Monthly Archives: septiembre 2013

Cinema Chestertones IV

El otro día encontré esta foto. Me gusta mucho, tanto que me ha hecho recordar otros tiempos. Casi no me reconozco, a vosotros, en cambio, si.  Estamos muy elegantes y alegres, cómo éramos antes. Recuerdo, con un poco de tristeza, lo bien que lo pasábamos. Ya no vamos a fiestas como esa; mejor dicho, ya ni siquiera nos vemos. Os echo mucho de menos.

El sitio era especial. Pero, esa noche, después de la fiesta, pasó algo, tan terrible, que al día siguiente tuvieron que cerrarlo. Volvieron a abrirlo años después. Solo cambiaron la moqueta y lo pintaron un poco; cómo pasa siempre en estos casos, ha perdido el encanto.

image

Ana y el café

1378673682_0Los españoles somos mundialmente conocidos por nuestra extraordinaria facilidad para el aprendizaje de idiomas. El que más y el que menos tiene un tío que emigró a Francia y al cabo de cinco años ya podía comprar el pan y preguntar la hora en francés. No hay más que oír a D. Emilio Botín que lleva cinco décadas pateando la la City para darse cuenta que en España hemos nacido para los idiomas.

Usted mismo, querido lector, ha devorado compulsivamente las obras completas de Dickens -por supuesto, en inglés-. Sus amigos le imploran que recite una vez más aquel poema de Kipling que memorizó con sólo seis años. Qué decir de aquella ocasión en la que aquel cliente británico le preguntó cuántos años llevaba viviendo en España al confundirlo con un compatriota por su impecable acento.

En este contexto de bilingüismo es natural que todos hayamos saltado como hienas sobre un cadáver tan exquisito como el de Ana Botella. Manadas de filólogos y lingüistas desgarrando ese vestido a lo Kelly LeBrock para devorar sus vísceras. Legiones de traductores e intérpretes apartando las perlas con sus garras para alcanzar su yugular en un pantagruélico festín de Babel.

Es natural. Un país de eruditos no debe tolerar la mediocridad.

Licor de Polo

Oh_what_lovely_war_spfl251

 

 

Dejó dicho Chesterton que “La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta”, y posiblemente hizo esa reflexión pensando en nosotros, los españoles. Sin llegar a creer que somos una especie de raza de superhombres, ni de sacar del cajón los ejemplares de Hazañas Bélicas, sólo habría que asomarse a la pequeña sucursal del Fondo Monetario Internacional que es cada casa para ver como economistas domésticos hacen malabares para llegar a fin de mes y se arrancan las ciudades de madrugada con gente que, no creyendo en los pequeños proyectos nacionales, están en la gran empresa de sacar adelante a una familia, un negocio, una esperanza.

 

Aún cuando muchas veces parece que este país se debate si el Apocalipsis será festivo aunque caiga en domingo, si se aumenta el foco existe – y cada día más – esa solidaridad de casa patio, de ayuda entre vecinos, de echar una mano como se pueda al que lo necesita, sea  sangre o un tuper con puchero.

 

Esa generosidad, ese ponerse al problema, es lo que le falta a los políticos de este país. Llevamos un decenio – por lo menos – en una guerra de trincheras, en la que, como en “Senderos de gloria”, los generales mandan sacrificar regimientos por un objetivo inexistente, por una decena de metros, por un argumento que no vale ni el papel en el que se ha escrito. Sea grande o pequeña la cuestión, no hay cuartel, descanso ni transacción, no vaya a ser que empiecen por ahí y terminen poniéndose de acuerdo en asuntos como la educación, la sanidad, o las pensiones. No hay franqueza en el diálogo, que se ha convertido en un mero trámite que reclamar y agotar, ni grandeza en los que lo dirijan, que debieran ser conscientes de que la imposición de soluciones por la aritmética electoral tiene la fortaleza de un castillo de arena, pendiente de que la próxima ola lo desmorone.

 

La dieta a base de licor de polos ha mandado a los ciudadanos al Polo Norte o al Polo Sur, y desde allí a un remedo de debate sin matices y a megáfono, en el que termina siendo la última terminal de una idea fuerza mascada y digerida con la que, con una mínima reflexión, posiblemente ni estarían de acuerdo.

 

Víctima de una sobredosis de Sorkin, que ya ha agravado mi crónica debilidad por encontrar puntos de entendimiento y acuerdo entre las posiciones más dispares, he deseado que la generosidad de los de abajo contagiara a todos los que tienen la responsabilidad de representarnos, respondiendo a los deseos de un pueblo en el que el cainismo es anécdota y no categoría. Pero si esa grandeza no se da, nos corresponde a los de las trincheras acordar nuestras propias treguas, cambiar el debate y las formas, desentumecer el acuerdo y cambiar la impresión de que es rendición, cuando posiblemente sea victoria.