

 

Jamón

 

 

Cuando yo empecé a transitar la Alameda de Colón, todavía aparcaban allí las “lecheras” de los nacionales, que vestían de marrón como Elsa vestía de azul en el famoso diálogo de Casablanca. Recuerdo que cuando desmantelaron la comisaría salió de allí el atrezzo completo para una película de cine negro, con archivadores que debían esconder una botella de Fundador y un cartón de Goya, flexos con dos dedos de nicotina y algún bigotillo tardofranquista de gobernador civil.

 

Como zona portuaria, con los negocios que le resultan propios, no era extraño ver a un marinero ruso recién desembarcado queriendo cambiar en un bar una mastodóntica radio de válvulas por dos botellas de Larios de consumo inmediato o, en la noche, ver al mismo con la radio a cuestas intentando cambiarlo con las lumis de la zona por algo de consumo inmediato que no fuera de la marca Larios. El Mercado de Mayoristas a la espalda era una semiruina urbana en cuyos alrededores se podía aparcar y parecía que incluso había menos mosquitos. La Alameda de Colón era un microbarrio de inquilinos de renta antigua,  despachos de abogados y colegios profesionales.

 

 Todo ha ido cambiando hasta convertirse en una via de tráfico rápido, con luz de mar y palmeras, límitada por atrás por el CAC milagroso y por delante por la paz seráfica del SOHO, el barrio de las artes, los émulos de Banksy y los hipsters, a los que aun estamos pendientes de ver y recibir con banderas de mostachos.

 

 Pepeluis, que es el dueño del Mesón Ibérico, lleva haciendo SOHO desde la Feria de Agosto de 1992. Primero en calle Vendeja, como encargado de un establecimiento sin cocina y posteriormente en su propio local, con cocina, hijos, barra y comedor, que se llama Mesón Ibérico. En pocas ocasiones un nombre cuadra mejor a un establecimiento, porque pudiera pasar por un homenaje permanente al cerdo ibérico y sus productos: con los jamones colgados en estado de revista y la esquina del corte, que habita Pepeluis y su espectáculo de corte;  los colegios debieran organizar excursiones para ver como maneja el cuchillo, y verlo preparar un jamón para el corte debiera ser troncal obligatoria en cualquier escuela de hostelería. La copa va con tapa, la barra – permanentemente ocupada – muestra los productos de inmediato consumo y por el ventanuco se ve una cocina frenética del que salen platos como balas de una ametralladora Maxim.

 

  Todo lo que tiene es bueno, y como bueno que es,  lo vende y lo cobra;  pero entre ofertas de vinos, aciertos a compartir y la comodidad de un establecimiento bien atendido y servido, se componen rondas que siempre dejan satisfecho. La chacina y quesos, pescado chico y marisco son excepcionales, como sobresalientes la mayoría de las tapas frias que se ven en barra, aunque su ensaladilla rusa no sea mi preferida.

 

 Reservar mesa es obligatorio, porque llena como los espectáculos de Broadway, pero siempre se puede esperar en barra, compartir conversación, risa, una tapa y una copa de Tio Pepe, a cuyo descorche de media siempre me viene a la memoria la frase de Don Jose María Revello: “Y así vamos pasando el rato”. 

Saul Leiter. Me gusta cuando callas porque estás como ausente.

 

image

Me gusta cuando callas y estás como distante. Detrás del cristal imagino no conocerte. Soy un mirón de ojos furtivos, ojos ladrones sedientos en la casa, ojos como huracanes devastadores de todo obstáculo. Mis ojos vuelan violentamente por el cuarto hasta encontrar su tesoro añorado. Y entonces se postran y te acarician, para adorarte en tu trono resplandeciente.

Te acaricio con los ojos como un soplido, como el aire saliendo de mi boca, apartando tu fino pelo rizado cuando mis dientes se acercan a morder tu oreja.

Te acaricio con los ojos como mi lengua resbalando por tu cuello, con la saliva en la punta, buscando desesperadamente donde cerrarse en un beso, mojándote hasta encontrar la meta en la esfera brillante de tu hombro.

Te acaricio con los ojos como la sombra protectora acurrucada bajo tu pecho, proyectada indolente sobre tu barriga, dibujada como el pico perfecto de un monte en tu piel de duna.

Te acaricio con los ojos como se desliza mi lápiz, entre la suave curvatura de tu vientre tenso y la línea perfecta del pelo tu pubis, para resolver la ecuación exacta del punto de gravedad de mi universo.

Te acaricio con los ojos como el ciego huele el bosque, perdido durante horas, solo guiado por el olor, maravillado por todos las sensaciones; para, al final, dejarse atrapar entre la simétrica suavidad de tus piernas.

Mi lugar favorito del mundo está aquí, frente a esta ventana, en esta luz de media mañana, cuando apenas ha empezado a calentar el día. Aquí, donde no me importa nada, solo estoy atento al estremecimiento profundo de tu carne recién desnuda producido por la caricia de mis ojos.

No mereció la pena.

 

 

la foto

 

 

Si algún día alguien me preguntara si mereció la pena, contestaría que no.

Que no la mereció. Que no  mereció tanto sufrimiento, tanto desgarro, tanto dolor, tanta ausencia, tanta espera, tanta decepción, tanto desdén vestido para la ocasión. Por cada segundo en el éxtasis han sido días en la más profunda sima del infierno, en la nada, viendo como todo sin excepción se derrumbaba a mi alrededor. Te sigo buscando, si. Pero como un yonki, que ya no encuentra placer sino hábito que desprecia, que le muestra ante el espejo a esa persona que pudo ser y no fue, que vive por y para esa adicción que ocupa su búsqueda de la mañana a la noche. Por todas partes te veo, te sigo, te noto, te busco, pero nunca logro atraparte: como en un sueño te escapas como una brizna de niebla, siempre en el último minuto, siempre en el peor momento, siempre dejándome helado con tu ausencia.

 

Te necesito, me desprecio, me desprecias, no me necesitas.

 

Crédito: ojalá jamás te hubiera conocido.