Monthly Archives: agosto 2013

Buffet libre de nada

 

 

 

la Nada

 

Un día entero viendo programas de videncia.

Un día entero en la sala de espera del dentista.

Un día entero haciendo cola en la administración de loterías.

Un día entero esperando para entrar en el baño.

Un día entero haciendo como que se cuida un rebaño.

Un día entero en la frontera de Marruecos.

Un día entero esperando a que llegue la grúa.

Un día entero en la parada del bus.

Un día entero cambiando canales de teletienda.

Un día entero leyendo un libro sin pasar de la primera página.

Un día entero en la gasolinera pensando que seguro que se dan cuenta y dan la vuelta.

Un día entero esperando a que vuelva la energía eléctrica.

Un día entero buscando un encendedor que funcione.

Un día entero esperando la llegada del Mesías.

Un día entero temiendo quedarme sin batería.

Un día con el minutero del reloj lastrado, que no avanza por mucho que lo mires.

Un día sin nada, que hace eco.

Un día con el grifo que gotea.

Un día en el desierto blanco de esperar una señal.

Un día que no llega.



Un premio para mi: “Toma D: este día, entero para ti. Cuando te lo acabes, no temas: hay más

 

Notas que sangran

Nadie tocó la trompeta ni cantó como él; muchos lo siguen intentando pero ni siquiera se acercan. No basta con haber escuchado un millón de veces sus grabaciones, estudiar su respiración y la colocación de sus labios mil veces rotos.

El proceso que transforma una herida, una traición o un abandono en una melodía  sólo es conocido para los que sufren y hacen sufrir. Su música no expresaba dolor; era puro dolor. La melancolía y desesperanza que brotaban de aquel instrumento eran punzadas en el corazón antes transformarse en notas. Notas que sangran, vomitan y escuecen. Notas que besan, susurran y acarician. Notas que murieron con él en una acera de Amsterdam donde todos piensan que lo encontraron muerto.

Aquel viernes murió Chet Baker y yo nací.

Elogio y refutación de la Feria del Centro de Málaga.

Bandera

Ser polemista en Málaga es una profesión de alto riesgo, sólo superada por la de mediar y aquietar polémicas: en la primera, los tiros te vienen de la trinchera de enfrente, con mayor o menor fortuna, mientras que en la segunda, con buena voluntad y mesura, puede que a uno lo echen de Málaga.

Acreditada mi solvencia en la segunda de las actividades, pretendo con estas notas acercar las posturas enfrentadas que, sobre la Feria de Málaga he oído y he leído, intentando argumentar, brevemente y a contrario, algunos de los tópicos oídos, en el deseo de que una fiesta como ésta sea, siga siendo o recupere su mejor tono, para disfrute de locales y visitantes.

Vaya por delante que no soy forofo de ningunas de las grandes manifestaciones populares de esta ciudad, aunque si he participado con intensidad variable en algunas de ellas; de igual forma, tengo 46 años y una progresiva animadversión a las colas, aglomeraciones y bullas, que se ha ido manifestando a medida de que se me despoblaba la frente; eso que no me impide absolutamente aceptarlas, como se acepta el terral o que el camarero no entienda que significa el adjetivo “fría” aplicado al sustantivo leche, en el contexto de un café cortado.

Quiero decir con ésto que yo he estado allí, he hecho y no he hecho, y que por ello dispongo de una cierta perspectiva para, desde mi punto de vista y con las especificaciones ya dadas, poder señalar qué ha cambiado y qué no – en el caso en que algo haya cambiado – de la feria.

Me parece, no un ejercicio de superioridad moral, sino de relato de ficción que alguien pueda afirmar cómo era la Feria hace 20 años, cuando paseaba por ella con sus padres: la memoria de los padres ( y yo lo soy) y sus esquemas de valores, como testimonio de referencia, no son demasiado fiables, por su maleabilidad, siendo mejor acudir a lo que cada uno haya vivido. Es como afirmar “¡Durante la Restauración se vivía mejor y las calles estaban más limpias!”, salvo que se tenga el Delorean en la puerta, con la ITV pasada y una batería que no sea la del Iphone5.

El argumento contrario – que lo he leído aunque no recuerdo dónde ni por quien, y que me disculpe por mi indolencia – de una Feria remedo de la Arcadia feliz, me parece una evolución del chiste del amoniaco: a mí me gusta, y al que no le guste, que vaya emigrando. Como referiré, si es la Feria de todos, debe serlo. Si se trata de una fiesta por invitación, en la que no tienen entrada los que no comulguen con todas y cada una de sus ruedas de molino, que no hablen de la Feria, sino de su Feria, y la costeen de su bolsillo.

Por ultimo, dejar constancia de que he sido muy crítico con esta Feria de hoy en día, por muchos motivos y por un fundamental: me duele extraordinariamente una clase política, empresarial o mediopensionista asentada en la autocomplacencia, cuyos únicos ejercicios de reflexión o propósito de mejora son meramente cosméticos. Si se usan los altavoces para decir que todo está de lujo, alguien, desde el fondo del auditorio debería levantar la mano y señalar que no, que no todo está de lujo. Y avanzaría más: quejarse en las redes sociales sirve de muy poco, como de muy poco sirve repetir qué bien están las cosas, salvo las opiniones de los cuatro aguafiestas de siempre. Ambos impulsos se contrapesan y frenan, de manera que todo sigue exactamente igual.

