Monthly Archives: septiembre 2013

Un buen café ( Café El Caracol, en Cristo de la Epidemia, 37)

 

 Café

 

 

He sido muy cafetero. Y lo digo mirando con resignación un descafeinado de máquina con sacarina, como supongo que el Marqués de Bradomín miraría el catálogo de lencería de Victoria’s Secret en su Sonata de Invierno.  Cafetero federado, de los de siete “cremas” al dia, a cualquier hora, en cualquier momento, en esas horas intermedias en las que parece temprano para un aperitivo y tarde para un desayuno, o a esas horas intempestivas en las que las madres se escandalizan y te advierten con los males del insomnio.

 

En aquellos días y con carta blanca, un café malo era un riesgo asumible, porque habría otros que lo compensarían. Y, eso, si, y siempre en la calle. No he entendido a quienes se toman un cafelito en casa y se quedan tan satisfechos, haciendo experimentos con la cafetera italiana, con el invento del maligno que es Nespresso y sus hermanos bastardos, o con solubles y melitas, que saben a café de avión, recién hecho hace quince mil millas. A mí me quitan el desayunar en la calle y es como si le quitaran a los cosacos zapórogos el vodka o el padrenuestro: motivo para organizar un motín o para fugarme haciendo una liana con las cortinas.

 

Y con ambos componentes, y alguno más que no cuento por no aburrir, ahora la elección del café de cada dia  ha convertido en un tiro certero, que no admite errores, por lo que atesoro rincones donde dan posada al cafetero cumpliendo con las exigencias de un paladar informado: cafeteras que parezcan el cuadro de mandos de un submarino, que suene la precisa percusión de la limpieza del porta, su carga y su colocación a brazo y tirón en la máquina, el goteo, un dedo de crema y, si es posible, la prensa del dia a la que dedicarle el vistazo que tardo en tomarme el café, que siempre es poco.

 

Un fijo en esta quiniela de aroma es El Caracol, que abre a las cinco y media de la mañana y da sabor al barrio de la Victoria. Bar popular,  que es y debería ser un elogio, en el que puedes coincidir con noctámbulos de recogida, sacerdotes, loteros, y público en general. Tienen churros madrileños y tejeringos que llevan elaborando según las peticiones del cliente ( finos, más gordos, blanquitos o tostaditos, o ninguno de los anteriores) antes de que se pusieran de moda, además de todas las endiabladas variedades de pan de desayuno que permite una sociedad con guasa como es la malagueña.

 

Sitio de paso y reunión breve, en la que rige la regla de que el que estaba invita al que llega, porque la ley de los grandes números equilibra los resultados y total, mañana nos volveremos a ver, y en el que los camareros ya saben que te vas a tomar según la cara que te vean por la entrada.

 

Gusto de ir en laborables en torno a las 9.10 y ocasionalmente los sábados acompañado de dos niñas que comen tejeringos a dos manos. Lo digo por lo de invitar, que le puede salir por un pico

Ultramarinos La Manzana de Oro, en Paseo de Reding, 16.

 

La Manzana de Oro2

 

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro –sé que todo es fiado–,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así a la muerte,
¿no es felicidad lo que trasciende? 

 

Momentos felices

Gabriel Celaya

 

 Cuando en la vida pintan bastos, es humano refugiarse en lo bueno de la memoria y el recuerdo. Teniendo una memoria selectiva, que olvida con velocidad pasmosa lo útil y retiene a cincel lo importante, de nuevo me he visto en aquellos años tan felices con mi padre en La Manzana de Oro.

Que en Málaga sobrevivan ultramarinos – nombre que recuerda a indianos, barcos de Manila y calor criollo – se debe sólo y exclusivamente al tesón de sus propietarios, a su amabilidad y constancia, al cuidado en el producto y la cercanía a sus vecinos, clientes y amigos, no con el carácter utilitario de los llamados “establecimientos de conveniencia”, sino el sitio al que vas a que se interesen por tu salud, por la de tu familia, a pegar la hebra un rato y, además, a hacer la compra. Así lo hacen en La Manzana de Oro de siempre, y ahí siguen, cumpliendo a rajatabla y con una sonrisa, el estricto bushido del comercio tradicional.

Salvador, Juan de Dios ( su hijo) y Paquita forman el Trio de la Bencina de la amabilidad y el servicio, hasta el punto que lo único que le faltaría sería una barrita pequeña en la que abrir una botella, pedir un poquito de queso y jamón al corte y empezar una tertulia. Posiblemente, el problema sería acabarla.

El surtido de vinos es extraordinario, como extraordinario es el consejo de padre e hijo, con un abanico de denominaciones de origen y precios que, sinceramente, no he encontrado en otros establecimientos.  Con un guiño Salvador siempre indica alguna compra dura en la que,  como buen negociante y mejor pagador, ha apretado a la bodega para conseguir un precio extraordinario, que traslada al comprador con un mínimo margen, y Juande siempre da una novedad, una medalla de plata, un 16 meses en barrica, con el mismo entusiasmo que si lo hubiera cosechado él, y con un precio inapelable. Y en licores, tres cuartos de lo mismo. Sirva como ejemplo que es el único sitio en Málaga en el que he encontrado whisky Old Parr, otro refugio de mi memoria y de mis amigos, los que están y los que ya no están.