 

Dicho esto, vamos a la materia:

 

El torpe aliño indumentario.

La polémica sobre la vestimenta de los feriantes, su pasión por descamisarse – o descamisetarse, según vinieran de casa – y las normas de decoro en el vestir aplicadas a Feria, me parece estéril. En primer lugar porque no se aprecia diferencia entre cómo va vestida la gente a la Feria a como lo hace cualquier otro día. No hay un dress code distinto, sino, si acaso, una relajación del mismo motivada porque, posiblemente, el chaqué da mucho calor y hay que buscar algo más ligero.

Pretender ajustar a todo el mundo a lo que nos guste es pretender una uniformidad que es, gracias a Dios, impensable hoy en día.

La gente no se viste para ir a la feria como si fuera a una boda, a la presentación de las cartas credenciales del embajador de Austria o a una cena de Nochebuena en casa de tu suegra porque la Feria no es ninguna de las anteriores, y máxime cuando en Málaga, en estas fechas normalmente hace un calor insufrible.

Además, el vestuario sirve como elemento identificador de afinidades:  habrá quien se sienta cómodo entre polos de Spagnolo y quien busque consuelo entre camisetas pegadas. La ropa sirven como una primera aproximación a otras afinidades para todo el mundo, menos para los bloggers de moda, que se sienten a gusto subiendo fotos a Instagram y pensando que ojalá un espeto en la cabeza que los encumbrara como coolhunters de su calle. Ese código textil permite que cada uno intuya de dónde viene y qué le puede gustar. Eso ocurre en la vida real y en las cuatro estaciones del año a todos, incluidos los bloggers de moda.

 

La relajación de las costumbres.

Ya en la Roma clásica los sesudos moralistas se quejaban de que la juventud desoía a sus mayores, no obedecían disciplina alguna y sólo pensaban en dormir hasta las tantas, beber sin mesura y relacionarse íntimamente con otros individuos.

Posiblemente mi generación fue bastante salvaje, pero la memoria me la devuelve como una cohorte angelical, obediente y mansa. ¿Qué ha cambiado? Nada más que el observador.

 

 Suciedad.

Que Málaga es una ciudad que sus ciudadanos no respetan es evidente, y lo sorprendente sería que en una situación de aglomeración, la gente fuera más limpia que cualquier otro día del año.

Sólo ese argumento me llevaría a pedir una ampliación de la Feria a los 365 días del año.

 

Para tres sitios bonitos que tenemos, ¡cómo los dejan!

Una de las críticas a la Feria del Centro es que se desarrolla en el entorno del mal llamado centro histórico de la ciudad y que, con lo bonito que está, se lo van a terminar cargando.

¡Ni que fuera la artillería serbia…! Se pasa la manguera, y ya está.

 

Hostelería.

La Feria del Centro tuvo su origen en una iniciativa de los hosteleros del centro de Málaga. Obviar que, en feria, al centro se baja a tomar copas y a comer y no a recorrer con guía los rincones picassianos como si se tratara de un Bloomsday en ferragosto es una soberana tontería.

A los hosteleros hay que reconocerles que el invento funcionó, y si el invento ha dejado de funcionar es porque manca fineza: se toma la feria como un periodo en el que hay que hacer caja a toda costa, sin importar las formas.

Se hace al toque de “A degüello”, sin cuidar el detalle; así las proporciones mastodónticas de la feria como producto de diversión industrial la han llevado a devorarse a si misma.

Los merdellones

La chusma, los sans culottes ¿de donde salen? Pues de Málaga. No hay talleres clandestinos en los polígonos que los elaboran para la feria. Son tan ciudadanos o tan turistas como usted o como yo, pagan sus impuestos, reciben multas de SARE y bajan al centro a disfrutar de la feria.

Si la feria es una muestra de la ciudadanía, hay menos coreanos que SuMorenitha87, pero que ambos existen en la realidad de esta ciudad, en su porcentaje correspondiente.

 

Si no te gusta, vete.

 Hombre, eso no. Si se trata de un private party, vale.

Pero si la feria es una fiesta de todos y para todos, y cabe ajustarla para todos tengan su acomodo, lo de llevarse el Scatergories si no se da un fuerte y cerrado “Viva Málaga” cada vez que se hable de suciedad me parece infantil. Es como una variante de la Ley de Godwin: “A medida que una discusión sobre la feria de Málaga se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a otras ferias y se inste al contrincante a que se vaya a lli, tiende a uno”.

Y mira que en coincidencia en fechas está la Feria de Antequera, que pilla a un paso y nada que envidiar a la de Málaga.

 

Sex And The City.

Rasgado de vestiduras, manos a la cabeza y aspavientos. “¡Sexo en la calle!” “¡A plena luz del dia!” Imágenes, grabaciones, comentarios, replicas, dúplicas y como te descuides, hasta de Pedro J. un editorial. El a ella, ella a el. Una vez más, como si eso sólo ocurriera en Málaga, sólo ocurriera en Agosto y, con tan mala suerte de que sólo ocurra en feria.

Calor, alcohol y hormonas, damas y caballeros. Quién lo probó lo sabe.

Lo jodido es no saberlo.