Siempre lloramos lo que nos falta, echamos de menos aquello que pudimos cuidar y no lo hicimos. Hoy – qué mejor dia – me paso por allí y me llevo un poquito de queso curado y algún buen vino, con el que poder recordar lo que era la felicidad, y lo bien que sentaba.

 

Nada

Tiza

 

 

Si como dijo Borges, “Eres también lo que has perdido”, soy un hombre pleno.

Soy afecto, salud y fortuna; acierto, templanza y buena suerte; oportunidad y paciencia.

Siendo todo lo que he perdido, me siento lleno de vacío.

Recuperación

SESIÓN DE CONTROL AL GOBIERNO EN EL PLENO DEL SENADOSostiene el gobierno que la recuperación ya está aquí. Ellos  aprecian claros signos del inicio del comienzo del principio de un punto de inflexión. Citan ciertos indicadores, que si son adecuadamente interpretados, revelan un patrón coincidente con un cambio de tendencia. Estos datos vienen debidamente refrendados por los servicios de estudios de los bancos y agencias de rating cuya indiscutible precisión en predecir el pasado debe estar fuera de toda duda. Con el propósito de analizar este fenómeno, el Observatorio de seguimiento del entorno macroeconómico The Chestertones, ha realizado un riguroso estudio de campo sobre las manifestaciones de la recuperación en diferentes sectores de nuestra economía que hoy ponemos a disposición de la sociedad.

Nuestros analistas han podido constatar una masiva recuperación de todo tipo de inmuebles embargados a particulares y empresas por parte de las entidades financieras. Los propietarios de locales comerciales también experimentan una importante recuperación de estos por los cierres de negocio de sus inquilinos.

Es indiscutible la recuperación del sector de vehículos de segunda mano y de los pequeños talleres de barrio que ahora parecen gozar de la preferencia del consumidor. Notable recuperación también de las ventas de recambios en desguaces y de los fabricantes de fundas para asientos.

Constatamos la recuperación de la costumbre de compartir apartamento en la playa entre varias familias con la incorporación de la técnica de la cama caliente (las familias duermen repartidas en tres turnos de ocho horas); esto podría explicar el aumento en el número de pernoctaciones. Clara recuperación del sector de las pipas de girasol -fundamentalmente con sal-  y record de ventas de este entretenido alimento en las localidades turísticas.

En el ámbito del deporte se observa una tendencia a la recuperación del olvidado “footing” -ahora redenominado “running”-  ya que al parecer los costosos gimnasios, clubs de pádel y de golf han perdido atractivo para nuestros conciudadanos.

Destaca la recuperación de las fábricas de coderas y rodilleras y la recuperación de la tradicional costumbre del legado prendas en favor de familiares de menor edad.

Todos los datos de campo que sirven soporte a estos  hallazgos pueden ser contrastados en la profusa documentación que ha sido enviada al Banco de España, Tribunal de cuentas e Instituto nacional de estadística. Sus dictámenes sobre la veracidad de los mismos estarán disponibles en Octubre de 2031.

La ensaladilla rusa de la Taberna Uvedoble (C/ Cister 15, Málaga)

 

Rusa2

 

 

Mi primer recuerdo alimenticio es una tapa de ensaladilla rusa, saliendo de la cocina de “Casa Andrés”, bar de los que ya no quedan, que estuvo radicado en aquella zona que ya no queda que era la Ciudad Jardín de casas mata y rodeada de huertas. Salía por un ventanuco que comunicaba la cocina con la barra, de madera oscurecida, en la que mis padres me habían sentado. Tendría yo cuatro años, pero recuerdo con toda exactitud la presentación (con sus migas de atún por encima, en concha y con piquitos gordos y blancos), su textura y su sabor.

Para mí, esa ha sido la ensaladilla canónica, la perfección y el equilibrio. Y de la misma forma que el yonki busca el placer irrepetible de su primer pico a costa del proceso experimental de prueba-error, o el perfecto amor como el de aquel verano con doce años en la playa, sigo buscando ese sabor que se me quedó tatuado hace ya 42 años. Enzarzado en absurdas discusiones sobre qué ingredientes deben estar presentes, abandonando tapas a la primera cucharada, renegando de los malos taberneros que maltratan a la reina de la barra, apreciando aproximaciones con buena intención que podrían haberse acercado, he paseado esa pasión como un amante desesperado por volver a encontrar a aquella mujer con cuya mirada se cruzó en Saint Lazare o la que salía accidentalmente en la esquina de un negativo revelado de la vida real.

En esta búsqueda he encontrado algunos descansos, y uno de ellos es la ensaladilla rusa de la Taberna Uvedoble, servida impecablemente, ajustada de precio, proporcionada y sabrosa. Por eso me dejo caer por allí, de vez en cuando, a la antigua – cuando la tapa era preludio de comer en casa – y en la tranquilidad de la barra, a filosofar sobre lo bueno de la vida, lo sencillo de los placeres más gratos y de cuánto nos gusta complicar la fácil felicidad. Ayer, además, sonaba jazz, en ese nivel que permite dejar que los propios pensamientos vuelen alrededor, antes de volver a meterlos en un libro gordo que huele a humedad.

No era de la “Casa Andrés”, es verdad, pero era lo más cercano que he encontrado a la felicidad. Vaya lo uno por lo otro.